viernes, mayo 29

Límite de velocidad.

¿Por qué lloraba? No era importante el hecho de llorar, sino sencillamente el por qué. Parecía un absurdo. Una estupidez que algo así le nublara los ojos con una hemorragia de lágrimas que arrastraban, a su paso, los pigmentos del delineador de ojos convirtiendo su rostro blanco en una máscara surcada por dos ríos negros.

Sus sollozos se convulsionaban en el pecho y alcanzaban la garganta con una serie de sonidos que parecían el anuncio de una arcada. Pensar en la relación entre el sonido y sus movimientos le hizo tener una acomedita de asco. Casi sintió la bilis alcanzando su garganta, un hilillo agrio rosando su paladar.
Sentirse así de indefensa le hizo entrar en un total arrebato de furia contra sí misma, contra el mundo, contra ellos. La zapatilla apretó más insistentemente el pedal como si con ello pudiera acallar la ira. El ruido del motor aumentaba, ni siquiera pensaba en hacer el cambio de marcha, sólo quería presionar con el pie aquel pedazo de caucho que alimentaba a la máquina con oleadas de gasolina haciéndolo rugir, cada vez más, como un animal a punto de que sus huesos salgan de las coyunturas.
Se pasó el dorso del brazo por los ojos intentando aclarar la mirada, desterrar la nubosidad en la que se convertía el llanto, pero era inútil. Los colores se perdían en la riada negruzca de su maquillaje, una pestaña postiza se balanceaba ya a la orilla del párpado derecho; de la nariz brotaban mocos y exhalaciones aceleradas y en la boca todo se juntaba, llevando un sabor salado a la comisura de los labios entre abiertos, en una boca dentro de la que castañeaban los dientes.
El amplio bulevar describía una ligera curva que ella no tomo sino hasta el último momento. Pareciera que aquella maniobra había servido para atrapar la primera gota de una lluvia que azotaría toda la noche. Del cielo brotó un segundo llanto que pronto cubrió el parabrisas empolvado, descorriendo el maquillaje de la vieja máquina.
Un disco metálico marcaba "80km/h". Ella lo habría visto en una noche normal. Incluso habría segudo la indicación en una noche normal. Pero en ésta no. Ni vio el disco. Ni tenía intensión de retirar el pie del pedal. Ni veía nada más que las gotas precipitándose-saliendo hacia el parabrisas-desde sus ojos.
No veía. Sólo lloraba. Gemía dentro de la cabina del auto. Se revolucionaba su pecho como un motor acelerado. Vómito, lágrima y grito al mismo tiempo se volcaron sobre el volante. Blasfemia y lamento al mismo tiempo se derramaron junto con la materia gris. La última convulsión de su cuerpo lo maldijo todo, mientras su cabeza salía disparada por el parabrisas, rota en pedazos, tras haber impactado el auto a alta velocidad contra un camión estacionado.

viernes, mayo 22

Storm (o un día si tuviera una Blackberry)

Algo pasó durante la noche. Quizá una de esas suspensiones de luz que ocurren a menudo. Seguro fue eso. No hay otra razón para que el televisor no se encendiera a las 6:50 como estaba previsto. No obstante, un sonido musical me despertó a las 6:55. Entreabrí los ojos y traté de identificar el sonido. Recordé el instante en que había programado a los Hellacopters para sonar a esa hora en el dispositivo. 

