jueves, abril 23

Columnas rotas.

Al levantar la mirada, la visión que se le mostró casi lo vuelve a sumir en la inconciencia. Parecía como si alguien -o algo- hubiera barrido con todo lo que estaba alrededor. Intentó mover el cuerpo, pero tenía los miembros entumecidos. Había quedado acostado de una forma bastante incómoda y su cuerpo se encontraba adolorido por la caída. Además, le zumbaban los oídos. Instintivamente, llevó una mano a la oreja derecha y notó el líquido frío, la sangre que comenzaba a secarse sobre su piel. Pronto sería una costra y aquel zumbido se convertiría en un dolor punzante. No tardó mucho en pasar.
El dolor empezó en cuanto había avanzado unos metros buscando algo -o alguien- que le explicara lo que había sucedido. Intentó hacer memoria de los instantes antes de que todo se volviera blanco y después negro, antes de caer, casi romperse la cabeza y quedar inconciente, antes de que el mundo fuera barrido por lo que hubiera sido. Pero no recordó nada. La memoria no le respondía o quizá fuera el entendimiento. No lograba definir un motivo, una posibilidad o un argumento que explicara los hechos.
Daba igual, lo que importaba ahora era encontrar a alguien entre aquel amasijo de escombros, escondido detrás de alguna pared a punto de caer, guarecido en la sombra o temblando junto a su hogar destruido.
No se le había ocurrido mirar hacia el cielo. Si lo hubiera hecho antes, habría descubierto aquella especie de fractura en el aire y se habría dirigido a ella de forma resuelta. Precisamente debido a esa falta de curiosidad, se alejó bastante de la misma y sólo fue hasta que cayó la noche cuando, mientras intentaba encender una fogata con los restos de un árbol que estaba prácticamente carbonizado, descubrió ese brillo particular que no era estrella ni aurora.
La notó de reojo y cuando se dio por vencino en su vano intento de crear fuego, volteó hacia ella. Parecía un relámpago detenido en el aire, se encontraba a la altura de un edificio pequeño y su resplandor, pese a la lejanía, era perfectamente perceptible. Era posible que emitiera calor, pensó, además de que bajo el sitio donde se encuentra seguramente habría una buena luz.
Pero para ese momento se encontraba a casi diez kilómetros de distancia y le tomaría unas tres horas llegar a paso tranquilo hasta allá. En cambio, buscó la manera de dormir.
Cerca de la media noche despertó, tiritando de frío y con la clara imagen de una bomba estallando sobre la ciudad. No sabía si era un sueño o un recuerdo. Buscó con la mirada aquel relámpago detenido en el cielo y se dio cuenta que era más luminoso y largo. Entonces comprendió por qué no lo había visto en un primer momento, seguramente por la mañana sería mucho más grande.
Se había extendido en mayor medida hacia arriba y ahora era mucho más visible que antes. Decidió que iría hacia él al día siguiente e intentó dormir de nuevo. Cayó en un sueño inquieto enseguida pero no volvió a despertar.
Cuando un rayo de sol se coló entre las gruesas nubes negras y le cayó en el rostro desde el oriente, despertó. Le costó un poco de trabajo reconocer el sitio en el que estaba. Su caminata del día anterior lo había llevado, primero, entre los restos de las calles buscando sobrevivientes y después a las afueras de ésta, con la intensión de buscar el poblado más cercano.
Nadie ni nada se habían acercado al lugar del desastre en todo el día y no escuchó nada más durante la noche. Por lo tanto, o nadie sabía de la devastación o nadie quiería acercarse a la misma. Ambas cosas resultaban extrañas, pero no le preocupaban. Quería ver qué era aquello que estaba inmóvil en medio del cielo como un rayo luminoso congelado a medio camino.
Se puso en marcha en cuanto sus nervios se desperezaron. Apenas recordó que tenía sed, pero no había ningún manantial ni río a la redonda y sólo se detuvo junto a una casa medio derroída junto al camino donde encontró media botella de plástico con un líquido que le supo a metal pero que sin duda era agua. Después de ello continuó el camino.
Aquel fenómeno había crecido más durante el resto de la noche y mientras avanzaba, seguía aumentando de tamaño sin que él lo notara con precisión pues, cuanto más cerca estaba, más grande lo notaba de cualquier forma.
Cuando llegó, descubrió que el sitio en el que se encontraba aquella luminiscencia era el que, durante el sueño, le había parecido el punto donde algo estallaba. Pero en su sueño -o recuerdo- había gente, y ahora, aquí, sólo estaba él.
Estaba a unos doscientos metros y lo vio con claridad. No era un rayo detenido en el cielo, sino una perfecta resquebrajadura en el espacio. Los bordes brillaban intensamente, si la piel de un animal emanara oro en lugar de sangre, ésa sería su representación: una herida abierta en el aire de la cual goteaban luminosos copos dorados. Era bello y a la vez, extraño; amenazador y al mismo tiempo, tranquilizante.
