Canción para empezar la semana. Simplemente por que a Doly Tutifruti le gusta mucho. Escúchenla con atención.
lunes, junio 30
Mi muñeca me habló - 31 Minutos
viernes, junio 27
Paint it Black - Rolling Stones (Canción para fin de semana)
La canción para fin de semana. Un tema clásico de los Rolling Stones. Sin motivo particular. Solo por que me gusta y a veces quisiera que todo se pintara de negro.
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I see a red door and I want it painted black
No colors anymore I want them to turn black
I see the girls walk by dressed in their summer clothes
I have to turn my head until my darkness goes
I see a line of cars and theyre all painted black
With flowers and my love both never to come back
I see people turn their heads and quickly look away
Like a new born baby it just happens evry day
I look inside myself and see my heart is black
I see my red door and it has been painted black
Maybe then Ill fade away and not have to face the facts
Its not easy facin up when your whole world is black
No more will my green sea go turn a deeper blue
I could not foresee this thing happening to you
If I look hard enough into the settin sun
My love will laugh with me before the mornin comes
I see a red door and I want it painted black
No colors anymore I want them to turn black
I see the girls walk by dressed in their summer clothes
I have to turn my head until my darkness goes
Hmm, hmm, hmm,...
I wanna see it painted, painted black
Black as night, black as coal
I wanna see the sun blotted out from the sky
I wanna see it painted, painted, painted, painted black
Yeah!
jueves, junio 26
Sacame de Aquí - Enrique Bunbury
Una gran rola de Bunbury, nomás por que la estaba escuchando y ya.
| Artista: Enrique Bunbury |
| Album: Flamingos |
| Canción: Sácame de aquí |
| sácame de aquí no me dejes solo o todo el mundo esta loco o Dios es sordo dicen que si continuas algún un lugar llegarás debe hacer falta bastante caminar mala hierba sólo hierba en mal lugar cabeza de calabaza el martes de carnaval hubo un momento en que pudimos decir que no, que lo sentimos nos debimos confundir escribiremos nuevas reglas esta es la primera de ellas está prohibido prohibir sácame de aquí no me dejes solo o todo el mundo está loco o Dios es sordo sacamé de aquí no me dejes solo no entiendo que nos pasa a todos hemos perdido la razón nos hemos equivocado teniendo toda la razón aun podemos ser libres dentro de una canción hubo un momento en que pudimos decir que no, que lo sentimos nos debimos confundir escribiremos nuevas reglas esta es la primera de ellas está prohibido prohibir sácame de aquí no me dejes solo o todo el mundo esta loco o Dios es sordo sácame de aquí no me dejes solo no entiendo que nos pasa a todos hemos perdido la razón sácame, sácame... sácame de aquí no me dejes, no me dejes... tan solo... sácame de aquí |
martes, junio 24
Otra vez las manos.
Las vi de cerca y no parecían mías.
¿De quién serían? ¿A quién se las habré robado?
Quizá me las robaron a mí,
las han cambiado,
o son de utilería y se han ido atrofiando.
Se mueven torpes, cometen errores,
pellizcan y se duermen.
Las uñas crecen más durante la noche
y se convulsionan de día, nerviosas,
sudorosas, casi ajenas.
No parecen mías cuando las veo de cerca.
Parecen estar esperando el momento indicado
para saltarme al cuello, a estrangularme,
independizarse de mí para después,
despegarse e ir por ahí, andando,
por las calles mojadas de lluvia
o por las aceras hirvientes de sol.
Seguramente, de poder hacerlo,
se irían de mí,
confirmándome como lo que soy de tiempo atrás:
un simple, tonto, torpe manco.
domingo, junio 22
Polvo, polvo, polvo.
polvo.
Bajo la cama, incrustado al colchón,
polvo.
Mira cuánto hay sobre la computadora.
Cuánto abajo y a los lados.
Mira cómo se ha incrustado a las superficies
de todo lo que veo.
Polvo, polvo.
Échale agua para barrerlo.
Échale agua para sacarlo.
