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jueves, junio 9

Saber que sos...

Desnudo frente a la ventana, Jean Puy (1930) y Las bañistas, Gerardo Murillo 'Dr. Atl' (1902). Mural, exposición Los Modernos.

Una foto publicada por Lord Edramagor (@edramagor) el


A veces sos esquirla. Trayectoria de explosión.
La tormenta en mi pecho cuando suda la rabia.
El recuerdo perfecto.
A veces sos el exacto accidente que da lugar al universo.

Yo quiero ser ese viento que corre antes de que lluevas.
Levantarte sobre las ruinas hasta lo más alto de la tempestad.
¿No es el amor tan parecido a la devastación? Y por eso en la tormenta se antoja tanto el abrazo.
En la primera vibración del cielo, mientras caigo y te observo, soplo.
Vos te hacés lluvia. Vos lo inundás todo.

¿Quién llegó primero al momento en el que nos decidimos?
El amor es
a veces
esa esquina donde no sirven ya de nada los antifaces.
Y admirarte en esa violenta revuelta en tu cabello,
en esa forma en la que sólo vos sabés llover.
Qué poquito se vuelve el tiempo
cuando se trataba de volvernos perfectos e inmortales
como un par de mariposas saliendo de la boca de un sueño.
Almas y fantasmas, el juego de niños
lleno de besos violentos como el hambre
mientras nos quitábamos la piel hasta volvernos grandes.
Cómo no te iba a querer, cómo no iba a entrar a esa casa tomada
que era la idea de lo posible.
A veces sos el acertijo correcto.
A veces sos esa explosión en mi pecho que tiñe de rojo la tarde.

miércoles, marzo 4

Curva



De la tráquea al fondo
del saco de las ideas en desorden,
arañando la corteza interna para hacer luz:
tan vacío como el perfecto en que brillabas:
haces abismo, naces, eres ya
el posible que se precipita a disolverse.

En la última advertencia
el cristal se hizo carne,
astilla por astilla echada a volar en nocturna.
En lo cercano
todo se ve táctil, ocurre
como fiebre, aturde.

Sin objeción,
yo extendería mis ramas a las ataduras:
verme explotar en el cielo:
todos los escalofríos caben
en la ferocidad de esa sonrisa.


domingo, septiembre 25

Gira el mundo




Días de enfermedad.
El ánimo craquelado de las niñas que antes jugaban
y hoy se acuestan temprano a dormir.
Ni café de madrugada
o cajetillas incompletas que se extravíen en el bulevar.
Sólo pelotones guardando nuestros sueños,
patrullando día y noche a nuestras sombras,
pasando por los lugares correctos
para evadir la acometida.
Mundos que dan vueltas
como mareo,
como arcada y sonrisa que tuerce,
como desvelo y adivinanza.
Yo giro sobre un eje descompuesto
para mirar a tiempo a tus ojos,
para despeñarme entre carcajadas.
Yo hago cuentas regresivas
para que caigan imperios,
para celebrar cumpleaños,
para cumplir con citas impostergables.
Yo desvío la mirada
y sufro un mareo:
me convierto en un mundo que gira
y va tirando las partes de su rompecabezas
a un universo donde chocan
insensibles fuerzas gravitacionales,
enfadando estrellas desconocidas,
poniendo muros ante agujeros negros,
recopilando letras para cuentos de ciencia ficción
o acordes para el baile de una fiesta de disfraces.
Emocionado,
girando hasta el leve asco,
puedo decirte una vez más:
buenas noches, corazón.

viernes, diciembre 31

2010 (b) Fiestas

Arranquemos de una buena vez el calendario.
A la basura -que no al olvido- un año.
Tirar una sonrisa fría a los malos días
y un abrazo verdadero a los no tan malos.
No nos olvidemos de las fiestas
y los eventos casuales que duraron hasta poco antes del amanecer.
A las llamas las listas de propósitos
y los racimos de deseos con sus pieles de uva pasa.
Celebremos, mejor, por las canciones recién aprendidas,
por los libros terminados y los que se han de escribir,
por los caminos desandados y los proyectos truncados
-resulta necesario darle lugar a cada empresa,
haya sido exitosa o estéril-
y tendamos, a las 12, otra vez el lazo:
tenemos mucho más que nos contenga en las buenas horas
y, más todavía, que nos impulse y nos levante en las no tan buenas.
Como siempre, un año más es un año menos,
y de lo que viene, que ni idea existe,
esperemos, gustosos y preparados, la sorpresa.

domingo, diciembre 26

2010 (a)

(O lo que es lo mismo: #random).

Los balances son ejercicios que, si bien en algún momento de la vida pueden resultar edificantes o, si acaso, clarificadores, lo único que es bien cierto es que resultan totalmente inútiles.
Si la cosa fue bien o mal, al final, ¿importa?
¿Cuál fue el resultado? De todo y de cada una de las partes que integran ese todo.
¿Avanzamos?
Avanzamos.
Siempre se avanza, así sea en una prolongada diagonal "camino hacia ningún lugar".
Y hablando de llegar a ningún sitio, ¿cuál es la meta de esto que escribo?
¿Cuál?
Una sola: agotar el tiempo que no tengo antes de poder marcharme a dormir.

sábado, febrero 13

Sólo un pasajero (¿Acaso ya escribí esto antes?)



