1.- Hay bastante metafísica en no pensar nada. (Fernando Pessoa)
3.- "El corazón quiere ser también campana que doble". (Vladimir Maïakovsky. Poeta futurista ruso).
2.- Los excesos ocasionaes son más viables que el amor eterno. (Arthur Schnitzler)
4.-"Todos los grandes escritores son reaccionarios". (Michel Houellebecq. Las partículas elementales. Barcelona: Anagrama, 2002, página 185).
5.- "Es posible amar a un ser humano, siempre y cuando no se le conozca bien". (Charles Bukowski.)
6.-"El amor no es amor si no nos enamoramos de la persona equivocada". (Nadia Villafuerte. En su columna Sirenas y Ondinas, publicada en El Heraldo de Chiapas.)
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Nadie ha dejado colgar en las paredes -siempre blancas, siempre limpias- de nuestro hermoso manicomio los cuadros al óleo de esos tres centenares y dos docenas bien contadas de recuerdos. Bien podrías tirarlos vos al fuego, pasarles por encima la navaja que borra días -los plumazos son indelebles, son cicatrices sangrantes sobre las hojas, son várices retorcidas por las que corren, lentos, un montón de sueños lagrimantes- y condenarlos al más insistente de los olvidos. Yo digo que montemos la museografía de los accidentes: he aquí, señoras y señores, la muestra definitiva de que la casualidad mueve al mundo y la fortuna tiene collares de ironía y cebollas para espantar a los crédulos, a los conservadores, a los vampiros y a los fantasmas. Imagino esas paredes, los cuadros oscuros -muchos recuerdos, oscuros son, porque germinan extendiendo sus brazos verdes y serpenteantes con los ojos cerrados-, los cuadros blancos, los relieves multicolores. Nadie deja colocarlos, temen que los clavos cimbren las coyunturas de lo previamente convenido, por ejemplo: que los dedos han de doblar siempre hacia el interior de la palma buscando augurios, que el cuerpo ha de estar unido por sus articulaciones y que, por consiguiente, hemos sido monstruos al develarnos como seres contracorriente: artistas que pintamos con los nervios quebrantados por revelaciones no anunciadas.
No son palabras ocultas las que saltan cristalizadas desde los ojos y se rompen mientras vuelan por las ventanillas. Hay sinrazones que rebosan de motivos y adivinanzas que no tienen respuestas silabeadas. Yo, queriendo mutar al universo, carezco de los conocimientos prácticos para la insonoridad y me refugio -como placebo, como paleativo quizá- en la ebullición de los decibeles superando mis umbrales de dolor. El ardor que deja a su paso la navaja de rasurar, el esqueleto que abre las puertas provistas de doble cerrojo, (las llaves no deberían caer del cielo, sino nacer de la tierra y tener hojas verdes que sonrían cuando las arranquemos y les castremos las raíces). No son palabras solas (pon tus ojos y tus dedos sobre esta revelación: he aquí que esto ha pasado por tu alma y se ha llevado trozos consigo a lugares a los que no podremos volver), sino pliegos de estrellas que han de caerse para escribir constelaciones bajo la cama. No son palabras sino largas entrelíneas a las que has cerrado -quizá, inconscientemente- tus tristes ojos que ayer lloraban alegrías. Desde que nos hemos separado de las elecciones que refutan las teorías de la familia, desde antes, quizá, me he encontrado dando vueltas acechando las trenzas que no te he dejado hacer, volviéndome sobre los monitores para tejer historias que han de ser interminables para gusto mío, haciendo experimentos para refutar las teorías cuánticas, rompiendo con martillos viejos mis rodillas. Busca aquí también las entrelíneas y podrás llenar con ellas (quizá hasta te hagan falta) todos mis libros. Volar, quitar de tajo las cicatrices, aplicar al spagheti western del día a día un poco de humor negro (tan innecesario) y ganar todos los sorteos habidos, excepto el menos importante. No son solo palabras, sino las profecías exactas a fuerza de no cumplirse. Hacer que las banderas se desgarren -hemos odiado los nacionalismos como a los sin patria- y poner frente al paredón a los traidores -han abusado tanto- para acribillarles con la indiferencia -el gatillo es tan suave, que lo hemos presionado-. Copos, como la soledad que se evapora en la lengua, insisto: una sinrazón tan absoluta que se le escurren los motivos. No son palabras, sino la absurda enfermedad del vacío que sonríe cuando no lo hago y llena todo con su anti-presencia. ¿Vos lo comprendes ya? Es la flauta sola y empolvándose. Son las cajas colmadas de "viejos sueños". Son las cobijas arrugadas y vacías. Son los cuartos abandonados a su buena estrella. Las profesiones olvidadas. Los lazos delgados como mis cabellos quebradizos. Los accidentes comunes -quiten ya los automotores a los inválidos-. Los viajes sin eterno retorno. Los poemas circulares incompletos. Las listas de viaje incumplidas. Las intensiones -habría qué desdentarlas, porque su acometidas duelen-. Las enfermedades sin diagnosis. No son las palabras, que esas, a final de cuentas, solo saben volar.