Se le olvidó el dolor en la cabeza y la confusión, sólo tenía ojos para aquella herida del tiempo. Se extendía muy por encima de su cabeza. Quiso calcular la longitud del fenómeno, eran quizá unos 200 metros y la parte inferior estaba a unos 15 metros de altura ya. Se preguntó si podría asomarse por la apertura.
Sin embargo, la mayoría de los edificios se habían caído hasta sus cimientos y lo único que quedaban eran columnas que se balanceaban peligrosamente, dispuestas a caer al menor empuje del viento. La destrucción había sido tan caprichosa, que varias columnas se sucedían aumentando su tamaño, como una escalera improvisada por el desastre. Vigas resquebrajadas se unían de una columna a otra en lo que había sido una plaza comercial y quedaban a cierta distancia de la orilla del fenómeno.
Pensó que valía la pena intentarlo. Tenía la garganta seca y pese a que el sol no se filtraba a través de las negras nubes, sentía calor, pero empezó a trepar por la primera columna que no medía más de metro y medio, en cuanto lo logró, alcanzó de un salto la segunda; se equilibró sobre una viga, alcanzó los restos de una escalera y se balanceó con cierta agilidad hasta una nueva viga que lo condujo a otra columna rota.
Viajó de columna a columna, no con pocos esfuerzos. Aquellas maniobras le tomaron casi una hora, hasta que llegó a la columna más alta. Estaba resquebrajada de arriba a abajo, cuando se posó en lo más alto de ella varios trozos de concreto se desprendieron en diversos sitios y cayeron los 20 metros de altura que tenía, pero el riesgo valía el espectáculo que se mostraba frente a sus ojos.
Desde aquella altura podía ver lo que se escondía -o lo que revelaba- tras la herida en el aire. Los últimos hilos de energía que intentaban mantener cerrada -o curar- el fenómeno permitían sin embargo ver una ciudad parecida a la que había sufrido la devastación. Ahí estaban los edificios, el aire diáfano que alguna vez hubo en ésta, la gente detenida contemplando un fenómeno parecido a un rayo que se ha quedado estático a medio camino pero que en realidad es una herida hecha al espacio, al tiempo y a todas las dimensiones conocidas y por conocer.
Pensó que se podría pasar de un lado al otro con tan solo un salto, que allá estaba un mundo que era el suyo y a la vez, no lo era. Sin saber porqué y sin intentarlo, su rostro esbozó una sonrisa. No había cansansio, pena, dolor, resentimiento, confusión. No le interesaba saber qué había provocado aquel desastre, no quería enterarse de la prueba con el arma experimental que había devastado a todo ser viviente -excepto a él- en un radio de diez mil kilómetros, no quería entender porqué la casualidad lo había llevado a contemplar aquel espectáculo.
Sólo quería saltar, acudir a ese mundo que se abría ante sus ojos, contemplarlo todo, recuperar lo perdido. Seguro ahí podría. No le cabía duda.
El azar, la suerte, el destino, lo que fuera, había actuado a su favor. La distancia a recorrer se salvaba con tan solo un salto. Lo único que tenía qué hacer era contraer todos sus músculos, balancear el cuerpo un par de veces y proyectar el peso hacia adelante, alcanzaría aquel borde dorado y pasaría de una dimensión a otra. Era fácil, endemoniadamente fácil.
La columna bajo sus pies empezó a temblar, resquebrajarse. No había tiempo para pensar más en el asunto. Su cerebro envió las señales tal como las había previsto un segundo antes: tensión en cada fibra del cuerpo, la posición indicada para el salto, el peso moviéndose hacia adelante y hacia atrás, las rodillas, tobillos y dedos de los pies en alternado movimiento ascendente.
Su cuerpo se elevó por los aires justo en el instante previo a que la columna rota se desmoronara para dejar en su lugar sólo escombros.
La figura de un hombre se contorsionó en el aire, atravesando aquella herida en los límites de las dimensiones que tan bien se conocían, parecía sonriente, eso dijeron quienes atestiguaron el fenómeno; extendía los brazos, gritaba eufórico, mientras caía veinte metros antes de reventar contra el pavimento.

3 comentarios:

Búho dijo...

Sigo con mi postura: esto es una espiral constante. Me gusta el delicioso mareo de tus pensamientos, buen Lord.

Lord Edramagor dijo...

Gracias Kym_Buho, reciba un abrazote!
Wiiiiiii.

Calixta dijo...

Oh sip! me gustan ver como repetimos patrones en busca de lo diferente, y sentirnos pequeñamente felices porque esta vez si estamos haciendo lo correcto. Un buen truco seria, simplemente hacer lo contrario, tan solo por esta vez. Quizas no cruzar, de cualquier forma ya sabiamos de lo que nos perdiamos o donde nos perdimos...
Saludos y besos.
XOXO