miércoles, abril 29

Tinta.

Estaba exhausto. Había trabajado en su creación durante semanas, meses... no, ya no recordaba desde cuando. Hubiera querido buscar un espejo para poder adivinar a través de las fisuras en su piel y el cansancio de su mirada, el tiempo transcurrido en la detallada labor que acababa de concluir.
En la oscura estancia en la que había pasado tanto tiempo, unas cuantas velas haciendo equilibrios en los candelabros, alumbraban dibujando sombras bailarinas en las paredes. Pero el Alquimista no reparaba en ellas, sólo veía el producto de su labor: un libro terminado.
Todas las pociones, mezclas, elementos, fórmulas; desde el más científico procedimiento hasta el más maldito de los conjuros estaban recopilados ahí. Le había tomado media vida aprenderlos, investigarlos, confirmarlos -aunque claro, no todos, algunos eran tan peligrosos que sólo un alquimista o hechicero desesperado los habría usado-, todos ahí, dispuestos ordenadamente dependiendo de las necesidades de quien buscara los conocimientos plasmados en las páginas.
Las hojas de pergamino no durarían muchas décadas, aún con el mejor de los cuidados. Quizá alguien descubriría en el futuro una manera de preservar aquellos conocimientos por los que tanta gente había dado la ida -y muchos más la darían-.
Cerró el cierre confeccionado para el voluminoso texto y posó las manos sobre la tapa, satisfecho, orgulloso. ¡Cuánta fama le esperaba! ¡Cuántos halabarían su dedicación!
Alguien tocaba a la puerta. El seño del Alquimista se frunció. Caminó hacia la puerta, por primera vez conciente de hacerlo. Durante el tiempo previo, se movía tan mecánicamente que los que le veían pensaban en él como un loco, alguien cuya alma se ha disuelto entre el conocimiento. Nadie comprendía su verdadera vocación, el propósito de su vida: perpetuar y difundir la sabiduría acumulada durante eras. Y ahora ahí estaba, encerrada entre las páginas de un gigantesco libro.
El hombre que apareció a la puerta sonreía, parecía contento, parecía saberlo todo. Sacó del cinto la navaja y la clavó con rapidez en el estómago del avejentado científico. Los músculos de su cuerpo estaban un tanto atrofiados, sus reflejos se habían dormido a causa de las noches en vela, y su mirada estaba desgastada por la permanente oscuridad. Por eso no adivinó las intensiones de aquel resplandor plateado que atravesó el aire para clavarse en medio de su abdomen. Por eso no entendió del todo el ardor, la furia del dolor, la debilidad súbita cuando el suelo empezó a teñirse de rojo con su sangre.
Conocía al sujeto, después de todo, había sido un proveedor, un mecenas, uno de tantos, o eso creía él. Claudio, ése era su nombre, sacó la navaja del cuerpo y el Alquimista cayó de rodillas, exhausto, mortalmente cansado.
Claudio no dejó de sonreír mientras lo hacía a un lado con un empujón y se encaminaba al enorme escritorio donde se encontraba la enciclopedia del Alquimista.
No, aquello no podía acabar así. Todos los saberes del mundo en manos de un truhán que lo había engañado y que, además, lo asesinaba. Eso era cruel, tanto como podía ser el destino para cualquiera y el Alquimista se negó a aceptarlo.
Se negó a morir así, aferró sus manos contra la herida para detener la hemorragia -era uno de los conocimientos contenidos-, sintió que las vísceras estaban por brotarle pero se tragó el asco, el miedo, el dolor, y apretó más fuerte mientras fruncía el seño. Desde el frío suelo vio a Claudio acariciar el libro casi con la misma veneración que él mismo lo había hecho minutos antes.
Las páginas del volumen pasaron ante sus ojos con la rapidez con que las correría el viento si pudiera. Su memoria buscaba una página que salvara aquel texto de las garras de Claudio. Algo habría que hacerse en aquella biblioteca polvosa, con gruesas paredes de piedra que acallaban los gritos y magnificaban los murmullos, con aquellas cortinas deslucidas y aquellas velas que alumbraban anémicas.
Sí, las velas. Pequeñas llamas sostenidas a una mecha bañada en cera. Ésas serían la salvación. El Alquimista separó la mano derecha de la herida y empezó a arrastrarse hacia Claudio, que no le ponía ninguna atención. Una mesa con un candelabro estaba a unos pasos. Eso sería suficiente. El Alquimista sonrió, recordando perfectamente en sus mentes las palabras.
Posó el dedo de la mano derecha sobre el piso y trazó signos usando su propia sangre. Qué facil era escribir con ella. Mucho más que con la tinta y con un propósito que se asemejaba al que había empujado el latido de su corazón durante tanto tiempo. En efecto, entre sus dedos, aún quedaban restos de tinta, negras manchas que poblaban sus manos como si hubieran estado ahí toda la vida. Sonrió al descubrirlas mientras la sangre seguía escurriendo entre los dedos para completar el conjuro.
- Claudio -llamó el Alquimista, con un esfuerzo que le obligó a toser. El traidor mecenas se sobresaltó y miró al viejo, pero inmediatamente la sonrisa volvió a su rostro. Estuvo ahí todavía cuando el Alquimista empezó a proferir la maldición en un idioma mucho tiempo olvidado, siguió ahí instantes después cuando las velas empezaron a caer de sus candelabros una a una, se mantenía en tanto las llamas se alimentaban del papel y las cortinas, y se quedó congelada en su rostro, una cara nublada por el terror, cuando las flamas lamieron las paredes y cerraron el paso hacia la puerta.
Claudio no lo entendía, sólo seguía escuchando, dentro de su cabeza, las extrañas palabras que habían marcado su muerte. Se abalanzó contra el Alquimista, le clavó la navaja en el corazón una y otra vez, como si despedazando el músculo pudiera detener el conjuro, pero era en vano. Y su rostro aterrorizado y sonriente sirvió de alimento a las llamas cuando lo alcanzaron.
Todo dentro de la biblioteca del Alquimista se redujo a cenizas. Algunas paredes se cuartearon y parte del techo cayó encima de los cuerpos carbonizados. Nadie, ni mozos ni soldados, se atrevieron a adentrarse en aquella zona del castillo nunca más y, por eso, jamás se descubrió el libro de conjuros y ciencias que yacía, indemne, bajo las cenizas.