Extendí la mano hasta la pequeña mesa junto a la cama y toqué la pantalla táctil para desactivar la alarma del teléfono. Sonreí. Quizá éste fuera un buen día.
Alcancé el control remoto junto al teléfono e intenté encender el televisor y confirmé las primeras sospechas. No había luz. Eso no iba a empañar mi buen ánimo. Me levanté para iniciar mis actividades. Quince minutos después buscaba algo para el desayuno. Un nuevo sonido me alertó. Recordatorio para una conferencia de prensa. Casi lo había olvidado. 
"Creo que terminaré de vestirme antes de seguir". Una vez arreglado, coloqué el teléfono en uno de los bolsillos de la camisa y seguí buscando un desayuno. Algo que no necesitara electricidad para alimentarme, justo encontré unas rebanadas de pan que podría tostar y... 
- ¿Bueno?
- Buenos días, oye, te he mandado la información a tu correo electrónico. ¿La recibiste? -dudé un segundo.
- Déjame ver.
Me retiré el teléfono y busqué el ícono para navegación 3G, rápidamente se desplegó la página inicial, toqué la pantalla en la barra de dirección y apareció el teclado táctil, era fácil desplazarse por las letras. Pronto estaba en la página de correo electrónico, unos instantes después veía la lista de mensajes y medio minuto más tarde, el PDF se estaba desplegando en la pantalla. Los datos eran justo lo que necesitaba para empezar el día.
- Correcto -repuse una vez verificada la información-, muchas gracias. 
- De nada, de nada, ya sabes, cuando se puede se puede -mi contacto colgó. 
Leí la información mientras desayunaba las tostadas, de pronto, una nueva llamada.
- ...club Campestre, ¿sabes cómo llegar?
- Sí, no hay problema -mentí. Claro que lo había. El lugar estaba a las afueras de la ciudad y jamás lo había pisado. Además, la invitación era para una hora después de la conferencia de prensa que ya tenía agendada.
Abrí Blackberry Maps y busqué el sitio, busqué una ruta, calculé el tiempo. 
"Parece que sí llego".
En el reloj de la pantalla marcaba las 8:50, llegaba con tiempo a la sala de conferencias en la universidad. Algunas personas ya esperaba. Busqué la aplicación de Twitter y coloqué el mensaje "Esperando la conferencia de prensa en la universidad". Abrí Facebook y revisé un par de mensajes, clickée algunas cosas que me gustaran, y al final, envié un correo al editor con el presupuesto de información. Para ese momento ya sabía lo que haría el resto de la tarde. 
Los conferencistas llegaron y busqué al fotógrafo del medio. Parecía que no estaba por ningún lado.
-Foto Periódico -dijé en voz baja al teléfono mientras mantenía pulsado el botón para llamada de voz, en unos instantes estaba timbrando.
- Hola, disculpa, la conferencia está por empezar.
- Sí, perdón, hay un congestionamiento en el bulevar.
No llegaría, era un hecho.
- No te preocupes, mejor ve al club Campestre, nos vemos ahí en una hora.
Colgué y mientras algunos intercambiaban saludos previo a la conferencia, busqué en el teléfono el modo cámara. Los asistentes se sentaron y obtuve un par de buenas capturas que verifiqué en la pantalla del teléfono. Parecían buenas, me conformé con ello, no quería perderme ni una palabra del evento así que busqué la grabadora de voz y mientras tomaba notas en una libreta pequeña, grabé las intervenciones. 
Al subir al auto, busqué de nuevo la ruta que había previsto para llegar al club Campestre, la seguí tal como la había previsto y en 20 minutos estaba en el lugar. Por una parte, me sorprendía no haber estado en ese lado de la ciudad mientras, por el otro, me alegraba el hecho de haber llegado sin ningún contratiempo gracias a los mapas.
Las cosas transcurrieron bastante tranquilas. Hice un par de llamadas para concertar entrevistas al día siguiente y anoté los recordatorios. Mientras conducía hacia el periódico, inserté los audífonos en el dispositivo, algo de música no estaba de más y el clima era espléndido.
Una llamada interrumpió una tonada de Guns and Roses.
- ...¿y qué vamos a hacer hoy?
- Podríamos ir al cine. ¿Te gusta la idea? -Parecía no convencerla del todo-. Si quieres, en cuanto llegue al periódico te mando la cartelera. ¿OK?
-Esta bien -dijo, no muy convencida.
En cuanto bajé del auto empecé a buscar la cartelera. Encontré la página cuando entraba a la sala de redacción y veía las máquinas ocupadas. 
"Bueno, tendré que esperar un poco". No importaba, introduje la contraseña para el mensajero electrónico y tan pronto estuve conectado, recibí un mensaje de ella.
-Aquí está la cartelera, mira.
Envié el vínculo a través del mensajero electrónico. Había bastado seleccionar en la página, copiar y pegar en la nueva ventana. Tan simple como decirlo.
Ella escogió una película y acordamos la hora para vernos. Una máquina de la redacción se había desocupado. Tomé el cable de conexión y bajé las fotos junto con las grabaciones del día, empecé a trabajar y una hora más tarde, estaba libre para seguir con mi día.
- ¿Te vas? ¿No vas a revisar al menos tu correo electrónico? -preguntó la reportera de Sociales al ver que empezaba a despedirme y no tenía mas que una hora en el edificio.
- ¿Correo electrónico? ¿Para qué? Lo llevo conmigo.