Reducidas a la mínima expresión
los paliativos de las necesidades
(malditas drogas, dirían las brujas,
adorables alucinógenos, diría... yo),
barajeo los pases con permisos posfechados:
vacaciones sin plan establecido,
cenas unilaterales,
regalos olvidados al pie de la cama.
Lálala lálala la.
-¿A qué hora tomo las llaves de la mesa
y monto en el vehículo adecuado
para devolver (con el tiempo justo)
el instante secuestrado a su promontorio?-
Descubre en mí
que quiero ventanas,
saca tiras de piel bajo mis uñas
y encuentra en ellas los testamentos susurrantes
(todos estamos a un paso de convertirnos,
sin remedio,
en una persona diferente cada día).
De los zapatos colgados
-para que se sequen,
el sol arde con tanto amor,
que nos arranca una sonrisa-,
hacen sombra que juega sobre el pavimento
recién apelmazado.
Yo quiero que se haga de noche.
Yo quiero que estos mareos no tengan diagnóstico.
Yo quiero que las saciedades aparezcan.
Yo quiero muchas cosas.
Quiero tanto. Quiero tanto, amor.
Quiero tanto.
Un rompecabezas con trocitos de cielo.
Quiero, quiero tanto.
Onomatopeyas correctas para los suspiros quebrados.
Yo quiero, lo quiero, de veras, amor, lo quiero tanto.
Acervos de afirmaciones, ronzales y carroza.
Yo quiero un número de suerte.
-O seis, o una serie ganadora-.
Yo quiero...
(Lálala, lara, lara, la)
-I am the passenger,
and I ride, and I ride,
I ride trhough the city's blacksides...-
A)
El límite inferior del ojo
tiene una peculiar forma de cosquilleo,
casi un ardor que amenaza con sal y viento,
como el soplo ante la playa,
como el vapor saliendo de la olla,
como la fricción entre las dos hojas de la tijera,
antes de que emerja la lágrima.
-Get in to the car,
We'll be the passenger,
We'll ride trhough the city tonight-
(Lálala lala lara lalá)
B)
Pero maquinar el beso,
como un juego de las escondidas,
casi cápsula multitemporal a enterrarse en el jardín,
un rechazo a las convocatorias
y una provocación a las revoluciones.
Un beso estalla.
Yo quiero. Quiero, amor, yo quiero.
Si con un beso los átomos se redefinieran,
todo un universo paralelo se abriría ante nuestros pies
y nos aparecerían espadas ceñidas a la cintura
para conquistarlo.
-Oh, the passenger,
he rides and he rides,
he sees things from under glass,
he looks through his window's eye...-
C)
Casi como un día,
una fracción,
un asiento preparado:
caminos abriéndose como brazos,
y los brazos abrazando en tanto se remontan,
una a una,
las fronteras,
tanto calor, y arder.
Yo quiero, quiero, amor, arder.
Ser solo un pasajero.

miércoles, enero 27

Sistemas



Se descubre en los fractales dibujados en los árboles enfermos
una serie de códigos hasta antes idescifrables
(cuentos inventados y sin final),
dejarse envolver por las raíces amargas de meses de abril enhiestos
para volverser carámbanos a los que crecen encuentros,
casi como parques construidos en tornos a un buen motivo.
Los caminos se hallanan para rumbos fijos
-planes de vuelo, bitácoras de viajes interplanetarios
pospuestas indefinidamente-
y los sistemas rectores deshojándose
hasta ser barridos en instantes democráticamente impuestos.
Otra vez caer en ojos perfectos
(no hay mirada mala,
mirada falsa,
que hiera lo suficiente como la navaja exacta,
el escalpelo en mano experta),
otra vez la saciedad de la demora
antes de un paso que no se repite más.
Sonreír,
dispuesto a todo,
ante los sistemas que caen y forman los rompecabezas
incompletos
de las cuentas regresivas hacia decisiones tomadas.
Inintelegibles
-como los sueños,
como los acertijos en la entrada de las tumbas,
como las amenazas de los monorieles vivos-
los sistemas descompuetos.

lunes, agosto 24

Episodios de insanidad. Melodía a dos tiempos que parecen uno.

a)
Incluído en la lista, el corazón no supo a qué venían aquellos sentimientos. Después de todo, un transplante no era gran cosa si se podía seguir latiendo, así fuera, roto en mil pedazos.

b)
El chamán le dijo aquello con solemnidad y un poco de tristeza. Finalmente, el mono se resignó. Sus descendientes serían hombres.

c)
"Tonto, tonto" se refutaba a sí mismo, comprendiendo la razón por la que nadie usaba el elevador, mientras caía por el cubo vacío.

d)
Ilumna, dijo. Y con aquellas últimas palabras, creó el sol.

e)
Los elfos, después de todo aquel tiempo, comprendieron que su memoria inmortal era el vaso inagotable en el que cabrían los recuerdos de todas las calamidades futuras.

f)
Rompió en llanto al ver que el mundo se rompía. Pobre niño, de haberlo sabido antes, no habría permitido aquel juego de azar al que llamó la Evolución.

g)
Increíblemente certero, el arquero había atravezado, una vez más, la manzana que su nueva doncella había sostenido en medio del pecho.

h)
Murió, le dijo, resignado, el doctor. El fantasma entonces, se alejó de su cuerpo.

i)
- La locura, señor mío, no es otra cosa que un instante de extrema lucidez. ¿Lo comprende?
- Lo comprendo -, respondió sonriente el doctor, cerrándole una vez más la puerta al falso Napoleón.

lunes, julio 6

Nothing.