Espejo.

Sobre la superficie del agua estaba aquel rostro. ¿Quién era? La piel ondeaba como una bandera dispuesta al viento, aunque ésta se sostenía sin esfuerzo sobre el espejo líquido. Ahí estaba, con sus ojos cafés, con aquella deformación horrible junto al ojo izquierdo, las cefas pobladas y el entrecejo fruncido, la nariz grande aunque proporcionada terminando curiosamente redondeada, los labios no muy gruesos aunque definidos y la mandíbula un tanto redondeada.
Miraba, con aquella expresión entre enfadada y triste, hacia arriba, pero no al cielo. Me miraba a mí. Tercamente me miraba. ¿Porqué lo hace? Hubiera querido saberlo, descifrar su mirada que no se alejaba no importaba cuanto me esforzara en repelerla.
De hecho, tanto más lo miraba, con mayor fuerza me sostenía el contacto visual. Y sin embarjo, más allá de aquellas pupilas bordeadas de café, estaba esa ruta de tristeza que llevaba hasta sus adentro. Parecía querer comunicarme algo. No sé bien qué.
Y yo tampoco sabía cómo preguntarle, pues dudaba que fuera a responder, al menos, no con palabras. Así que no moví los labios, además de que en los dos intentos que tuve por proferir alguna frase, él hacía lo mismo desde su sitio. Como si intentara interrumpirme justo cuando pensaba abrir la puerta de las preguntas en busca de la respuesta que tanto ansiaba.
Él siguió ahí. ¿Cómo iba a reconocerlo, después de todo? ¿Cómo reconocerme? Si en todo este tiempo, perdí hasta el nombre, mis pies cambiaron y anduvieron caminos -tanto los propuestos como los que el tiempo y el azar dispusieron para ellos-, mi figura se transformó, y de tanto ser aquí y allá, terminó siendo otra persona.
Así era. Ese de ahí mirándome era yo. Cualquiera lo habría sabido desde mucho antes, pero yo no podía.
Y sin embargo, si cualquiera hubiera tomado mi lugar, también habría visto un rostro desconocido, irreconocible, extraño.
Dejé el lago después de un rato, me adentré entre los arbustos hasta salir de nuevo al camino, extendí la mano. A la espera. Sabía que pronto -esa era la esperanza, la apuesta en juego cuando me encaminé a la orilla- escucharía los pasos delicados de alguien que volvería a acompañarme.

martes, abril 28

La misma cara y la misma suerte...



"...un mismo rumbo, un mismo paso, dando tumbos, por el mundo... el mismo lado...."