Este post está concursando en el evento "Gánate un Blackberry Storm con Iusacell" del sitio PoderPDA en http://www.poderpda.com/content/view/6484/91/

miércoles, mayo 20

Plan de vuelo.

Casius Argante tamborileó los dedos contra el apoyo del brazo, veía con impaciencia desde su silla los inútiles esfuerzos de la tripulación por corregir el rumbo. ¿Qué los había golpeado? No lo sabían, lo único importante eran dos cosas: el casco había soportado el impacto y no había daños estructurales graves, lo otro era que no sabían dónde estaban y debían averiguarlo de inmediato.

Podía haberse tratado de un meteoro, aunque el sector por el que viajaban al momento del golpe carecía de los mismos; también pudo haberse tratado de chatarra espacial, aunque los radares no lo habían detectado; una nave pudo haber colisionado contra ellos, lo cual era poco probable; todas las teorías eran difíciles de probar y lo más urgente, de momento, era averigual la posición.
El golpe los había sacado de rumbo. Esas cosas pasan a veces cuando se viaja a velocidad crucero, le dijo el timonel Jhonson. 
- Yo estuve cuando lo del Estrella Nueva, ¿lo recuerda? Una nave con el radar averiado y una computadora infectada nos pasó muy cerca y nos sacó de rumbo. El problema fue que no supimos que habíamos salido de curso sino hasta que...
- Sí, sí, lo sé, lo vi en la academia, Jhonson.
El timonel Jhonson era un veterano que había estado en viajes desde su post-adolescencia y no contaba con ningún grado militar. Toda su vida la había pasado en naves comerciales y el resto de la misma lo pasaría en el espacio. Era un afroamericano con el rostro arrugado y el bigote encanecido, una amplia sonrisa que emergía a la menor provocación y las trivialidades como los grandes problemas, parecían preocuparle lo mismo: casi nada.
Pese a su escasa formación, se había ganado fama suficiente sobre sus conocimientos en el espacio y ahora era timonel del transbordador que capitaneaba Casius Argante, que con solo 30 años encima, estaba a cargo de una tripulación completa.
Mientras tamborileaba y observaba impaciente, con la cabeza inclinada hacia la derecha, los ejercicios de los de a bordo, pensaba en aquel inconveniente. Había previsto llegar a destino mucho antes que el resto del convoy comercial que él encabezaba y ahora aquel incordio le había destrozado los planes. 
- Bueno, ¿ya?
- No, capitan Argante, pero creo que ya sé lo que nos golpeó.
- No me interesa lo que nos golpeó, quiero saber dónde estamos y hacia dónde vamos. Detengan la nave.
La tripulación se le quedó viendo sin decir palabra. Estaban viajando a velocidad media con rumbo a un sistema solar de cuatro planetas, tenían que llegar cerca de alguno antes de detenerse. Quedarse "parados" en medio del universo no era una maniobra precisamente recomendada.
- Quizá deberíamos llegar hasta el tercer planeta del sistema cercano, no nos tomará más de...
- ¡Cállate, Jhonson! Nadie aquí puede determinar dónde estamos y seguir así, sin rumbo ni más, no sirve de nada.
- Pero, Capitán, detenernos es como... bueno, al menos deje a Carreón decir qué nos golpeó.
- Bien, bien, rápido.
Jhonson hizo una seña al Navegante para mantener curso al tercer planeta sin que el Capitán se percatara y dejó pasar a Carreón, el Holocartógrafo para que diera su reporte.
- Pasábamos por el cuadrante de la Tercera Colonia cuando recibimos el impacto. Hay algunos reportes, que me tomé la molestia de cotejar, que refieren a un fenómeno que se registra en el punto...
- Al grano, Carreón, al grano -gimió, impaciente, Argante sin dejar de tamborilear el brazo de su silla de mando.
- Bueno, parece que nos golpeó una boluta de Éter Negro.
Argante dejó de golpear el brazo de su silla y alzó la mirada a Carreón. El Holocartógrafo casi deseó no haber propuesto aquella idea. Para los navegantes experimentados, el Éter Negro era una especie de tabú, todos habían hablado en algún momento de él pero nadie quería conocerlo, si es que en realidad existía. Los egresados de las academias se burlaban de los veteranos, pues ningún científico en ninguno de los planetas colonizados, había logrado encontrar, generar o replicar los efectos que se describían de esa especie de materioenergía. Sin embargo, eran bien conocidos los sitios en los que se registraban fenómenos de Éter Negro. Y Carreón sabía que en el Plan de Vuelo del Capitán Argante, estaba uno de esos sitios. Casius lo había determinado así, quería llegar a un punto de salto diferente al resto del convoy para adelantar camino y el Holocartógrafo accedió sin chistar. Pero ahora, habría deseado haberlo hecho.
- Qué barbaridad. Eso no existe.