Exquisito, como un atardecer visto mientras se disfruta de una buena bebida, resultaba el momento en que se encontraba. Todavía estaban tensos algunos músculos, no entendía muy bien lo que ocurría alrededor, pero aun así, estaba contento. Ya no arrastraba el hastío de los días anteriores cuando el exceso de deberes, las múltiples preocupaciones y una lista de deudas lo apresaban, simplemente era él y aquel momento en que vivía.
Eso de no entender del todo lo que ocurría tenía también qué ver con el hecho de no hablar el idioma del lugar. Pero uno siempre sabe cómo hacerse entender. Ése había sido su caso. Se había abierto paso primero por las carreteras, después entre enredadas calles que databan de unos tres siglos atrás y, finalmente, entre unos cuantos edificios hasta llegar a un punto en el que -sin saberlo de cierto- estaba seguro, que había encontrado al destino.
Sus ojos se habían tenido que arrastrar todavía entre paredes, picaportes, pasillos inexplicablemente luminosos pese a la falta de ventanas. Si hubieran sido blancos, se habría tratado de un hospital. Pero solo era un hostal. Quizá fuera el tragaluz que coronaba el patio interior de aquel edificio con rastros de casona prerevolucionaria. O las macetas de helechos que colgaban y que le hacían sentir estar en otro momento del tiempo. O simplemente la recompensa que hallaría al final.
Equivocarse de puerta, encontrar a una persona -el sexo qué más da- y, después de tanto tiempo, sonreír. Para sí mismo. No para el mundo que le había hecho esbozar la mueca tanto tiempo.
¿Quién diría que, después de huir del cataclismo, se encontraría con su reflejo?
- ¿Buscaba algo?
- Emm... nothing.

lunes, junio 22

Este Circo.

Me daba furia la manera en que él me trataba. Y me aburría la forma en que ellos decidían mirarme todos los días. Como si mover objetos con la mente fuera gran cosa. Abrían los ojos, emitían un murmullo, una sorpresa ahogada, mientras él alzaba los brazos como si toda la gloria fuera suya -quizá en cierto modo lo era- y a él debieran brindarle los aplausos.

No es que me importara mucho la fama o el reconocimiento. Simplemente, así como suena, aquel teatro me aburría mucho. Para ellos era lo más grande, lo más fabulosos, extraordinario. Para mí era la continua repetición del mismo acto de circo. Aparecer, con todo el misticismo prefabricado del escenario: música tenebrosa, luces tenues, máquinas de humo y un personaje vestido en una túnica cual pitonisa de un cuento anacrónico e inverosimil.

Luego la consecución de trucos: doblar una cuchara, levantar una pluma, reventar una sandía contra la duela.

Y los “aaah” y los “oooh” como si la gran cosa. Estúpidos. Si se concentraran tan sólo la mitad de lo que yo logro concentrarme con tanto ruido en mi cabeza, seguro podrían hacer volar al mundo en un montón de pedazos no más grandes que una uña.

Pero no lo hacen. Están buscando quién los sorprenda, quién los intimide, los domine, los compre, los venda. Estúpidos.

Y he aquí la paradoja: los he visto tantas y tantas veces, caras y cuerpos repetidos, siempre diferentes pero iguales, que me he aburrido de ver el mismo espectáculo todos los días mientras doblo cucharas, levanto plumas y reviento frutas de temporada.

Sí, lo acepto, me he aburrido.

No es tan falso aquello de que el aburrimiento da lugar al ocio, y por consiguiente, a todos los males.

Fuera por aburrimiento, por no tener nada mejor que hacer, decidí mejorar el acto. Y no salió tan mal.

Doblar, levantar, reventar. Exactamente lo mismo que se había repetido todos los días en el escenario del circo. Sólo decidí cambiar a los actores. Yo la espectadora, ellos los artistas.

Columnas dobladas.

Cuerpos levantados.

Cabezas estallando como frutas maduras, de temporada.

Y yo, risueña, ante el rostro, desfigurado por el terror, del dueño del circo.

viernes, junio 12

Insensible.

Despertó sobresaltado, seguro de que algo había pasado antes de que el velo de la inconsciencia cayera sobre sus ojos y le borrara las ideas del pensamiento. Su torso se irguió con rapidez y un fuerte mareo le martilló justo en la frente, donde anidaban las primeras trazas de la lucidez.