Y los libros.
Y los viajes.
Y los cortes entre los dedos, de tantas zarzas recogidas entre ambos.
Y las cicatrices en ambas caras del músculo terco y oscuro que se revuelca entre los dos.
Y los relojes regalados con las manecillas congeladas a medio camino entre la hora y el día marcados.
Y el dedo anular vacío.
Y las añoranzas.
Y...

domingo, abril 26

Caos.

Todos quisiéramos reír en serio de aquello que se esconde detrás de la puerta transparente de la mentira. Porque, quienes tienen las pestañas largas que abanican al sueño, pueden ver que no hay otra manera de llamar a la verdad que cerrando la boca cuando habría qué invocarla.
Y en las calles, los autos caminan de puntillas sobre sus zapatillas de goma, para no despertar sospechas entre quienes -sí, nosotros- saben que ni con las ventanillas arriba se puede detener el certero andar del aire.
Yo espero, mientras cuelgo los pies por la ventana y exhalo bocanadas grises-azulez-amarillas, sonriente y ajeno, a que el mundo irrumpa en las calles con las manos en alto y el grito borboteando desde la garganta, ojos desorbitados, pies presurosos, para comer abejas y hormigas, buscando la cura para su pánico innecesario.
No saben -ellos no, como nosotros sí- que nada se puede hacer para contener el mar desbocado del caos.

jueves, abril 23

Columnas rotas.

