viernes, octubre 17

En la ciudad de la eterna primavera.

El viaje largo. Apretado. Abrazándome a mí mismo y entumiéndome hora tras hora, kilómetro tras kilómetro.
Ya va a amanecer, ya va a amanecer, la autopista se terminará de un momento a otro.
De golpe el frío matutino en la cara. La imperiosa necesidad de un cigarrillo.
"Hasta el semáforo, dos cuadras a la derecha, ahí lo va a ver".
Y lo vi. Entrada al metro. Mañana en el centro del DeFectuoso fría y aparentemente tranquila:
Nada más falso.
Vagones llenos, caras con sueño, caminares apurados. El bendito y eterno lugar común.
Esperar, esperar, ahí está: abalanzarse.
Transbordar. Sonreír para los adentros. El camión en el andén a punto de salir. Acomodarse y ver la película. El mundo, después de todo, no pinta muchas sorpresas en el camino. Y las que se construyen son bien adivinadas, pero esperadas al fin.
La caminata desde la terminal. Aunque ella no lo creía, era pendiente en ascenso. El corazón retumbando. No es posible maldecir al cigarro... sólo posponerlo para el próximo descanso.
Subidas, bajadas, escaleras, otro tramo de escaleras, tocar la puerta.
Estoy. Está. Estamos.
El tiempo empieza a correr en contra nuestra y yo tapándole los ojos para que no lo vea.
Descansar, dormir, levantarnos. La ciudad de la eterna primavera que se va a acostar temprano.
Primero el cine, luego la caminata, la "piedra de los abrazos", el regalo de hace años, la promesa, volver a sentarnos. Gente que pasa, se va, nunca más volveremos a verlos: ah, benditos lugares comunes, el mundo no tiene sorpresas para nosotros, por eso nos refugiamos en nuestros ojos: yo en los tuyos, tú en los míos, remolinos cafés, casi gemelos, que parpadean sólo en los momentos indicados, justos pues.
Vuelta a casa. ¿Cervezas? Porqué no. Película a medias. Reír. Sonreír. Dormir abrazados. Cansados de habernos esperado tanto.
La mañana, escuela. La tarde, escuela. La ciudad de la eterna primavera que llueve con viento frío cuando no cargo la chamarra que se me perdió. Cigarro tras cigarro. La música en los oídos a alto volumen mientras espero. Quizá la lluvia hace menos larga la espera.
Los camiones apretados, lentos, torpes, humeantes, pero certeros al momento de pasar a través de las pequeñas calles. La plaza grande. Las tiendas abiertas sólo por unas cuantas horas más. La decisión de la comida. Sentarnos juntos. Fumar el cigarro a dos bocas después. Las fotos. El regaño de la policía. Nuestra mentira verdadera. Seguir caminando. Leer de pie ante los anaqueles de revistas. La suerte que no llega en forma de seis números al azar y después de todo ¿qué diablos importa?



Los comercios cerrando tan temprano. La ciudad de la eterna primavera que no se desvela.
La lluvia -más lluvia- afuera, más camiones como enormes tortugas y conductores que pese a todas las leyes de la naturaleza, ven desde asientos sin visibilidad a través de vidrios completamente opacos.
El centro histórico. El castillo de Cortés. Los maestros en plantón. El bulevar Juárez. El café. Los amigos. La plática y las risas. El tour de entregas a domicilio. Más risas todo el tiempo. Volver a casa a dormir.
La ciudad de la eterna primavera con relojes que marcan el tiempo restante. Pero qué más da. Benditos lugares comunes. Vamos a consumir cada tic-tac.

1 comentarios:

Malandro dijo...
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