Parecía que había estado postrado en un lecho, pero la superficie sobre la que se encontraba era dura. No obstante, había un desnivel y si lo hubiera percibido adecuadamente con sus pies, no habría caído a la tierra amarga y su rostro no se hubiera estrellado en el suelo.
Saboreó el polvo y la sangre que empezaba a emanar del interior de su boca. Salado y amargo a un tiempo; sus ojos percibían formas a través de la oscuridad del lugar.
-¿Dónde estoy?
En su cabeza, apenas despierta, cayó como una rondana metálica en un enorme cuarto vacío el pensamiento tintineante de que esa pregunta, en situaciones como en la que se encontraba, siempre buscaba a un interlocutor que nunca se encontraba. Era la autodelatación de la esperanza.
Justo como lo esperaba, nadie respondió.
Intentó incorporarse, su cuerpo estaba boca abajo y le extrañó que, pese a sus esfuerzos, no pudiera moverse. Algo faltaba. Sus brazos. ¿Dónde estaban? Intentó manotear, empujar, golpear, sacudir. Nada. Solo su torso se movía inútilmente en medio del polvo y en la boca la sangre se abultaba empezando a formar coágulos que escupía de tanto en tanto.
Rodó hacia un lado con fuerza y cuando logró apuntar la cara al techo del lugar, algo cayó con torpeza en su pecho.
"¿Qué es? ¡Un animal!", el pensamiento pasó como relámpago por su mente al sentir aquella cosa viscoza que pesaba sobre su pecho, abdomen, que caía como rodando hacia un lado. Respiró, pensando que aquello, lo que fuera, se había ido.
Flexionó el cuerpo hasta que logró sentarse y, ahí estaban, inmóviles, completamente insensibles, brazos y piernas.
-¿Por qué no se mueven?
Ordenó a cada miembro hacer movimientos. A los brazos flexionarse, a las piernas encogerse, a la mano fruncirse en un puño, y sin embargo, nada pasó. Agitó el cuerpo y vio aquellos tentáculos a sus costados agitarse sin oponer mayor resistencia que su propio peso.
-¿Por qué? ¿Por qué? -empezó a gritar, una y otra vez, hasta que creyó escuchar el eco de su propia voz. Cayó en la cuenta en que seguía sin saber dónde se encontraba.
Quizá sus brazos se hubieran adormecido, tampoco podía saber cuánto tiempo se mantuvo inconsciente así que era probable que las extremidades sólo estuvieran atrofiadas de forma temporal.
Se concentró en su brazo derecho, lo vio con detenimiento. Parecía ajeno a su cuerpo. Envió la orden desde su cerebro. "Muévete, muévete". Pensó en estrujar una hoja de papel entre sus dedos y casí creyó que las falanges empezaban a moverse. Al poco, desistió.
Debía probar con las piernas. Las vio fijamente, intentando ordenarles una ligera flexión. Estuvo así por varios minutos, demasiados tal vez, hasta que, desesperado, agitó el cuerpo y gritó cayendo sobre sus espaldas, dando giros, convulsionando en la tierra presa de la furia, olvidando la hemorragia en la boca, despreciando su ser inútil y atrofiado, hasta darse cuenta de que con aquellos movimientos avanzaba a través de la oscuridad.
Aquello lo obligó a tranquilizarse. Quizá esa fuera la manera para encontrar la salida.
Agitó el cuerpo como un gusano, apoyaba la barbilla en la tierra a forma de palanca y encogía el cuerpo hasta formar un arco. A veces, las piernas dormidas lo obligaban a caer sobre un costado pero no desesperaba. Seguía adelante. Se movía tentando con el cuerpo el territorio al que se adentraba. Le pareció percibir una elevación, un pequeño requicio de luz y, al final, una serie de líneas verticales.
Conforme se acercaba, empezó también a notar algo diferente en su cuerpo. Como si fuera más flexible, prácticamente se había acostumbrado a aquel movimiento al principio torpe.
Ahora, en lugar de apoyar el rostro contra el suelo, movía siseante la columna y ganaba velocidad en lugar de avances torpes y lentos. Casi con un movimiento natural vio lo que su mente aletargada y entregada al éxtasis del movimiento reptante definiría como los barrotes de una celda.
Del otro lado el espacio iluminado. La meta anhelada.
Cuando la cabeza alcanzó la luz, los ojos de pupilas alargadas parpadearon con rapidez y alegría. Hubiera gritado, pero la lengua bífida prefirió oler el aire antes que expresar felicidad. Y el cuerpo antes humano, serpenteó hacia el mundo desconocido que se le ofrecía.

viernes, mayo 29

Límite de velocidad.

¿Por qué lloraba? No era importante el hecho de llorar, sino sencillamente el por qué. Parecía un absurdo. Una estupidez que algo así le nublara los ojos con una hemorragia de lágrimas que arrastraban, a su paso, los pigmentos del delineador de ojos convirtiendo su rostro blanco en una máscara surcada por dos ríos negros.

Sus sollozos se convulsionaban en el pecho y alcanzaban la garganta con una serie de sonidos que parecían el anuncio de una arcada. Pensar en la relación entre el sonido y sus movimientos le hizo tener una acomedita de asco. Casi sintió la bilis alcanzando su garganta, un hilillo agrio rosando su paladar.
Sentirse así de indefensa le hizo entrar en un total arrebato de furia contra sí misma, contra el mundo, contra ellos. La zapatilla apretó más insistentemente el pedal como si con ello pudiera acallar la ira. El ruido del motor aumentaba, ni siquiera pensaba en hacer el cambio de marcha, sólo quería presionar con el pie aquel pedazo de caucho que alimentaba a la máquina con oleadas de gasolina haciéndolo rugir, cada vez más, como un animal a punto de que sus huesos salgan de las coyunturas.
Se pasó el dorso del brazo por los ojos intentando aclarar la mirada, desterrar la nubosidad en la que se convertía el llanto, pero era inútil. Los colores se perdían en la riada negruzca de su maquillaje, una pestaña postiza se balanceaba ya a la orilla del párpado derecho; de la nariz brotaban mocos y exhalaciones aceleradas y en la boca todo se juntaba, llevando un sabor salado a la comisura de los labios entre abiertos, en una boca dentro de la que castañeaban los dientes.
El amplio bulevar describía una ligera curva que ella no tomo sino hasta el último momento. Pareciera que aquella maniobra había servido para atrapar la primera gota de una lluvia que azotaría toda la noche. Del cielo brotó un segundo llanto que pronto cubrió el parabrisas empolvado, descorriendo el maquillaje de la vieja máquina.
Un disco metálico marcaba "80km/h". Ella lo habría visto en una noche normal. Incluso habría segudo la indicación en una noche normal. Pero en ésta no. Ni vio el disco. Ni tenía intensión de retirar el pie del pedal. Ni veía nada más que las gotas precipitándose-saliendo hacia el parabrisas-desde sus ojos.
No veía. Sólo lloraba. Gemía dentro de la cabina del auto. Se revolucionaba su pecho como un motor acelerado. Vómito, lágrima y grito al mismo tiempo se volcaron sobre el volante. Blasfemia y lamento al mismo tiempo se derramaron junto con la materia gris. La última convulsión de su cuerpo lo maldijo todo, mientras su cabeza salía disparada por el parabrisas, rota en pedazos, tras haber impactado el auto a alta velocidad contra un camión estacionado.

domingo, mayo 10

Inflamación.