Al levantar la mirada, la visión que se le mostró casi lo vuelve a sumir en la inconciencia. Parecía como si alguien -o algo- hubiera barrido con todo lo que estaba alrededor. Intentó mover el cuerpo, pero tenía los miembros entumecidos. Había quedado acostado de una forma bastante incómoda y su cuerpo se encontraba adolorido por la caída. Además, le zumbaban los oídos. Instintivamente, llevó una mano a la oreja derecha y notó el líquido frío, la sangre que comenzaba a secarse sobre su piel. Pronto sería una costra y aquel zumbido se convertiría en un dolor punzante. No tardó mucho en pasar.
El dolor empezó en cuanto había avanzado unos metros buscando algo -o alguien- que le explicara lo que había sucedido. Intentó hacer memoria de los instantes antes de que todo se volviera blanco y después negro, antes de caer, casi romperse la cabeza y quedar inconciente, antes de que el mundo fuera barrido por lo que hubiera sido. Pero no recordó nada. La memoria no le respondía o quizá fuera el entendimiento. No lograba definir un motivo, una posibilidad o un argumento que explicara los hechos.
Daba igual, lo que importaba ahora era encontrar a alguien entre aquel amasijo de escombros, escondido detrás de alguna pared a punto de caer, guarecido en la sombra o temblando junto a su hogar destruido.
No se le había ocurrido mirar hacia el cielo. Si lo hubiera hecho antes, habría descubierto aquella especie de fractura en el aire y se habría dirigido a ella de forma resuelta. Precisamente debido a esa falta de curiosidad, se alejó bastante de la misma y sólo fue hasta que cayó la noche cuando, mientras intentaba encender una fogata con los restos de un árbol que estaba prácticamente carbonizado, descubrió ese brillo particular que no era estrella ni aurora.
La notó de reojo y cuando se dio por vencino en su vano intento de crear fuego, volteó hacia ella. Parecía un relámpago detenido en el aire, se encontraba a la altura de un edificio pequeño y su resplandor, pese a la lejanía, era perfectamente perceptible. Era posible que emitiera calor, pensó, además de que bajo el sitio donde se encuentra seguramente habría una buena luz.
Pero para ese momento se encontraba a casi diez kilómetros de distancia y le tomaría unas tres horas llegar a paso tranquilo hasta allá. En cambio, buscó la manera de dormir.
Cerca de la media noche despertó, tiritando de frío y con la clara imagen de una bomba estallando sobre la ciudad. No sabía si era un sueño o un recuerdo. Buscó con la mirada aquel relámpago detenido en el cielo y se dio cuenta que era más luminoso y largo. Entonces comprendió por qué no lo había visto en un primer momento, seguramente por la mañana sería mucho más grande.
Se había extendido en mayor medida hacia arriba y ahora era mucho más visible que antes. Decidió que iría hacia él al día siguiente e intentó dormir de nuevo. Cayó en un sueño inquieto enseguida pero no volvió a despertar.
Cuando un rayo de sol se coló entre las gruesas nubes negras y le cayó en el rostro desde el oriente, despertó. Le costó un poco de trabajo reconocer el sitio en el que estaba. Su caminata del día anterior lo había llevado, primero, entre los restos de las calles buscando sobrevivientes y después a las afueras de ésta, con la intensión de buscar el poblado más cercano.
Nadie ni nada se habían acercado al lugar del desastre en todo el día y no escuchó nada más durante la noche. Por lo tanto, o nadie sabía de la devastación o nadie quiería acercarse a la misma. Ambas cosas resultaban extrañas, pero no le preocupaban. Quería ver qué era aquello que estaba inmóvil en medio del cielo como un rayo luminoso congelado a medio camino.
Se puso en marcha en cuanto sus nervios se desperezaron. Apenas recordó que tenía sed, pero no había ningún manantial ni río a la redonda y sólo se detuvo junto a una casa medio derroída junto al camino donde encontró media botella de plástico con un líquido que le supo a metal pero que sin duda era agua. Después de ello continuó el camino.
Aquel fenómeno había crecido más durante el resto de la noche y mientras avanzaba, seguía aumentando de tamaño sin que él lo notara con precisión pues, cuanto más cerca estaba, más grande lo notaba de cualquier forma.
Cuando llegó, descubrió que el sitio en el que se encontraba aquella luminiscencia era el que, durante el sueño, le había parecido el punto donde algo estallaba. Pero en su sueño -o recuerdo- había gente, y ahora, aquí, sólo estaba él.
Estaba a unos doscientos metros y lo vio con claridad. No era un rayo detenido en el cielo, sino una perfecta resquebrajadura en el espacio. Los bordes brillaban intensamente, si la piel de un animal emanara oro en lugar de sangre, ésa sería su representación: una herida abierta en el aire de la cual goteaban luminosos copos dorados. Era bello y a la vez, extraño; amenazador y al mismo tiempo, tranquilizante.
Se le olvidó el dolor en la cabeza y la confusión, sólo tenía ojos para aquella herida del tiempo. Se extendía muy por encima de su cabeza. Quiso calcular la longitud del fenómeno, eran quizá unos 200 metros y la parte inferior estaba a unos 15 metros de altura ya. Se preguntó si podría asomarse por la apertura.
Sin embargo, la mayoría de los edificios se habían caído hasta sus cimientos y lo único que quedaban eran columnas que se balanceaban peligrosamente, dispuestas a caer al menor empuje del viento. La destrucción había sido tan caprichosa, que varias columnas se sucedían aumentando su tamaño, como una escalera improvisada por el desastre. Vigas resquebrajadas se unían de una columna a otra en lo que había sido una plaza comercial y quedaban a cierta distancia de la orilla del fenómeno.
Pensó que valía la pena intentarlo. Tenía la garganta seca y pese a que el sol no se filtraba a través de las negras nubes, sentía calor, pero empezó a trepar por la primera columna que no medía más de metro y medio, en cuanto lo logró, alcanzó de un salto la segunda; se equilibró sobre una viga, alcanzó los restos de una escalera y se balanceó con cierta agilidad hasta una nueva viga que lo condujo a otra columna rota.
Viajó de columna a columna, no con pocos esfuerzos. Aquellas maniobras le tomaron casi una hora, hasta que llegó a la columna más alta. Estaba resquebrajada de arriba a abajo, cuando se posó en lo más alto de ella varios trozos de concreto se desprendieron en diversos sitios y cayeron los 20 metros de altura que tenía, pero el riesgo valía el espectáculo que se mostraba frente a sus ojos.
Desde aquella altura podía ver lo que se escondía -o lo que revelaba- tras la herida en el aire. Los últimos hilos de energía que intentaban mantener cerrada -o curar- el fenómeno permitían sin embargo ver una ciudad parecida a la que había sufrido la devastación. Ahí estaban los edificios, el aire diáfano que alguna vez hubo en ésta, la gente detenida contemplando un fenómeno parecido a un rayo que se ha quedado estático a medio camino pero que en realidad es una herida hecha al espacio, al tiempo y a todas las dimensiones conocidas y por conocer.
Pensó que se podría pasar de un lado al otro con tan solo un salto, que allá estaba un mundo que era el suyo y a la vez, no lo era. Sin saber porqué y sin intentarlo, su rostro esbozó una sonrisa. No había cansansio, pena, dolor, resentimiento, confusión. No le interesaba saber qué había provocado aquel desastre, no quería enterarse de la prueba con el arma experimental que había devastado a todo ser viviente -excepto a él- en un radio de diez mil kilómetros, no quería entender porqué la casualidad lo había llevado a contemplar aquel espectáculo.
Sólo quería saltar, acudir a ese mundo que se abría ante sus ojos, contemplarlo todo, recuperar lo perdido. Seguro ahí podría. No le cabía duda.
El azar, la suerte, el destino, lo que fuera, había actuado a su favor. La distancia a recorrer se salvaba con tan solo un salto. Lo único que tenía qué hacer era contraer todos sus músculos, balancear el cuerpo un par de veces y proyectar el peso hacia adelante, alcanzaría aquel borde dorado y pasaría de una dimensión a otra. Era fácil, endemoniadamente fácil.
La columna bajo sus pies empezó a temblar, resquebrajarse. No había tiempo para pensar más en el asunto. Su cerebro envió las señales tal como las había previsto un segundo antes: tensión en cada fibra del cuerpo, la posición indicada para el salto, el peso moviéndose hacia adelante y hacia atrás, las rodillas, tobillos y dedos de los pies en alternado movimiento ascendente.
Su cuerpo se elevó por los aires justo en el instante previo a que la columna rota se desmoronara para dejar en su lugar sólo escombros.
La figura de un hombre se contorsionó en el aire, atravesando aquella herida en los límites de las dimensiones que tan bien se conocían, parecía sonriente, eso dijeron quienes atestiguaron el fenómeno; extendía los brazos, gritaba eufórico, mientras caía veinte metros antes de reventar contra el pavimento.

