El guardia no se había movido de su sitio en la atalaya durante toda la noche. El frío le calaba los huesos y, a ratos, la tentación de arrancar con el pico de la lanza los carámbanos que se alargaban como los dedos huesudos de la noche hacia el piso de dura piedra, le distraía un poco de la mirada vigilante que debía mantener en el horizonte.
Era su castigo, después de todo, mantenerse inmóvil en lo alto de aquella torre, en pleno invierno, lejos de los fuegos que ardían en el interior de la enorme masa amurallada, donde los hombres bebían gustosos la hidromiel y destazaban carneros recién desollados en los rastros de las murallas interiores.
Recordó la voz de Ilsur, Pendragon de las tierras orientales. Recordó, peor aún, y los escalofríos le treparon por la espalda hasta erizarle los cortos cabellos de la nuca, propios de su condición de raso, la mirada violenta con que lo había amonestado. El estremecimiento fue mayor en cuanto las últimas palabras pronunciadas por el rey supremo le resonaron en la cabeza, con la cual pagaría un nuevo error.
Ilsur, Pendragon de Weygnin, era un hombre cuyas palabras no se podían pasar por alto, desobedecer ni tomar a broma. Ahora el raso lo sabía, tiritando de frío en lo alto de la atalaya, con los ojos prendidos en el ardor de la duermevela, casi sin cerrarlos pese al fuerte viento que soplaba desde el norte, hacia donde miraba desde las primeras horas de la noche.
Volvió a pensar en los hombres, en la dicha de la guerra y en la mayor alegría de los tiempos de victoria, en los que se bebía y comía a costa de los enemigos vencidos, se improvisaban cánticos para rememorar la batalla y se acumulaba buen oro.
Él era solo un raso. Adoraba a Ilsur como pocos y le era leal. Pero había cometido un error. Uno solo. Y ése había sido suficiente para que lo mandara a azotar, primero, y después lo confinara a la atalaya, el lugar menos deseado por los vigilantes en cualquier época del año, pero sobre todo, en invierno.
Y ahora no había manera de dejarla abandonada, no en estos tiempos. No, se dijo a sí mismo el joven soldado, de cabello recortado, que se apretó la delgada piel de oso -el que había cazado apenas hace un invierno, cuando no se enlistaba todavía en las fuerzas de Ilsur Pendragon-, para resistir lo mejor que pudiera el frío.
El emplazamiento de la atalaya debía estar en plena oscuridad, sin antorcha alguna que afectara la vista acostumbrada a la oscuridad, ocultando así la posible llegada de enemigos, como los que Ilsur, en sus aposentos, aunque quizá no dormido, esperaba aquella noche.
Y el raso, entristecido por sus recientes fallos ante el rey supremo, no tenía más opción que resistir la helada, estoicamente, todo lo que durara la noche. Quizá a la mañana siguiente Ilsur Pendragon estaría de mejor humor y le levantara el castillo. No, se dijo de nuevo, no hay que albergar esperanzas, no en estos tiempos.
El sonido de unas botas chocando contra las congeladas escaleras llamó su atención. El raso echó una última mirada hacia el norte, una ojeada rápida al oriente, y una más, al final, hacia el poniente, mas no vio nada.
Las botas metálicas que sonaban y hacían eco en las estrechas escaleras oscuras, eran las de Ilsur Pendragon, rey supremo y lord de las tierras de Weygnin, subía a verle a él, un simple soldado raso, condenado en una de las noches más oscuras y gélidas, a vigilar en la atalaya.
El joven se cuadró e hizo chocar el mástil de su lanza contra el pecho metálico de su coraza. Le dolieron los huesos de la mano, del brazo, del cuerpo entero, al hacer aquel movimiento tan repentino con tal de agradar al rey.
Ilsur Pendragon lo inspeccionó de arriba a abajo, con una mirada lenta y un rostro inexpresivo. Frunció después los labios en una expresión que el soldado no pudo definir, cruzó los brazos detrás de la espalda, como complacido, y dirigió la vista a las tierras que se extendían al norte del castillo.
Llevaba sólo la mitad inferior de la armadura y, el torso, cubierto por un grueso abrigo hecho con pieles de zorros grises, blancos, pardos, rojos. Se adivinaban, incluso entre la oscuridad, las cabezas de algunos de los animales que sirvieron para vestir al rey. Ilsur Pendragon veía al norte, parecía disfrutar del viento que soplaba, se distraía con las formas de los carámbanos sin reparar más en el soldado que estaba a sus espaldas, rígido como un árbol, esperando cualquier indicación.