No me percaté de cuando empezó a picar. Es una de esas molestias a las que el cerebro responde involuntariamente -¿involuntariamente? en todo caso, debería de ser, inconscientemente, pero, ¿cómo se responde a algo desde la inconsciencia? ¿la conciencia existe? ¿existe la inconsciencia?-. Me pasé el dedo por la zona de piel que empezaba a enrojecerse, muy cerca de mi ojo derecho. Poco a poco, la molestia creció y la noté, palpé con cuidado el área, descubrí la erupción, me acerqué al espejo para inspeccionarla y descubrí el enrojecimiento sumado a la hinchazón. Era extraño que hubiera surgido así, porque sí, en ese preciso lugar. Quizá una alergia. Un piquete. Intenté ver más de cerca. ¿Habrá sido un zancudo? Podría ser, porque ha llovido hace unas horas y es sabido que los mosquitos suelen deambular y buscar sangre después de la lluvia, en realidad son los mosquitos hembras las que se alimentan de sangre para posteriormente desovar en un charco. Pudiera ser que un zancudo hembra buscando alimento se posara junto a mi ojo derecho -¿por qué justamente ahí?- y aplicara el piquete sin que yo me diera cuenta. Cuando se hubo retirado, la comezón empezó a surgir e instintivamente mi dedo se acercó a la zona lastimada para rascar, primero distraídamente, después con mayor insistencia, provocando la inflamación que ahora me molesta tanto.
Veo en el espejo mi ojo deformado a causa de un insignificante insecto. Si me hubiera dado de cuenta -pero estaba demasiado distraído para notarlo- habría podido matarle, evitar que se alimentara de mí, huyera, se reprodujera en una charca; después del proceso natural habría muerto invariablemente, quizá después de picar a uno o dos individuos más. Pero detener esa cadena estuvo en mis manos.
Ahora, nuevos zancudos nacerán en el agua, emergerán de ella y saldrán a alimentarse y aparearse; las hembras preñadas buscarán con su olfato la sangre, encontrarán una zona de piel delgada y picarán ahí, sorbiendo el líquido, hasta hartarse, buscarán a su vez nuevas acumulaciones de agua donde depositar los huevos, se apartarán olvidándolos para siempre -¿un zancudo tiene memoria?- y así, sucesivamente. En mis manos estuvo, ahora lo sé, detenerlo.
Pero no. No me di cuenta del piquete. Ahora soy cómplice de millones de vidas por venir... orgulloso confidente de las que a causa de ellos habrán de apagarse.
Ante el espejo, sonrío.

miércoles, abril 29

Espejo.

Sobre la superficie del agua estaba aquel rostro. ¿Quién era? La piel ondeaba como una bandera dispuesta al viento, aunque ésta se sostenía sin esfuerzo sobre el espejo líquido. Ahí estaba, con sus ojos cafés, con aquella deformación horrible junto al ojo izquierdo, las cefas pobladas y el entrecejo fruncido, la nariz grande aunque proporcionada terminando curiosamente redondeada, los labios no muy gruesos aunque definidos y la mandíbula un tanto redondeada.
Miraba, con aquella expresión entre enfadada y triste, hacia arriba, pero no al cielo. Me miraba a mí. Tercamente me miraba. ¿Porqué lo hace? Hubiera querido saberlo, descifrar su mirada que no se alejaba no importaba cuanto me esforzara en repelerla.
De hecho, tanto más lo miraba, con mayor fuerza me sostenía el contacto visual. Y sin embarjo, más allá de aquellas pupilas bordeadas de café, estaba esa ruta de tristeza que llevaba hasta sus adentro. Parecía querer comunicarme algo. No sé bien qué.
Y yo tampoco sabía cómo preguntarle, pues dudaba que fuera a responder, al menos, no con palabras. Así que no moví los labios, además de que en los dos intentos que tuve por proferir alguna frase, él hacía lo mismo desde su sitio. Como si intentara interrumpirme justo cuando pensaba abrir la puerta de las preguntas en busca de la respuesta que tanto ansiaba.
Él siguió ahí. ¿Cómo iba a reconocerlo, después de todo? ¿Cómo reconocerme? Si en todo este tiempo, perdí hasta el nombre, mis pies cambiaron y anduvieron caminos -tanto los propuestos como los que el tiempo y el azar dispusieron para ellos-, mi figura se transformó, y de tanto ser aquí y allá, terminó siendo otra persona.
Así era. Ese de ahí mirándome era yo. Cualquiera lo habría sabido desde mucho antes, pero yo no podía.
Y sin embargo, si cualquiera hubiera tomado mi lugar, también habría visto un rostro desconocido, irreconocible, extraño.
Dejé el lago después de un rato, me adentré entre los arbustos hasta salir de nuevo al camino, extendí la mano. A la espera. Sabía que pronto -esa era la esperanza, la apuesta en juego cuando me encaminé a la orilla- escucharía los pasos delicados de alguien que volvería a acompañarme.

miércoles, abril 22

La carta y la puerta.