miércoles, abril 22

La carta y la puerta.

Vio la puerta con cierta extrañeza. ¿Hacía cuanto que la había visto por última vez? ¿Qué hizo en ese entonces? No lo recordaba, había muchas cosas que no recordaba de ese tiempo, como si hubieran quedado realmente demasiado atrás para alcanzarlas con la vista. Todos los recuerdos se los había devuelto aquella carta entregada de manos del trabajador del servicio postal, justo una mañana cuando salía al trabajo.
No la abrió de inmediato, llevaba prisa. El sobre se mantuvo cerrado casi todo el día. Fue sólo hasta la noche cuando, apenas se habían disuelto de su mente los pensamientos de la jornada cuando recordó la carta. La había dejado en algún sitio entre sus papeles del día, así que tuvo que volver a sacar del portafolios las cosas en las que ya no quería pensar.
Ahí estaba de nuevo el sobre amarillo con el matasellos en una esquina, unas letras ilegibles -¿Cómo habían dado con su dirección? Destino, quizá- y la ausencia de remitente en la esquina superior izquierda. No era del todo extraño que alguien enviara una carta y olvidara ponerle nombre, a cualquiera le puede pasar, relexionó por unos momentos.
Cuando rompió el sobre y desdobló la hoja de papel descubrió que, a diferencia de la escritura con que fue grabado el destinatario, las letras de la misiva estaban trazadas con una delicada caligrafía. Parecía la letra de una mujer, o eso intuyó en un primer momento, aunque conforme fue pasando los ojos de palabra en palabra, de línea en línea y de párrafo a párrafo, dejó de pensar en eso y concluyó el escrito sin tener una idea de quién pudo enviarle aquello.
Lo único cierto era que los recuerdos se le agolparon, taladrándole desde el interior de la cabeza, como si hubieran estado esperando todos estos años por alguien -o algo, una carta en este caso- que los reviviera y los invitara a salir, desbocarse por sus ojos, orejas, por su boca. Ahora estaban fuera de control y pugnaban por hacerse valer. Lo empujaban de nuevo hacia aquella puerta que había olvidado.
Cuando por fin la tuvo frente a sí, no dejaba de parecerle a la vez remota, extraña, familiar y cercana. Una mezcla de ideas en su cabeza, que por un lado se negaban a atravesarla y por el otro le exigían, casi a gritos, que lo hiciera. ¿Qué determinación tomar finalmente?
Después de todo, no había tocado ni girado el picaporte. Bien podría dar la vuelta sobre sus talones e irse de ahí. Aunque, era seguro, los recuerdos que habían revivido con la carta lo perseguirían por días, quizá años, como habían hecho la última ocasión. En todo caso, no hacía ninguna diferencia huír o quedarse. Quizá fuera por ello que la decisión resultaba más difícil de tomar. Pero había de tomar una, eso era seguro.
Pensó entonces que, si ya había llegado hasta la puerta, lo mejor era atravesarla. Alcanzó con la mano derecha el picaporte, descubrió que no había seguro que impidiera el paso y entró a la habitación que le esperaba del otro lado. Ahí estaba el autor -¿o autora?- de la carta, esperándole con una expresión que, desde un punto parecía una sonrisa, pero que cuando avanzó más, no supo identificar.
Después de todo, era el rostro de un ángel -¿o de un demonio? No podía saberlo- y empuñaba en la mano derecha la daga. Él por su parte, dijo las palabras que había pronunciado por última vez y ante su mano apareció su arma favorita. Suspiró mientras la sostenía con la derecha, al tiempo que con la izquierda se ajustaba los lentes sobre la nariz.
- Está bien, peleemos de nuevo.

martes, abril 21

Dame una canción antes de que salte del puente.