- Bueno, el casco no sufrió ningún daño por el impacto, de hecho, las medidas de energía antes y después del mismo no tuvierno ninguna oscilación negativa, por el contrario, hubo un ligero aumento de carga. La aleación del casco físico, que como usted sabe, Capitán, sigue al casco energético del que hablé primero, registraron una oxidación en algunas partes. Se elevó también el nivel de ozono en algunos sitios de la nave. Todos ellos, efectos del Éter Negro. Además...
- Basta de tonterías -interrumpió Casius Argante- no quiero escuchar más del asunto.
- Pero, Capitán, si pasamos a través de una boluta de materioenergía, lo más probable es que...
- Lo más probable es que nada.
La nave estaba orbitando el tercer planeta del sistema. Jhonson agradeció que Carreón hubiera distraído lo suficiente a su Capitán y él mismo hizo algunas lecturas. Cuando cotejó por tercera ocasión las medidas, cuando pidió al ingeniero de estructuras que hiciera de nuevo las mediciones energéticas y las condiciones ambientales interiores, cuando contempló las líneas de datos y recibió las proyecciones para las próximas horas, suspiró largamente. ¡Cómo deseaba un cigarrillo en aquel momento!
- Bueno, Jhonson, ya debes saber dónde estamos.
- Sí, Capitán.
- ¿Y qué esperas para decírmelo?
- No hay que esperar nada, Capitán, pero no creo que le guste. 
- Me guste o no, dímelo. Es una orden -Argante dejaba ver su inexperiencia al mando lanzando órdenes cuando se desesperaba.
- Muy bien. Los datos indican que viajamos unas 10 mil unidades astronómicas entre el momento del impacto y el cambio a velocidad media crucero; también indican que no sólo nos desviamos del curso fijado en el Plan de Vuelo -Argante lo miraba con el seño fruncido- sino que en el momento que cambiamos de velocidad, alcanzamos un punto de salto que nos trajo a las inmediaciones de este sistema solar que está ubicado aquí -y Jhonson señaló con el dedo un punto en un holomapa, Argante intentó reconocer la zona pero no lo logró- y claro, no reconoce el lugar porque no es una galaxia colonizada -Argante abrió los ojos como platos, aquello no era posible-, y no solo eso, solicité las mediciones ambientales internas y estructurales de la nave y la aleación está sufriendo una oxidación acelerada, a lo sumo, nos quedan unas tres horas estándar antes de que el casco se empiece a desintegrar. El oxígeno también se está consumiendo y convirtiéndose en ozono. Eso es todo, Capitán.
Argante se quedó paralizado. Ya no tamborileaba los dedos contra el brazo de su silla de mando. Una pantalla a la derecha se apagó. Las computadoras de vuelo empezaban a dejar de funcionar. Él había escuchado de esas cosas. Eran cuentos que se narraban por las noches en la academia. Y ahora él mismo estaba en uno. ¿Cuántos habían sobrevivido a un choque con Éter Negro? ¿Cinco? ¿Quince? No lo recordaba. Sólo sabía que algunas comunicaciones habían llegado a satélites en algunos puntos del universo. Pero si la posición en el holomapa era correcta...
Argante agachó la cabeza, derrotado.
- Bueno, Capitán -sugirió Jhonson, anhelando un cigarrilo pero guardando la compostura y esbozando una ligera sonrisa-, me he tomado algunas libertades y he hecho mediciones del planeta que orbitamos. Hay oxígeno ahí, quizá, si aterrizamos...
- Sí, sí, aterricemos. Fijen curso. Jhonson, encárguese de la maniobra.
- Pero, Capitán, es que...
- ¡Que fijen curso, he dicho! Jhonson, usted está a cargo de la maniobra. Llévenos a tierra.
"Tierra. ¿Tierra?" pensó Jhonson.
El timonel dio las instrucciones, pidió se realizaran los marcajes para aterrizaje y cuando estuvo todo listo, se acercó a una de las paredes donde activó la señal para tomar las cápsulas salvavidas. La tripulación se levantó un poco alarmada, se miraban unos a otros sin entender. Jhonson se acercó al Capitán.
- Señor, la nave no resistirá el aterrizaje, pero he seguido sus órdenes como ha pedido. El curso se ha fijado según el plan de vuelo que usted instruyó. Sin embargo, como Timonel, mi deber es instruir a la tripulación el cuándo debe abandonarse una nave. ¿Recuerda la historia que le conté de Estrella Nueva? Bueno, ésa fue mi labor en esa ocasión y nunca la dejé. ¿Sabe usted por qué?
Argante lo sabía. Apretó los dedos al brazo de su silla de mando. La tripulación se veía entre sí, pero finalmente se encaminó a los tubos de las cápsulas.
- Adiós, Capitán -dijo Jhonson, sonriente, recordando las muchas veces que había rechazado la posibilidad de capitanear una nave estelar.
Mientras Argante, con los dedos apretados a los brazos de su silla de mando, maldecía para sí mismo las historias sobre Éter Negro.