Vio la puerta con cierta extrañeza. ¿Hacía cuanto que la había visto por última vez? ¿Qué hizo en ese entonces? No lo recordaba, había muchas cosas que no recordaba de ese tiempo, como si hubieran quedado realmente demasiado atrás para alcanzarlas con la vista. Todos los recuerdos se los había devuelto aquella carta entregada de manos del trabajador del servicio postal, justo una mañana cuando salía al trabajo.
No la abrió de inmediato, llevaba prisa. El sobre se mantuvo cerrado casi todo el día. Fue sólo hasta la noche cuando, apenas se habían disuelto de su mente los pensamientos de la jornada cuando recordó la carta. La había dejado en algún sitio entre sus papeles del día, así que tuvo que volver a sacar del portafolios las cosas en las que ya no quería pensar.
Ahí estaba de nuevo el sobre amarillo con el matasellos en una esquina, unas letras ilegibles -¿Cómo habían dado con su dirección? Destino, quizá- y la ausencia de remitente en la esquina superior izquierda. No era del todo extraño que alguien enviara una carta y olvidara ponerle nombre, a cualquiera le puede pasar, relexionó por unos momentos.
Cuando rompió el sobre y desdobló la hoja de papel descubrió que, a diferencia de la escritura con que fue grabado el destinatario, las letras de la misiva estaban trazadas con una delicada caligrafía. Parecía la letra de una mujer, o eso intuyó en un primer momento, aunque conforme fue pasando los ojos de palabra en palabra, de línea en línea y de párrafo a párrafo, dejó de pensar en eso y concluyó el escrito sin tener una idea de quién pudo enviarle aquello.
Lo único cierto era que los recuerdos se le agolparon, taladrándole desde el interior de la cabeza, como si hubieran estado esperando todos estos años por alguien -o algo, una carta en este caso- que los reviviera y los invitara a salir, desbocarse por sus ojos, orejas, por su boca. Ahora estaban fuera de control y pugnaban por hacerse valer. Lo empujaban de nuevo hacia aquella puerta que había olvidado.
Cuando por fin la tuvo frente a sí, no dejaba de parecerle a la vez remota, extraña, familiar y cercana. Una mezcla de ideas en su cabeza, que por un lado se negaban a atravesarla y por el otro le exigían, casi a gritos, que lo hiciera. ¿Qué determinación tomar finalmente?
Después de todo, no había tocado ni girado el picaporte. Bien podría dar la vuelta sobre sus talones e irse de ahí. Aunque, era seguro, los recuerdos que habían revivido con la carta lo perseguirían por días, quizá años, como habían hecho la última ocasión. En todo caso, no hacía ninguna diferencia huír o quedarse. Quizá fuera por ello que la decisión resultaba más difícil de tomar. Pero había de tomar una, eso era seguro.
Pensó entonces que, si ya había llegado hasta la puerta, lo mejor era atravesarla. Alcanzó con la mano derecha el picaporte, descubrió que no había seguro que impidiera el paso y entró a la habitación que le esperaba del otro lado. Ahí estaba el autor -¿o autora?- de la carta, esperándole con una expresión que, desde un punto parecía una sonrisa, pero que cuando avanzó más, no supo identificar.
Después de todo, era el rostro de un ángel -¿o de un demonio? No podía saberlo- y empuñaba en la mano derecha la daga. Él por su parte, dijo las palabras que había pronunciado por última vez y ante su mano apareció su arma favorita. Suspiró mientras la sostenía con la derecha, al tiempo que con la izquierda se ajustaba los lentes sobre la nariz.
- Está bien, peleemos de nuevo.

viernes, abril 17

¿A qué?

Cerró el libro. Había estado leyendo por varias horas y aunque seguía emocionado por la historia, por las últimas páginas en las que se habían posado sus ojos, por las ambivalencias de los personajes, por la congruencia en los argumentos, por la sutil forma en que los giros se sucedían llevándolo cada vez más lejos -y más hondo- en aquella narración, prefirió desistir.
Le ardían los ojos, tenía la espalda adolorida, las piernas se le habían dormido y estaba el inconveniente de tener que visitar el baño.
Apagó el enécimo cigarrillo aplastando la cabeza humeante contra el cenicero. Lo hizo distraída pero firmemente, hasta que sintió que el calor de la braza se había apagado. Descubrió la mancha de ceniza en su dedo e intentó, sin resultados, borrarla. El sudor había pegado el tizne contra su piel. De cualquier forma no importaba.
No sabía de bien a bien cuánto tiempo había pasado así. Lo único que necesitaba saber era lo que traía la página siguiente, y la que le sucedía, y así, hasta el final. Sería mejor si no tuviera final. Si la historia continuara eternamente y él pudiera seguir sentado leyéndola, leyéndola, viviéndola.
¿Y si fuera uno de los personajes?
No, ése era un absurdo. Por supuesto que él no era un personaje de esa novela ni de ninguna otra. El pensamiento se reflejó en su rostro como una expresión de tristeza.
Se levantó finalmente, sintiendo el cosquilleo en las piernas propio del entumecimiento. Puso el libro sobre la mesa y partió. Sólo unos cuantos minutos más tarde, ya se encontraba de nuevo frente al texto, encendía un nuevo cigarro y cruzaba las piernas antes de retomar la lectura.
Volvió a desear lo de momentos antes. Ser ése, el que vivía en las letras. Lo deseó profundamente. Tanto que la cabeza le dolió, por lo que se decidió a apagar el cigarro con el mismo movimiento distraído y firme contra el cenicero.
Ojalá el libro nunca terminara. Eso bastaría.
Sonrió, vio el volumen para leer la tapa: La Historia Interminable.