Polvo,
polvo.
Quiero quitarlo todo.
Polvo.
Quiero expulsarlo.
Polvo.
No dejes que se meta a mi nariz
y me la tape.
Polvo.
Soy alérgico. Me hace estornudar.
Me lloran los ojos.
Polvo.
Todos mis recuerdos cubiertos.
Los diarios acumulando.
Polvo.
Maldita sea, que alguien limpie todo.
Que alguien se lo lleve.
Antes de que termine siendo
polvo, polvo, polvo.
miércoles, junio 18
Debo retomar la flauta.
Sólo por gusto. Por ver si puedo volver a sostener el sonido hasta los 10 segundos. Por que más, simplemente, no podía. Por intentar seguir los puntos, negras, blancas, redondas, corcheas, a lo largo de la partitura. Por repetir y repetir el mismo pasaje hasta que sienta que finalmente, lo conseguí. Por buscar una nueva pieza y encontrarme con que no entiendo nada. Que adaptarme a la tonalidad es más difícil. O que simplemente, no encuentro el ritmo y debo comprar un metrómono. Por repetir la misma pieza una y otra vez, simplemente por que es mi favorita, aunque nadie me la haya escuchado, aunque quizá, ante alguien más, carezca de ritmo y sentido por que soy simplemente un mal ejecutante.
Para quitarle el polvo de encima al estuche, ejercitar una vez más los dedos y repirar profundo antes de afinar. Mover las llaves: de arriba a abajo, de abajo a arriba. Después sólo sostenidos. Después, después, después.
Debo retomar la flauta. Por gusto. Por necesidad. Por ganas. Por compromiso. Por ejercicio. Por lo que sea. Volver a retomar la flauta. Antes de que la música, se vaya de mis pulmones. O el aire.
Debo.
Crédito de imagen: www.freefoto.com
lunes, junio 16
jueves, junio 12
Sabor a detergente de lavanda.
Yo no suelo hacerlo, pero desperté con sabor a detergente de lavanda en la boca. Es la segunda vez que lo hago, lo confieso. Si tan sólo pudiera saber cuando volverá a pasar, si tan sólo pudiera evitarlo.
Es una historia sin principio. Sólo después de varias horas me di cuenta que había sucedido la primera vez. Empecé a lanzar eructos con burbujas que reventaban a la altura de los ojos y me salpicaban la cara. Burp. Burp. Burbujas con aroma de lavanda.
Casi puedo sentir cuando empiezan a formarse en mi estómago por la acción de los jugos gástricos. Empiezan a subir por el esófago. Se entretienen en la garganta. Salen sonoras por mi boca, algunas reventando incluso al chocar contra mis dientes. Burp. Delicioso aroma de lavanda.
Sin embargo, resulta tan repulsivo en la boca. En el vaho. Aliento a detergente de lavanda. Es como una comida indeseada que no te puedes quitar ni con kilos y kilos de clorets y litros y litros de astringosol.
Hoy es la segunda vez que me pasa y no sé cómo controlarlo. Quisiera algo para quitarme el sabor. Un beso o un durazno o una hoja de limón. Aunque no sé si en algo podría ayudar.
Alguien dijo algo sobre un brujo que es doctor. Pero creo que sólo atiende otro tipo de males.
Desperté por segunda vez con sabor a detergente de lavanda en la boca. Eructando burbujas por todos lados. Burp, burp, burp. Burbujas. Burp, burp, burp, burbujas.
viernes, junio 6
Que tiemble, que llueva, que reviente.
Las nubes en mi cabeza, que lluevan.
Los pensamientos de siempre, que revienten.
Que el cataclismo se suelte de una vez
y venga en carrera y me atropelle.
Para qué posponemos lo innevitable.
Que tiemble, que llueva, que reviente.
Sólo quiero una conseción:
¿podría ser después del desayuno?
Imagen tomada por Alberto de la Madrid y disponible en: escritosdeviajes.blogspot.com martes, junio 3
Apuntes para pasar los ratos IV

Crédito de imagen: http://www.enchgallery.com/
lunes, junio 2
Calígula Redivido.