No puedo tomar en cuanta tantas cosas. Como por ejemplo, cuando quise cuajar el cielo con las soluciones a los problemas que no eran míos. La tiza con que dibujé las estrellas se gastó antes de tocar la pizarra negra del cielo y sólo cayeron, como insípida lluvia estelar, los restos dejando un camino que yo no iba a recorrer. Por supuesto, todas las soluciones que no nos competen y que no debimos haber propuesto, son así: quedan como una marca blanca que guía hacia un camino que no hemos de recorrer. Pero no importa, no tiene caso, preocuparse por ellas.
Decía que, tomar en cuenta tantas cosas, es inútil. Como querer dar una explicación científica a la longitud de un verso. Es una cosa que vale el producto de la más pesada digestión e, incluso, menos que eso. Detesto a los enervados que conceptualizan sobre lo inconceptualizable. Acaso, pregunto, al aire pues tampoco tiene caso dirigir a nadie más la cuestión, es necesario enderezar el espinazo para dar con una explicación lógica para una imagen que fue creada, no a partir de palabras -que esas, se crean en el momento- sino de sentimientos, sensaciones, vida, muerte, aliento, uñas comidas, escupidas, levantadas del piso para arañar el aire, o simplemente para tirarlas a la basura; basadas, originadas, germinadas digo, en el filo de una lengua extraña, en la piel atascada entre los dientes, en el vacío de los ojos que no nos miran, en el etcétera contundente que golpea contra las sienes.
Me pierdo, ya lo sé.
Yo sólo estoy aburrido, parado al borde de un puente, esperando que pongas una canción que me guste para que cambie de opinión y, finalmente, deje de mirar y salte.

viernes, abril 17

¿A qué?

Cerró el libro. Había estado leyendo por varias horas y aunque seguía emocionado por la historia, por las últimas páginas en las que se habían posado sus ojos, por las ambivalencias de los personajes, por la congruencia en los argumentos, por la sutil forma en que los giros se sucedían llevándolo cada vez más lejos -y más hondo- en aquella narración, prefirió desistir.
Le ardían los ojos, tenía la espalda adolorida, las piernas se le habían dormido y estaba el inconveniente de tener que visitar el baño.
Apagó el enécimo cigarrillo aplastando la cabeza humeante contra el cenicero. Lo hizo distraída pero firmemente, hasta que sintió que el calor de la braza se había apagado. Descubrió la mancha de ceniza en su dedo e intentó, sin resultados, borrarla. El sudor había pegado el tizne contra su piel. De cualquier forma no importaba.
No sabía de bien a bien cuánto tiempo había pasado así. Lo único que necesitaba saber era lo que traía la página siguiente, y la que le sucedía, y así, hasta el final. Sería mejor si no tuviera final. Si la historia continuara eternamente y él pudiera seguir sentado leyéndola, leyéndola, viviéndola.
¿Y si fuera uno de los personajes?
No, ése era un absurdo. Por supuesto que él no era un personaje de esa novela ni de ninguna otra. El pensamiento se reflejó en su rostro como una expresión de tristeza.
Se levantó finalmente, sintiendo el cosquilleo en las piernas propio del entumecimiento. Puso el libro sobre la mesa y partió. Sólo unos cuantos minutos más tarde, ya se encontraba de nuevo frente al texto, encendía un nuevo cigarro y cruzaba las piernas antes de retomar la lectura.
Volvió a desear lo de momentos antes. Ser ése, el que vivía en las letras. Lo deseó profundamente. Tanto que la cabeza le dolió, por lo que se decidió a apagar el cigarro con el mismo movimiento distraído y firme contra el cenicero.
Ojalá el libro nunca terminara. Eso bastaría.
Sonrió, vio el volumen para leer la tapa: La Historia Interminable.

jueves, abril 16

La muerte de un infante inocente (escrito en Twitter)