Que los bosques nos han escondido todos estos años. Alguien dijo que eran acumulaciones arboladas. Eran desiertos -pasaba que no conocíamos el nombre- y las dunas nos parecían el más bello paisaje. Que hemos confundido un día con el otro y, por ello, anduvimos tomados de la manos hasta tener el accidente aquél. Confundidos con los acertijos trazados en las arrugas que crecen en torno a los ojos no supimos adelantarnos a los acontecimientos cósmicos: la eterna distancia entre dos líneas paralelas, los irresolubles problemas del hambre mundial. Y corrimos juntos -pero a la distancia prudente previamente descrita- para interrumpir nuestra carrera al golpear contra las muchedumbres. El riesgo, prescrito por doctores sin ojos y chistes fuera de timing, era multiplicarnos como amebas en una caja de Petri. Ser mil veces nosotros mismos, vernos con ojos similares en las distintas protoformas que se nos aparecían en los parques justo después del medio día: entiéndase que nos hemos subdividido, que somos corales creciendo divertidos y sin control, para enamorarnos otra vez en los asientos del transporte público, para engañarnos premeditada, voraz, alevosamente, para escondernos de los ojos astutos y las lenguas procaces, para empujarnos hacia la pared con la pintura fresca, para envejecer todos los años en una sola noche. Alguien colocó mal las etiquetas y hemos dado nombres incorrectos a todas las cosas. Pero fue ésa nuestra potestad en todo momento. Fue también la condena que, sutil, nos convoca a ser siempre pecadores de rostro alegre. Hemos sido todos ellos, no me cabe duda. Hemos sido todos, todos han sido en nosotros, todos ellos, todos.
Caminar hacia atrás, dicen, para intentar devolver el tiempo al lugar del que no debió moverse -si tan sólo pudiéramos tomarle por las solapas, castigarle como a un niño y enviarlo al rincón, obligarlo, por las buenas o malas, a obedecer-. Ver que las paredes se alejan con las silenciosas telarañas que ribetean los paisajes de recuerdos -y profecías autocumplidas-. Disfrutar del silencio, silencio navaja rasgando las cortinas, silencio detonando sus cargas mudas hacia el cielo, silencio barrera elevándose con sus tabiques de papel. Atravesar la luz en el más arriesgado experimento -hacer que tus partículas y las mías roten incesantemente hasta crear un campo de cerezos firmemente arraigado a la inconsistencia de la respiración- y ver, al final del proceso que siempre se ha evitado cómo se genera una historia igual a todas: mismos pasajes, mismos odios, trajes a la medida para los lugares siempre encontrados, lágrimas rodando al sur inevitables para dejar trozos de su integridad en cada alambre de púas impuesto ante cada una de las fronteras que más allá de hoy se encuentran. Suponerlo todo -como si las líneas de la mano estuvieran carentes de suposiciones- y adivinar (la clarividencia sólo llega cuando es más inoportuna) a la conclusión que nos arranca una cruel sonrisa: todo esto ha de perecer. Caminar hacia atrás -velocidades de vorágine si se las compara con el estallido del universo- y volver a tomar los mismos tranvías, comprar los tickets para peliculas de finales previsibles, dejar caer los vasos una vez más al pie de cada una de las mesas. Caminar hacia atrás, volver el tiempo, y dirigirnos con prisa -como siempre- hacia el irresistible -porque la desgracia como la felicidad tienen una inherente fuerza de atracción- mañana.
Sobre las lonas de los escenarios, donde las luces convergen y revientan brillos a los dientes que asoman entre las sonrisas, destaca él, moviendo nervioso sus largas zarpas. Nosotros sonreímos al verle, en la lejanía no descubrimos sus ojos: bellos espejos amalgamados en los que se reflejaría nuestra alma, prisiones de epitafios, cúspides calavéricas para saltar hacia el cielo en vuelos silbantes de espléndido candor. Malabares con veinte aros, saltos mortales que terminan con huesos descompuestos, con músculos desgarrados, y nuestra risa -tan limpia como cuando aún éramos niños- saliendo a borbotones del pecho en racimos radiantes de carmin, de sangre y flema, de felicidad estúpidamente pletórica. Carreras al filo de la pista, caídas premeditadas pero que llegan -como los criminales que hemos sido siempre- inesperadas, histriónicas, perfectas en su bien maquinado error: ejecuciones en la pista central de nuestros sueños, lámparas de todos los colores apuntando sobre nuestros hombros convulsos a esa imagen que tanto ha llorado por dentro para hacernos reír. De pronto la daga -que es la representación del éxtasis- hundiéndose en el bajo vientre. No hay espasmo en nuestros ojos (que, desde siempre, han sido los suyos, pues en ellos se refleja nuestra escencia) sino una lágrima alegre que rueda hacia el sur de nuestra cara. Carcajadas, paroxismo de truenos guturales, nos sostenemos las vísceras para que no revienten nuestros cuerpos, sobamos los costados que se sienten a punto de quebrantarse, apuntamos con el dedo y la sonrisa más larga que haya atravesado nuestro rostro. Y el payaso sonríe también en su cara pintada, con los cañones luminosos apuntándole -como en un eterno disparo al paredón, imperturbablemente certero, el fusilamiento-. El payaso sonríe antes de extender los brazos, al fin, triunfal, para recibir nuestro más largo aplauso.