El rey empezó a hablar, analizó los hechos por los cuales decidió castigarlo. Debía haberle matado, dijo, y el raso casi sintió cómo los huesos se le descoyuntaban, no sabía bien si por miedo, nerviosismo o frío. Dijo que no lo había perdonado, que no lo haría, que no pensara en ello, aunque sí le había excusado la pena de muerte, por un tiempo.
Ilsur Pendragon habló, sin mirar al soldado y con la vista perdida en el horizonte, de los tiempos idos, de su juventud, de cuando era solo un heredero al trono imberbe que esperaba la oportunidad para matar a su primer enemigo, cuando soñaba con ser el próximo rey que invadiría los pueblos del norte y que erradicaría a las naciones de los escudos ovalados; soñaba con ser tan ágil como los paladines, tan fuerte como los guerreros del centro-occidente, soñaba, soñaba, soñaba.
En algún momento, Ilsur Pendragon se giró y habló al soldado, le pidió que relajara la posición, que se frotara los brazos para calmar el frío, le pidió su opinión sobre los tiempos de guerra, lo interrogó sobre su cuna, el nombre de su padre, la fortuna que había tenido, si era guerrero o campesino, si su madre había sido esposa legítima o concubina, cuáles eran las aspiraciones que tenía en el ejército; el raso contestó lo mejor que pudo, Ilsur Pendragon se reía a veces, lo palmeaba en los hombros, y hablaba, hablaba, hablaba.
El soldado recordaba que ésa era una de las características del Pendragon de Weygnin, que detestaba la hidromiel, que no dormía con más mujeres que la reina. Era pues, un monarca ejemplar.
Estaría por caer el amanecer, en el oriente los primeros rayos estaban por aparecer, lo hacía suponer la forma en que el cielo clareaba en el horizonte lejano. Y, de pronto, Ilsur Pendragon calló.
El joven, que se apretaba el abrigo de oso sobre el cuerpo, no entendió a qué venía el reciente silencio. Apenas hacía un instante, el rey hablaba tanto como al principio de la conversación. Su silencio se alargaba y no sabía qué hacer. Tocar a un Pendragon era impensable y él, después de todo, un raso, no podía hacer preguntas al general supremo, sino solo dar respuestas.
El sonido de los golpeteos en la puerta de metal en lo más bajo de la atalaya, llegaron a sus oídos. Ilsur seguía parado, inmóvil, frente a la abertura que daba al norte. Los golpes llegaron una vez más, intensos; un comandante lo llamaba, no tardaría en llegar su remplazo, pero el Pendragon no se movía.
Una tercer llamada, más enérgica, lo hizo bajar de la atalaya, no sin titubear, mientras dejaba a Ilsur Pendragon, mirando estático hacia el lejano norte, con el rostro congelado y tres mudas flechas clavadas en el pecho cubierto por el abrigo de zorros.
martes, agosto 25
Ilsur Pendragon.
lunes, agosto 24
Episodios de insanidad. Melodía a dos tiempos que parecen uno.
a)
Incluído en la lista, el corazón no supo a qué venían aquellos sentimientos. Después de todo, un transplante no era gran cosa si se podía seguir latiendo, así fuera, roto en mil pedazos.
b)
El chamán le dijo aquello con solemnidad y un poco de tristeza. Finalmente, el mono se resignó. Sus descendientes serían hombres.
c)
"Tonto, tonto" se refutaba a sí mismo, comprendiendo la razón por la que nadie usaba el elevador, mientras caía por el cubo vacío.
d)
Ilumna, dijo. Y con aquellas últimas palabras, creó el sol.
e)
Los elfos, después de todo aquel tiempo, comprendieron que su memoria inmortal era el vaso inagotable en el que cabrían los recuerdos de todas las calamidades futuras.
f)
Rompió en llanto al ver que el mundo se rompía. Pobre niño, de haberlo sabido antes, no habría permitido aquel juego de azar al que llamó la Evolución.
g)
Increíblemente certero, el arquero había atravezado, una vez más, la manzana que su nueva doncella había sostenido en medio del pecho.
h)
Murió, le dijo, resignado, el doctor. El fantasma entonces, se alejó de su cuerpo.
i)
- La locura, señor mío, no es otra cosa que un instante de extrema lucidez. ¿Lo comprende?
- Lo comprendo -, respondió sonriente el doctor, cerrándole una vez más la puerta al falso Napoleón.
jueves, agosto 13
Slide.
Era un bello deslizador. Pensar en todo el tiempo que lo había anhelado y en la forma en que se renovaban, cambiaban, se volvían más rápidos, livianos, eficientes, silenciosos; los diseñadores sumaban aditamentos, comodidades, innovaciones. Y siempre que estaba a punto de decidirse por uno, venía otro mejor, y luego otro, y otro, dificultando su decisión final.