La noche pasada conocí a un mago, a un dragón del interior y a un infante que pretendía tenderme una trampa.
Yo me había reunido con el mago, era un hombre viejo calado en ropas grises, él mismo parecía un sueño aparte.
El mago me pidió partir sin más demora, nos habíamos refugiado en una plazoleta de piedra tallada. Yo me decidí a seguirlo hacia un bosque.
Llegamos hasta el punto donde discurría un río. Se podían ver claramente las piedras bajo la corriente y me guió a un punto para vadearlo.
De alguna forma salieron al paso las dos figuras que esperábamos y que, no deseaba ver: el dragón interior y el infante malévolo, y atacaron
El dragón interior se abalanzó contra el mago y el infante engañoso me encaró a mí. Casi pude ver -o imaginé que lo hacía- ambas peleas.
Ví -o imaginé ver- al dragón interior sujetando con sus garras y elevar por los aires al mago mientras trababan pelea: garra contra espada
Yo estaba a la orilla del río, peleando con el infante engañoso, encontré un trozo metálico en la corriente y arremetí con el arma hacia él.
El infante y yo nos enlazamos en lucha, él peleaba desesperado, con los ojos muy abiertos y rugiendo. Yo pronto encontré su cuello.
El dragón intentaba detener al mago, que había empezado a decir algo que no escuchaba. Parecía que su lucha era inútil y la mía avanzaba.
Con toda la fuerza de mi cuerpo empujé el trozo de metal que empuñaba sobre el cuello del infante engañoso y empecé a estrangularlo.
El mago gritaba sin dejar de luchar, trataba de advertirme, y mi trozo de metal empezó a cortar, decapitar al infante engañoso que me miraba
Mi improvisada espada empezó a penetrar en la carne, los ojos del infante se desorbitaban y la sangre se difuminó en la corriente del río.
Finalmente, el hierro atravesó el cuello completo y la cabeza rodó a unos pasos. El cuerpo del infante convulsionó una última vez.
Caminé hacia el mago, el dragón interior me veía compadeciéndose. ¿Por qué? Ya no parecía enemigo, sólo lucía cansado, agitado y confuso.
Yo había matado al infante engañoso, pero él no era quien yo creía, no era el enemigo y lloré su muerte, desesperado, triste, rabioso, lloré.
Su muerte me pesaba, era un inocente y había caído a mis manos. Confusión y tristeza se mezclaron en el río. En mí. ¿Dónde está el enemigo?
Todavía no lo sé. He despertado, con la conciencia cargada de su muerte y no, aún no lo sé. Pero quisiera.

miércoles, abril 15

Dolor de muelas.

Quizá apresé demasiado pronto. O es el peso de un sueño, de esos extraños, que las noches anteriores llegaron y me tocaron el hombro para decirme "este es el tiempo del que te habías olvidado".
O es la piel que cae a pedazos, barriendo de golpe el interés por ver la corriente espumosa de un mar que me advierte de fronteras y vasos rotos.
O no es nada. Simplemente un recuerdo ido, una nota al pie de página o un recado traspapelado.
Y si lo es todo, qué más da.

Hecatombe.

