jueves, marzo 26

Aprensivo.

Y voy. Saltando los múltiples topes de la ciudad y el cigarro humeante por la ventana. Sin música en el estéreo. Con el motor sobrecalentado por el constante ir y venir por las calles. Con las ganas enredadas en los dedos. Odiando el tiempo que corre y mi izquierda desnuda (quisiera un reloj con brújula, como los que usan los boyscouts). Pienso en whisky en las rocas y en The Watchmen. He de distraer a mi mente. ¡Ah, sí! No puedo imaginar la cantidad de cosas que pasaron para que sucediera el milagro de haberte conocido.

lunes, marzo 23

¡Master! ¡Master!



Era solo un reflejo. Como un destello. Quizá fuera la luz del sol rebotando caprichosa desde la ventana del edificio aquel. Sonríes. Se llama paranoia, estrés, cansancio, como sea. Caminar es lo que te preocupa en este momento y por eso aceleras el paso, algo en tu mente te impulsa sin importar las pocas horas de sueño, el desayuno a medias que se quedó a disposición de las moscas en la mesa de casa. Tampoco te importa estar usando el mismo par de calcetines desde hace cuatro días. Ni qué decir de la ropa interior. Todo es a causa de que no conoces el tiempo libre, el esparcimiento, la vida social. Pero no importa. Te convences de ello. El descanso es para la gente fracasada. Tú vives para seguir adelante, para rebasar al que está a la cabeza; las órdenes superiores son comandos que te impulsan. Sonríes para ti mismo al convencerte una vez más de ello.
Lo has visto de nuevo. De reojo solamente, porque al voltear la mirada, ha desaparecido. No, no era un reflejo de sol, parecía una línea de plata cuyo destello invadió brevemente tu campo visual. Frunces el seño. ¿Qué sería? Seguro nada. ¡Ah, el reloj! Estás por llegar tarde. Por eso, en lugar del transporte colectivo, tomas un taxi. El asunto vital en todo esto es destacar. Si lo haces bien, ascenderás, serás reconocido, el mundo mirará hacia arriba para encontrarte, no como hasta el día de hoy.
¿Revolución? ¿Rebeldía? Pérdidas de tiempo. Absurdos. Lo dices entre dientes mientras ves las paredes cubiertas de grafitis. Vandalismo, eso es lo que es y se lo comentas de esa forma al taxista. Él se encoge de hombros. Empieza a hablar pero no voltea a verte, ése es su código: comunicarse sin perder de vista el objetivo. Si todos fueran así, piensas.
Ahí está de nuevo. No es solo uno, son varios. Te frotas los ojos. Han desaparecido. Pero, ¿dentro del taxi? Quizá debieras visitar al oftalmólogo, después de todo, un par de anteojos podrían hacerte ver más sofisticado. Seguro que alguien se fijará en ti. Alguna secretaria eficiente. Quizá la jefa de área a la que viste ascender a un liderazgo que habrías deseado tener tú. Sí. Unos lentes. Suena a buena idea.
El vehículo da vuelta, está a punto de llegar. ¿Cuánto es? Ah, claro. Pagas. Sonríes al conductor mientras lo ves partir pero tu rostro muestra sorpresa. En un día habitual habrías sonreído solo para tus adentros. Habrías menospreciado su trabajo. Pagado con desprecio. Incluso, un sesgo de piedad se habría asomado a tus pensamientos pensando en el triste futuro que puede aguardar a alguien como él, quien sentado al volante, sólo puede hacer algo. Pensarías eso porque tú tienes una vida y una carrera por delante. Pero no lo piensas.
Lo has visto claramente. Delgadas, luminosas, plateadas, centelleantes. Hilos sujetos al cuerpo del conductor. Mientras el auto se aleja, los sigues viendo, colgados de algún punto del cielo. ¿Qué era eso? No. Podría tratarse de una ilusión óptica. El día es claro, el sol llamea en el cielo y tú estás cansado.
Caminas hacia la puerta giratoria. Miras tu sombra en el suelo. Tus ojos pican. No es el desvelo. La sonrisa de la locura se asoma lentamente a tu rostro. La carcajada fría del sinsentido empieza a brotar de tu boca. Ahí están, delicadamente incrustrados a tus brazos, piernas, columna y cabeza, los hilos de tu titiritero.

jueves, marzo 19

Punzocortante.

"Ahora lo sé. Estoy deprimido. Y no he salido como me lo propuse. Todavía no".
Pensamiento previo a la masacre.