jueves, mayo 14

Avatares.

Meditaban, cada uno sentado sobre una roca, sin ver hacia nada en particular. Guardando silencio como lo habían venido haciendo desde hacía varios años. A veces, les llamaba la atención la forma en que un rayo de luz de sol lograba colarse entre el entramado de nubes negras e iluminaba una piedra proyectando una caprichosa sombra. Otras, descubrían un insecto de forma extraña merodeando aquí o allá y dedicaban su atención al movimiento aleatorio de las patas hasta que moría. Otras más, uno miraba la orilla de un charco creado por la pertinaz llovizna mientras el otro cerraba los ojos para autocontemplarse.
No se sabe quién de los dos habló primero y se decidió a romper el silencio, pero en algún momento de la plática las cosas sucedieron de la siguiente manera.
- ...ha pasado mucho tiempo, no creo que funcione.
- Y sin embargo, si funciona, sería divertido. Podríamos variar la rutina. ¿No lo crees?
Elion miró sobre su hombro hasta que alcanzó con la mirada a Fanir.
- ¿Dónde estará Gendar?
- Quízá sentado en alguna roca mirando un rayo de luz caer sobre otra roca.
Elion pensó en la respuesta de Fanir por un instante.
- Deberíamos buscarlo.
- Deberíamos, pero se sabe bien que sólo pueden encontrarse dos avatares y estos, a su vez, no deben hallar a un tercero. O de lo contrario...
- Sí, sí, ya sé. Entonces, ¿qué debemos hacer?
- Empezar nosotros, claro está.
Elion volvió a meditar las palabras de Fanir. El cabello de ella caía sobre su espalda desnuda, si hubiera un poco de luz del sol también vería cómo la mata rubia reflejaba los rayos y podría apreciar mejor la blancura de la piel.
- Los otros se darán cuenta de lo que hemos hecho.
- De eso se trata -replicó Fanir y por primera vez volteó hacia Elion. Era la primera vez que se veían a los ojos en, quizá, unos cien años. Elion no tenía manera de saberlo. Quizá hubiera sido Fanir la que iniciar la plática, aunque eso, Elion solo lo volvió a meditar mucho tiempo después, cuando ella no estaba más a su lado-. Será divertido. Ya lo verás.
Elion suspiró, meditando una vez más la propuesta de Fanir. Pensó en el tiempo, la manera en que afectaba las cosas. Y en la materia y la sutil forma en que odificaba el tiempo. Eran como él y ella, como ellos.
- Habrá avatares que nos odien y otros que nos admiren. Vendrán contra nuestra o a unírsenos. Enviarán a los suyos porque no podemos encontrarnos, o de lo contrario...
- Lo importante es que pase algo. Me he cansado de este deambular por el universo.