No estoy aquí para hacerte cambiar de parecer. No es mi trabajo. No es mi intensión. Estoy aquí por el mismo objetivo que me orilló a hacerme a un lado antes. Soy el conflagrador. Pondré al fuego nuestras intensiones, mojaré las paredes de los cuartos rentados a horas previamente acordadas con la gasolina sacada del auto a empujones de pulmón. Las cerillas están en los bolsillos de la camisa. El encendedor de emergencias en el pantalón. La sonrisa indicada solo aparece provocada por la primera chispa. La grabadora lista para tus gritos. Mi rostro de inocencia para que aparezca en las rotativas -si es que los reporteros de ojos acuosos llegan a tiempo-. Anúdate los cabellos para que sean bellos hachones llameantes. Tensa los músculos para que asimilen hermosos y curveados leños de un árbol joven. He venido a quemarte como la bruja que eres, como la meretriz que fingiste ser, haré arder tus labios, haré crepitar tu delicada piel. Es extraño, ¿sabes? no verte llorar. Pero no te he visto ya en tanto tiempo -no cuentan los universos ilusorios en los que hemos vivido desde el año nuevo en el que se craquelaron los planetas-. Es extraño que sonrías. Lo es que tus mejillas se hayan sonrojado. Insólita, casi hermosa tu serenidad mientras las paredes han empezado a arder, mientras el escozor viaja hacia nuestros pulmones, hacia nuestra sangre, al centro universal en el que brilla el alma -libre de las cobertura decadentes de la realidad-. He venido, sí, tal como lo planeaste siempre. Para arder juntos.
Hoy vi caer diciembre sobre sus rodillas, arañar el suelo, convertirse en aliento de resaca matutina, completamente vomitivo, y me reí de él. Le di la espalda pensando -porque es inevitable- que lo he estado esperando para hundirme en sus depresivos días, en sus esperanzas absurdas, esperándolo como un niño. Hoy vi caer diciembre con los tendones rotos y el rostro perlado por la calima y me reí de él. Desee que fuera cualquier otro, desee el verano, la tormenta, el deslave y la erupción volcánica. Me reí de él, me reí de mí, mientras ataba los collares de depresiones recurrentes -y de las interminables- para ahorcar los recuerdos infantes -que no infantiles- y, debo explicarlo, me refiero a aquellos que no han cumplido un año ni dos pero que caminan con su aspecto deforme, monstruoso, dejando la saliva pegada a las paredes interiores. Vi llegar diciembre mientras descubría mi envejecimiento, pero seguí sonriendo: ironía de los caminos bloqueados, de los contactos del directorio telefónico rayonados para que no puedan ser leídos jamás nunca; suficiencia de los tatuajes esquivos, de los moretones invisibles; pletórico de la rabia tan suave al tacto como dura cuando cae sobre la cérvix. Reí por diciembre, reí de diciembre, maldita buena broma que nos hemos jugado. Ande, señor, pase usted.
Ven, que quiero hablarte de mis sueños. He pasado rato meditando y es la hora en que te cuente todas las pesadillas, los malos ratos que he pasado entre las sábanas, con la cabeza hundida bajo la almohada, la nariz tapada, la mandíbula castañeteando, los ojos con su sonrisa adormilada y necia. Ven, quiero hablarte de las cosas que he visto en las noches que son -se esfuerzan en lograrlo- peores que los días. Ven. Te muestro: éstas son las imágenes de los monstruos que aparecen, éstas las de mujeres que no conozco, estas otras pertenecen a los cuadros inconexos de un rompecabezas que me no logro reconocer. Aquí están las largas carreras que no llevan a ninguna parte, aquí los aguaceros que solo a mí me empapan, estos son los dientes rotos, caídos en la palma de mi mano, estos cuadros negros pertenecen al insomnio. No voltees el rostro que falta aún más: mira, los cuerpos degollados, los seres fantásticos y su paso fugaz, las uñas rotas de esfuerzos inútiles, la numeralia de pasadizos secretos que llevan a los niveles inferiores del subconciente. No, todavía no acabo. Pero hace frío y los dedos me duelen, hace frío y el estómago arde, hace frío y mis ojos, necios, tontos, traidores, están cerrándose de nuevo.