Con el seño fruncido, agitó la cabeza negativamente. Varias manos se apresuraron a retirar las ropas, ajustar las medidas y colocar una nueva muda sobre el cuerpo. La expresión no cambió pero el movimiento de cabeza fue ahora afirmativo. Los testigos reprimieron un suspiro de alivio y se retiraron sin dar la espalda. Era parte del ritual, bajar la mirada y adivinar por instinto de supervivencia la posición de las puertas de salida.
Al bajar del pedestal dispuesto para los efectos del vestido, el joven alivió la expresión y miró hacia el cuarto solitario. El reloj de pulsera marcaba pocos minutos antes de la hora prevista. Su fino oído le permitió percibir los pasos que se acercaban y la sucesión de los elementos necesarios para los placeres de aquella tarde.
Complacido con la puntualidad de la servidumbre, se encaminó hacia el amplio sillón del fondo para sentarse cuidadosamente, evitando que la ropa recién puesta se arrugara. Las puertas se abrieron y varios sujetos entraron sin decir palabra e iniciaron su tarea.
Faltaban pocos segundos en el reloj de pulsera. El brillo dorado no desentonaba sobre la piel aceitunada. Aquel accesorio había sido mandado a hacer específicamente para aquella muñeca y las manos que lo confeccionaron habían sido cercenadas después de que el nuevo dueño aprobara el trabajo. El joyero contratado jamás volvería a realizar una pieza de aquella magnificencia. Eso lo sabía muy bien él, quien ahora esperaba al compás de las agujas del reloj.
La última vuelta del segundero acompañó la llegada de tres personas. Dos eunucos entraron sujetando de los brazos a una hermosa joven. La nueva víctima vio con ojos aterrorizados la imagen del dictador.
El galante sádico sonrió con displicencia. Los otros trabajadores habían terminado de colocar el intrumento de tortura y armado el panel de armas. La mujer fue despojada de las ropas por debajo de la cintura y colocada en posición sobre el aparato.
Los hombres que habían terminado su trabajo se retiraron sin dar la espalda al dictador, mientras que los eunucos permanecieron haciendo guardia fuera de la habitación.
La doncella lloraba, estaba sujeta de las muñeas con ataduras y sólo poseía la mitad de sus ropas. Cuando la tortura inició, el llanto se convirtió en gritos desesperados. El primer látigo, con los extremos coronados por esquierlas afiladas, despedazaron la carne de la espalda destrozando los restos de ropa mientras el dictador la sodomizaba. El espectáculo provocaba un resplandor en los verdes ojos del victimario. La sonrisa brillaba con cada gota de saliva despedida desde la lengua.
Antes de desmayar a causa del dolor y la humillación, un nuevo golpe, un nuevo corte, volvía a la vida a la víctima. Una estocada exacta permitía mantener con vida el cuerpo que había empezadoa perder su vida y se convertía en una masa sanguinolenta.
El dictador tomó la navaja para deshollar y cortó las ataduras con presteza. Volteó el cuerpo de la muchacha cuyos ojos se desorbitaban de dolor y arremetió cuerpo contra cuerpo una vez más. El arma afilada resbaló de sus manos por la mesa de tortura. El hombre se separó de ella y la tomó de los cabellos. Acercó su cabeza a los muslos. La obligó a acercarse, extasiado de su dolor, recordando a las mujeres que día tras día eran llevadas a su habitación, que durante los últimos once meses habían sido torturadas y asesinadas por sus propias manos; recordó las voces de protesta acalladas por su ejército, las miradas oprimidas por el hambre y el terror. Todo aquello provocándole un gran placer, un éxtasis que parecía infinito, un regocijo que fue cortado de pronto, limpiamente, por la estocada de un cuchillo de deshollar clavado con determinación entre sus piernas, con un filo que subía hacia su vientre sin detenerse, empujado con las últimas fuerzas de una muchacha desesperada.