- Yo también.
Esta vez, Fanir meditó en las últimas palabras de Elion y empezó a levantarse de la piedra cuando comprendió que la decisión estaba tomada.
Lloviznaba, y el agua había formado algunos charcos. Uno de los pies de Fanir dejó una huella en el lodo mientras se acercaba a Elion. Hacía tanto que no estaban tan cerca.
- ¿Por qué estamos aquí, Fanir?
- No lo sé. Y ellos también se lo preguntarán, cuando se encuentren en nuestra posición.
- Es cierto.
Elion y Fanir se abrazaron. Él recordaba perfectamente la textura de la piel, el olor de su aliento. Deseó entonces luz, y las nubes negras se abrieron para dejar pasar la energía del sol. Fanir a su vez, anheló un lecho y la tierra oscurecida por las guerras destiló los químicos, desapareciéndolos, y brotó la hierba.
Mientras descansaban, sobre la verde pradera, Fanir preguntó:
- ¿Ya habrá notado Gendar lo que hemos hecho?
- Seguramente. Harcus debe estar ya intentando convencerla.
- Seguramente.
- ¿Y ahora?
- ¿Ahora? A jugar, claro está.
Y se acercaron al recién nacido manantial para tomar un poco de tierra y empezar a formar figuras de lodo para insuflarles vida.

martes, mayo 12

¿Aburrido?

- Sí -contesté.
- Mmmm -sus labios se juntaron para emitir el sonido-. ¿Por qué?
- No sé. Si supiera, haría algo para remediarlo.
- Hacer algo ¿no ayudaría a remediarlo? -me interrogó.
- Se pueden hacer cosas y estar aburrido mientras se las hace. ¿No?
- Sí, supongo, no me ha pasado. ¿Desde cuando estás aburrido? -y al preguntar aquello, posó los codos sobre la mesa y apoyó el mentó sobre las palmas de sus manos para mirarme, quizá con mayor comodidad.
- Unos días, quizá unas semanas, no lo sé bien. ¿Importa?
- Importa si crees que importa. ¿Importa?
- Quizá. Fuera eso lo que me tiene aburrido. Estar aburrido de estar aburrido de estar...
- Sí, ya entendí, ¡ya entendí! Basta, que me mareas.
- Lo siento -me discupé.
- No es nada. Solo yo. Entonces, ¿aburrido?
- Sí.
- ¿Cuánto?
- ¡Claro! ¿Cuánto? ¿Mucho, regular, poco, poquito, poquitito, poquitititito?
- ¡Basta, que me mareas! Ya entendí.
- Jajajaja jajá -rió.
- Da igual estar aburrido mucho o poco. ¿Qué no?
- No -contestó tajante.
- ¿No?
- Pero claro que no. Si estas aburrido solo un poco, pues cualquier cosa te desaburre. De lo contrario...
- Sí, supongo.
- ¿Ya sabes lo que harás para desaburrirte?
- No, aún no.
- Mmmmmm -emitió el sonido juntando los labios- me aburres.
Y se fue.

domingo, mayo 10

Inflamación.