jueves, abril 16

La muerte de un infante inocente (escrito en Twitter)

La noche pasada conocí a un mago, a un dragón del interior y a un infante que pretendía tenderme una trampa.
Yo me había reunido con el mago, era un hombre viejo calado en ropas grises, él mismo parecía un sueño aparte.
El mago me pidió partir sin más demora, nos habíamos refugiado en una plazoleta de piedra tallada. Yo me decidí a seguirlo hacia un bosque.
Llegamos hasta el punto donde discurría un río. Se podían ver claramente las piedras bajo la corriente y me guió a un punto para vadearlo.
De alguna forma salieron al paso las dos figuras que esperábamos y que, no deseaba ver: el dragón interior y el infante malévolo, y atacaron
El dragón interior se abalanzó contra el mago y el infante engañoso me encaró a mí. Casi pude ver -o imaginé que lo hacía- ambas peleas.
Ví -o imaginé ver- al dragón interior sujetando con sus garras y elevar por los aires al mago mientras trababan pelea: garra contra espada
Yo estaba a la orilla del río, peleando con el infante engañoso, encontré un trozo metálico en la corriente y arremetí con el arma hacia él.
El infante y yo nos enlazamos en lucha, él peleaba desesperado, con los ojos muy abiertos y rugiendo. Yo pronto encontré su cuello.
El dragón intentaba detener al mago, que había empezado a decir algo que no escuchaba. Parecía que su lucha era inútil y la mía avanzaba.
Con toda la fuerza de mi cuerpo empujé el trozo de metal que empuñaba sobre el cuello del infante engañoso y empecé a estrangularlo.
El mago gritaba sin dejar de luchar, trataba de advertirme, y mi trozo de metal empezó a cortar, decapitar al infante engañoso que me miraba
Mi improvisada espada empezó a penetrar en la carne, los ojos del infante se desorbitaban y la sangre se difuminó en la corriente del río.
Finalmente, el hierro atravesó el cuello completo y la cabeza rodó a unos pasos. El cuerpo del infante convulsionó una última vez.
Caminé hacia el mago, el dragón interior me veía compadeciéndose. ¿Por qué? Ya no parecía enemigo, sólo lucía cansado, agitado y confuso.
Yo había matado al infante engañoso, pero él no era quien yo creía, no era el enemigo y lloré su muerte, desesperado, triste, rabioso, lloré.
Su muerte me pesaba, era un inocente y había caído a mis manos. Confusión y tristeza se mezclaron en el río. En mí. ¿Dónde está el enemigo?
Todavía no lo sé. He despertado, con la conciencia cargada de su muerte y no, aún no lo sé. Pero quisiera.

lunes, abril 13

El mar, la mar....