En cuanto todo se definió ante mis ojos, como un cristal limpio, empecé con la tarea. Me quedé en casa juntando pedazos de metal viejo y oxidado. He seleccionado las mejores partes. Recuerdo cuando añoraba esa katana y el viejo me la negó. También recuerdo esas bellas navajas que no pude poseer.
Ahora todo es distinto. En las ruinas de este caserón del siglo pasado, donde he aguardado tanto tiempo esperando a que el cielo se abra, lo único que ha llegado es esa dulce epifanía. Ahora mismo te la he de contar:
Dispuestas como están las ruinas de la residencia en una colina, la mirada alcanza sin obstáculos el horizonte. El primer día creí que era una especie de alucinación mía, pero fue al siguiente cuando confirmé mis sospechas. Sin embargo, sólo en el tercero la revelación llegó. Era gente. Hombres y mujeres caminando con sus roídas ropas huyendo de la devastación nuclear. Vienen caminando en dirección mía con los rostros cubiertos de hollín y la mirada hacia la tierra, quizá los pensamientos se les hayan secado dentro del cerebro o sean una manada completa de vivos sin conciencia.
Son como un botín. Un festín. Hacía mucho que no veía a tantos juntos. Son como un ejército de muertos vivientes cuya carne está aún fresca. Cuando me percaté de ello medité un instante en correr, pero he aquí que tuve aquel momento de iluminación.
El metal está en la tierra y me he puesto a inspeccionarlo. Tomo lo mejor que encuentro. Hay un perfecto tubo de titanio con una punta perfecta, al parecer, el resto de un artefacto volador. También una bella hoja de metal terminada en punta, con sus noventa centímetros de longitud, sólo tuve que acondicionarla para poderla sujetar adecuadamente.
Todo justo a tiempo. El primer grupo se acercaba, caminando sin percatarse de la lluvia pertinaz que había empezado a caer ni del sol que se terminaba de ocultar. Tampoco se percataban de mi risa, de mis ojos ansiosos, de mi felicidad nacida en ese instante y que se desbordó al caer la hoja de mi espada hechiza en el cuello del primero.
En mis ojos escocían las lágrimas cuando el tubo que empuñaba en mi siniestra quebró la espalda de una niña cuya piel ya era gris. No escurrió sangre ni emitió grito. Ninguno gritaba. Sólo ese estertor que se interrumpía y desaparecía para siempre.
Uno a uno, seguí golpeando, desmembrando, quebrantando; estaba feliz, pletórico, aterrado al mismo tiempo por el paroxismo de sentimientos y asombrado, como si hubiera llegado a mi nirvana personal, cuando contemplé aquel camino del que la masa de sanguinolientas formas provenía, interminable, rumbo a mis manos.

jueves, marzo 12

Imaginancia.

Me pregunto si puedes sentir cómo te pienso, cómo intento acercarme a tí, rodear las paredes y no chocar -como hasta ahora- con ellas.
Si sabrás que hace apenas unas cuantas horas, intenté dormir pensando en ti, solamente en ti. De una manera absurda, patética, y que terminé escribiéndote esto -igualmente absurdo y patético-.
Me pregunto si evocándote, me habrás dedicado un segundo. Si habrás visto hacia arriba, abajo, a cualquier lado, intentando encontrar un recuerdo mío prendido de los espacios vacíos de la vida.
Supongo que no. Que los pensamientos no vuelan a través del concreto y que por el contrario, se quedan colgados -prestos a olvidarse- entre las ramas de los árboles, por que físicamente es imposible transportarnos a otro sitio en un respiro, bilocarnos, no, no se puede. Estamos aferrados a una realidad que corre torpe a través de la masa del tiempo. Por lo tanto, no debe tener caso seguir pensándote, lanzando piedras de deseos a ventanas rotas de antemano, concentrando la escasa energía química del cuerpo en la idea de "ti". Mejor, jaja jajá, saldré a buscarte.

miércoles, marzo 11

I see my red door....

...and I want to paint it black...

Si estuviera deprimido, quizá tomaría el martillo arrumbado en una esquina de la casa y saldría a la calle a partir cabezas para divertirme un rato. Me pondría una máscara burda hecha con tela y un par de agujeros para asomar la mirada y caminaría, al compás de una buena canción, con el martillo goteando sangre por la calle. Sonriendo bajo la máscara, tarareando la melodía, empezando a sonreír poco a poco mientras los cuerpos van quedando atrás, mientras los rostros aterrados de mujeres que se atraviesan en mi camino descubren demasiado tarde la presencia maniática de mi brazo armado con un martillo. Si estuviera deprimido, saldría a las calles, sí, tranquilamente y disfrazado del peor de los superhéroes. A espantar murciélagos, atrapar fantasmas, matar poetas y mujeres: alimentar gusanos.