No me percaté de cuando empezó a picar. Es una de esas molestias a las que el cerebro responde involuntariamente -¿involuntariamente? en todo caso, debería de ser, inconscientemente, pero, ¿cómo se responde a algo desde la inconsciencia? ¿la conciencia existe? ¿existe la inconsciencia?-. Me pasé el dedo por la zona de piel que empezaba a enrojecerse, muy cerca de mi ojo derecho. Poco a poco, la molestia creció y la noté, palpé con cuidado el área, descubrí la erupción, me acerqué al espejo para inspeccionarla y descubrí el enrojecimiento sumado a la hinchazón. Era extraño que hubiera surgido así, porque sí, en ese preciso lugar. Quizá una alergia. Un piquete. Intenté ver más de cerca. ¿Habrá sido un zancudo? Podría ser, porque ha llovido hace unas horas y es sabido que los mosquitos suelen deambular y buscar sangre después de la lluvia, en realidad son los mosquitos hembras las que se alimentan de sangre para posteriormente desovar en un charco. Pudiera ser que un zancudo hembra buscando alimento se posara junto a mi ojo derecho -¿por qué justamente ahí?- y aplicara el piquete sin que yo me diera cuenta. Cuando se hubo retirado, la comezón empezó a surgir e instintivamente mi dedo se acercó a la zona lastimada para rascar, primero distraídamente, después con mayor insistencia, provocando la inflamación que ahora me molesta tanto.
Veo en el espejo mi ojo deformado a causa de un insignificante insecto. Si me hubiera dado de cuenta -pero estaba demasiado distraído para notarlo- habría podido matarle, evitar que se alimentara de mí, huyera, se reprodujera en una charca; después del proceso natural habría muerto invariablemente, quizá después de picar a uno o dos individuos más. Pero detener esa cadena estuvo en mis manos.
Ahora, nuevos zancudos nacerán en el agua, emergerán de ella y saldrán a alimentarse y aparearse; las hembras preñadas buscarán con su olfato la sangre, encontrarán una zona de piel delgada y picarán ahí, sorbiendo el líquido, hasta hartarse, buscarán a su vez nuevas acumulaciones de agua donde depositar los huevos, se apartarán olvidándolos para siempre -¿un zancudo tiene memoria?- y así, sucesivamente. En mis manos estuvo, ahora lo sé, detenerlo.
Pero no. No me di cuenta del piquete. Ahora soy cómplice de millones de vidas por venir... orgulloso confidente de las que a causa de ellos habrán de apagarse.
Ante el espejo, sonrío.

miércoles, mayo 6

Calima.

A través del cristal, se ve el vapor subiendo por el pavimento. Ese aire que fermenta el aburrimiento, el asco, la fatiga. En mis brazos, la realidad se perla y desliza, hasta caer al suelo, hecha pedazos. No quisiera salir, en serio que no, bajo los ojos están teñidas las prisas que se acumulan cuando el retraso de los trabajadores me hace su presa. Debería sonreír, lanzar un sarcasmo velado, pero en mi ánimo pesan más los sueños inconclusos y los pendientes eternos. También debería de cortar mi cabello para que las arañas no se entretengan tejiendo trenzas que no dejaré concluir. ¿Cuántos grados centígrados hacia la desintegración? Y mejor aún, ¿hacia arriba o hacia abajo? El cero absoluto es ese lejano resplandor helado en el que yo habría de sonreír antes de quedar paralizado. Pero el sol mastica el asfalto, como un chicle que se pega a mis suelas. ¿Hablaba acaso de algo, hace tan solo unos instantes? ¡Ah, sí! Un descuido lo tiene cualquiera, como cuando corté mis uñas antes de salir de casa, para dar de comer a las hormigas un tanto cuanto de mí. Que se diviertan con ellas. Las hormigas nerviosas son las que comen uñas dejadas antes de la cita con el calor del día. Y, amén todo, está nublado. Sea ese el vapor, pues. Que yo, me lanzaré con los brazos abiertos al cálido día, sin dejar de mascullar los intentos por deshacer las convenciones.