Habian pasado nueve años desde que lo vi por última vez, aunque en realidad era otro. El Caribe, en aquella ocasión. La arena era blanca, el agua azul, y el tiempo se extendía más allá de las necesidades. Nueve años hasta volver a verlo.
La impresión no fue pequeña. Debo confesar que no tenía ganas de ir, me provocaba recelo el calor, la humedad, las cantidades de arena a soportar, el viaje para llegar hasta él, hasta ella. El mar, la mar. Y de pronto, ahí estaba como ha estado quizá desde siempre, sus olas rompiendo hacia la orilla, la gente dejándose abatir por ellas, y no quise otra cosa que no fuera estar ahí, en el agua.
Primero con desconfianza. El ir y venir del agua por mis pies me causó vértigo, la imponencia de las olas a unos metros me causó una mezcla de asombro y recelo, miedo, sí, a ser engullido y no volver.
- Ven, vamos, vamos -decía ella, alentándome. Yo no quería, vi hacia la orilla mientras nos alejábamos. Allá estaba la seguridad, como ver el espectáculo desde tierra firme, pero no estábamos en la comodidad de la arena, sino en medio del agua.
Unos bañistas estaban donde el ímpetu de las olas era mayúsculo. ¿Dos metros? ¿Tres? ¿Cómo se miden las olas del mar? Si "el mar se mide por olas", las olas deberían medirse por ojos que las miran elevarse y batir hacia el frente con su fuerza acumulada por corrientes que no logro saber de donde vienen.
Me explicaron de la marea, del movimiento de rotación y la fuerza de gravedad de la luna. Pero nadie me preparó para la imponencia del océano con su azul levantándose ante mi mirada. ¡Cuánta admiración, miedo, inquietud, gozo acumulados! Si hubiese podido, lo abrazaba cuan ancho era, y me lo metía en el pecho para hacerme uno con él, con ella. El mar, la mar.
- Hasta aquí -dijo el salvavidas de la Marina.
- ¿Ya ves? El señor sabe -alcancé a decir antes de ver la más grande ola que hubiera observado con mis propios ojos alzándose por encima de nuestras cabezas.
- ¡Corre! -me gritó ella mientras tomaba mi mano y avanzaba entre el agua que nos llegaba hasta la cintura. Y sí, dimos unos pasos antes de sentir el dulce azote del agua salada que rápidamente nos cubrió hasta el pecho.
En ese momento no quise nada más. Seguía con ese cosquilleo propio de la curiosidad insatisfecha y la intensión de andar hasta la orilla, pero una nueva ola, en realidad, como el eco de la primera, nos acarició la espalda y volteé hacia atrás, hacia lamar, para ver la llegada de una nueva ola.
- ¡Mira esa, es de las grandes! -me atreví a decir como si supiera. Y nos reímos, ella de mí, yo de mí, ambos de mí.
La ola rompió mucho antes de alcanzarnos y pude ver el tropel de pegasos blancos agitando sus líquidas alas sobre la superficie, avanzando veloces hacia mi pecho.
- Cuando llegue, salta.
- ¿Para que no me lleve?
- Ajá -me contestó, con la sencillez de la que hace lujo ante las cosas que me impresionan. Y saltamos en el momento en que esa estampida de bellos animales de agua nos alcanzaron mientras yo sentía el arrastre del agua hacia la orilla.
Ahí aprendí una cosa más. Las olas que se acumulan en la orilla vuelven y te empujan hacia las que empiezan a nacer, juntándose en el momento indicado: dos corrientes, en direcciones opuestas, reventando gustosas, cumpliendo su propósito.
Lo descubrí cuando sentí que mi cuerpo era llevado hacia la mar, el mar; de pronto mi mano perdió la seguridad de su asidero y sentí como si mi cuerpo se moviera aunque mis pies no abandonaban el sostén de la arena que pisaban. El mundo daba vueltas en torno mío y yo estaba a merced de una ola que había terminado su vida y volvía hacia la fuente mientras una más se acercaba a mis espaldas para reventar en brazos de su hermana.
- Es bello -dije mientras el primer trago del mar, la mar, se metía en mi boca llenándome de su salinidad-. Es bella -hablé, bajo la superficie del agua que mecía mi cuerpo en múltiples espirales hacia los brazos de una nueva ola.
Era de las grandes. Lo leí en la mirada de ella que contemplaba junto al salvavidas de la Marina mi cuerpo convulsionarse en medio del agua. Lo imaginé cuando la playa se hizo pequeña y el cielo parecía al alcance de mis manos. Pero ni un músculo de mi cuerpo se movió buscando las nubes, ni mis pies reclamaron anclarse en la arena, sólo sentía al agua adentrarse en mi cuerpo como si hubiéramos nacido juntos.
Y ella clamando mientras era arrastrada hacia la orilla, sin yo entender porqué, sin ella entender que yo estaba feliz, siendo arrastrado por las olas, por su ir y venir sin más propósito que la belleza propia, el fin último, el mío, inundándome de él, de ella: el mar, la mar.

viernes, abril 3

Dae Pecuniae

No estoy. Porque me he ido antes que tú, andando esas calles aburridas en las que las farolas revientan ante la provocación del calor insoportable. No estoy, no: ves el reflejo del aire en el que estuve. Así he sido siempre: espacios vacíos que te recuerdan a mí. Como una ecuación irresoluble, pretérito de tus besos en noches para las cuales, las luces de mi auto, rompían la cortina de la oscuridad en dos perfectas partes: y los portones que no hemos tocado, y las llaves perdidas, y los setos en los que no podemos esconderos; hay universos miles y más de una forma de contar la historia: vamos a sonreír, a donde nos toque, vete de compras y trae alcohol en una bolsa de papel, convídamelo en la primera oportunidad, cuando vuelva al lugar donde me has visto siempre: lugares vacíos que deben de llenarse, lugares pletóricos de los que vaciaremos los recuerdos. No estoy: me has llevado contigo.

Pain of Salvation - Dae Pecuniae - Be/2004
[Dea Pecuniae:] "If you're looking for fulfillment A Kingdom and a Crown A Paradise of Free Rides I am here... ...to let you down I'll get you the sexy cars And a taste of divinity A glimpse of the Stars Immortality But then Vanity Will leave you dried and scarred ([Mr. Money:] That's right, oh, give it to me!)

Pain of Salvation es una banda sueca de metal progresivo centrada en el multitalentoso Daniel Gildenlöw. En 1984, Daniel Gildenlöw con apenas 11 años, inició una banda llamada Reality que luego en 1991 sería renombrada Pain of Salvation. Luego de algunos cambios en los integrantes, la banda logra producir su primer disco llamado Entropía en 1997. Este éxito inicial fue seguido por más producciones discográficas, cada una más aclamada por la crítica. En 2004 Pain of Salvation produce su álbum más ambicioso, BE.
Esta vez con el apoyo de una pequeña
orquesta sinfónica llamada Orchestra of Eternity. Este álbum fue el primero en dividir la opinión de los fanáticos, debido a que es musicalmente experimental y de naturaleza filosófica. Su sonido es caracterizado por poderosas guitarras, grandes rangos vocales, cambios abruptos entre pasajes fuertes y calmados y experimentos con polirítmicas. Otro característica de la banda es el hecho de que cada álbum es un álbum concepto con letras bastante emocionales y complejas.

jueves, marzo 26

Aprensivo.

Y voy. Saltando los múltiples topes de la ciudad y el cigarro humeante por la ventana. Sin música en el estéreo. Con el motor sobrecalentado por el constante ir y venir por las calles. Con las ganas enredadas en los dedos. Odiando el tiempo que corre y mi izquierda desnuda (quisiera un reloj con brújula, como los que usan los boyscouts). Pienso en whisky en las rocas y en The Watchmen. He de distraer a mi mente. ¡Ah, sí! No puedo imaginar la cantidad de cosas que pasaron para que sucediera el milagro de haberte conocido.