El día que tuvo suerte fue cuando cayeron esos créditos extra. No lo pensó más. Juntó lo ahorrado y se dirigió a la tienda en la que perdía valiosos minutos de cada día observando los modelos recientes. Escogió uno, el que tenía el precio exacto de sus créditos acumulados en varias tarjetas. El vendedor las agotó en unos segundos al ponerlas en la ranura de lectura, una terminal computarizada de un banco realizó la transferencia, otro ordenador la confirmó, un tercero -previas medidas de seguridad- sondeó el origen de cada crédito, hasta el último crédito tenía una historia qué contar y aquellas tarjetas revelaron toda la odisea financiera, hasta que finalmente, y todo esto no llevó más de cinco segundos adicionales, la venta se confirmó.
Cuando grabaron su identidad biométrica en el ordenador de viaje y le explicaron, por rutina pues él conocía de sobra el procedimiento, los primeros pasos para arrancar el vehículo, las palmas de las manos le sudaban de impaciencia.
Un deslizador. No, un aerodeslizador a propulsión iono-magnética. Un complicado artilugio tecnológico que unía varias tecnologías energéticas para generar una sola señal de impulso que elevaba el vehículo de más de 500 kilogramos a 25 centímetros exactos del suelo y mediante la canalización de energía podía lanzar el hermoso bólido a velocidades superiores a las 300 millas por hora. Una obra de arte de todas las ingenierías.
Llevaron la unidad hasta la salida a la calle y el joven se montó en ella. Al poner las manos sobre los controles, el ordenador registró todas las señales de identidad del propietario. En un santiamén, los cuatro procesadores escalados no sólo leyeron los datos y los confirmaron, sino que iniciaron los complejos cálculos para el solo encendido del motor, el monitoreo de factores de presión, corrientes eléctricas y magnéticas, supresión de picos iónicos, eliminación de estática indeseada, etcétera.
Cerca de 100 procesos distintos se realizaron sin errores en poco más de un segundo. El joven lo sabía, había leído lo que implicaba cada uno de los mecanismos del motor. Si tuviera la destreza manual necesaria y el equipo pertinente, podría desarmarlo y reconocer cada una de sus partes para montarla de nuevo en su lugar.
En el panel táctil, estableció la ruta a seguir, el destino y la velocidad deseada de crucero. Aquellas eran simples indicaciones pero, la ventaja de los aerodeslizadores era que, pese a todo, el control lo tenía el usuario.
Accionó con suavidad con la mano derecha la Potencia y el aerodeslizador se movió a gran velocidad devorando los metros de camino y dejando atrás en la lejanía la agencia de vehículos.
¿Cómo debía llamarlo? La unidad se deslizaba con suavidad por las calles, dos de los cuatro ordenadores escalados monitoreaban a través de una conexión de alta velocidad a la red, las condiciones de tráfico para alertar de colisiones; por ello, conducir a más de 100 millas por hora en un aerodeslizador era relativamente seguro.
Pero al joven conductor no le bastaba. Quería más velocidad. En la mente, le pareció buena idea ir hasta los límites de la megaciudad.
Y lo hizo. Se lanzó calles arriba y abajo, rebasando a los vehículos pesados, los familiares, los compactos. Después de todo, tenía un aerodeslizador de última generación y quería lucirlo. Lo hacía ya a 190 millas por hora. Sólo vehía manchones de colores que pasaban a sus lados.
Con el cuerpo replegado sobre los controles, el viento sólo soplaba sobre su espalda. La cara, a buen resguardo por un protector frontal del vehículo le permitía no solo un excelente panorama, sino que desplegaba ante él un panel de visualización con los accidentes del terreno. Parecía que nada podía detenerlo.
Los límites de la megaciudad estaban ahí, a tan solo 30 segundos más. Con 288 millas por hora, remontar las distancias parecía cosa fácil. Siempre había anhelado esa velocidad. Siempre había soñado con montarse en su propio deslizador, Slide, sí, así lo llamaría en adelante. Lo había decidido. Ahorraría unos cuantos créditos más o los pediría prestados, los cambiaría en la primer ciudad del camino por comida y artículos y seguiría rondando, a altas velocidades, con aquel motor que no se consumiría sino en 100 años. Andaría, hasta agotar la última célula de energía.
El acantilado se abría en el horizonte, el visualizador en pantalla lo anunciaba. Un abismo que lucía apetitoso para ser roto por la velocidad. ¿Qué más daba? Podía intentarlo. Había esperado demasiado. Demasiado. Demasiado...