Y vi ciudades en ruinas, arrasadas por las manos que, impotentes, intentaron edificarlas y que en sus vanos esfuerzos las echaron abajo. Los muros que la rodeaban tenían piedra labrada con huellas de lo que un día fueron bellas figuras talladas y del otro lado se podía percibir aún la fortaleza con que habían sido establecidas las uniones, pero incluso en los puntos que debían ser más resistentes, la roca se había resquebrajado y tanto pilares como cimientos se hallaban quebrantados.
Los palacios y los edificios de comercio estaban abandonados y sus ventanas parecían como cuencas de ojos que habían sido abandonados por el órgano de la visión. De algunas puertas emergían murciélagos, serpientes, insectos y demás alimañas que se refugiaban en las oscuridades interiores y si uno se atrevía a trasponer los umbrales, podían encontrarse los restos de la civilización que había habitado.
Ciudad tras ciudad y muro tras muro visitado era un desastre sin remedio.
Vi calles atravesadas por cuarteaduras y aberturas en la piedra que devoraron a quienes huían.
Y entonces, sonó detrás de la montaña el segundo estruendo. La nube nuclear se elevó ante mis ojos y la ráfaga, el efecto en cadena, meció mis cabellos en el momento en que el impacto alcanzó el promontorio desde el que contemplaba la devastación.
Un niño se acercó a mi lado, lucía las ropas roídas y sucias, la boca carecía de la mitad de la dentadura y su mirada estaba turbada por las imágenes de la ruina. Pero habló claramente diciendo estas palabras:
-Esto es lo que ocurrirá con cada ciudad y fortaleza, con cada gobierno y sociedad, con cada mujer y hombre, con cada familia y gobierno, con cada empresa y proyecto, con cada sueño y pesadilla, con cada ilusión y desencanto, con cada amor y decepción: caerán uno a uno los sueños de las manos que los crearon, como cartas de una baraja marcada para perder, y nadie podrá evitarlo. Porque los artífices estuvieron corruptos desde el principio y su destino era que cada cosa que construyeran o naciera de sus corazones, pereciera y se degradara. Y todavía hay más, pues lo que ves es sólo el principio.
"Los hombres y las mujeres volverán de sus refugios bajo tierra y verán la hecatombe y querrán reconstruir lo derruído. Tomarán la piedra rota y la fraccionarán hasta obtener las trazas, la mezclarán con agua y la colmarán de aire y sueños, entonces edificarán nuevas ciudades pero cometerán el mismo error. Y el mundo se replicará a sí mismo hasta volver a caer una vez más. Y esto llevará 10 mil años".
- ¿Y qué más pasará? -le pregunté al niño.
- Pasará que olvidarán este desastre, lo enterrarán en lo profundo de sus corazones y eso los llevará a cometer el mismo error incansablemente. Crearán dioses que volarán entre las ondas del sonido y de la imagen, abrirán el arcón de sus sueños rotos sólo para tropezar de nuevo, incansablemente, vivirán 2 mil seiscientas noventa y tres generaciones estos hechos antes de que la primera explosión empiece a arrasar de nuevo la superficie, ese será el tiempo. La primera caerá en medio del mayor gobierno y la segunda en el último, y el abrazo del fuego lo recorrerá todo. Los hombres llevarán a sus mujeres bajo tierra y los niños veremos el espectáculo de la devastación. Pero no podremos contárselo a nadie por que nadie nos escucharía. Eso es lo que pasará.
Y vi al niño caminar hasta un árbol muerto que alzaba sus ramas hacia el cielo negro. Entonces lloré, lloré como ése debió haber llorado. Pero nada pasó.

lunes, abril 13

El mar, la mar....

Habian pasado nueve años desde que lo vi por última vez, aunque en realidad era otro. El Caribe, en aquella ocasión. La arena era blanca, el agua azul, y el tiempo se extendía más allá de las necesidades. Nueve años hasta volver a verlo.
La impresión no fue pequeña. Debo confesar que no tenía ganas de ir, me provocaba recelo el calor, la humedad, las cantidades de arena a soportar, el viaje para llegar hasta él, hasta ella. El mar, la mar. Y de pronto, ahí estaba como ha estado quizá desde siempre, sus olas rompiendo hacia la orilla, la gente dejándose abatir por ellas, y no quise otra cosa que no fuera estar ahí, en el agua.
Primero con desconfianza. El ir y venir del agua por mis pies me causó vértigo, la imponencia de las olas a unos metros me causó una mezcla de asombro y recelo, miedo, sí, a ser engullido y no volver.
- Ven, vamos, vamos -decía ella, alentándome. Yo no quería, vi hacia la orilla mientras nos alejábamos. Allá estaba la seguridad, como ver el espectáculo desde tierra firme, pero no estábamos en la comodidad de la arena, sino en medio del agua.
Unos bañistas estaban donde el ímpetu de las olas era mayúsculo. ¿Dos metros? ¿Tres? ¿Cómo se miden las olas del mar? Si "el mar se mide por olas", las olas deberían medirse por ojos que las miran elevarse y batir hacia el frente con su fuerza acumulada por corrientes que no logro saber de donde vienen.
Me explicaron de la marea, del movimiento de rotación y la fuerza de gravedad de la luna. Pero nadie me preparó para la imponencia del océano con su azul levantándose ante mi mirada. ¡Cuánta admiración, miedo, inquietud, gozo acumulados! Si hubiese podido, lo abrazaba cuan ancho era, y me lo metía en el pecho para hacerme uno con él, con ella. El mar, la mar.
- Hasta aquí -dijo el salvavidas de la Marina.
- ¿Ya ves? El señor sabe -alcancé a decir antes de ver la más grande ola que hubiera observado con mis propios ojos alzándose por encima de nuestras cabezas.
- ¡Corre! -me gritó ella mientras tomaba mi mano y avanzaba entre el agua que nos llegaba hasta la cintura. Y sí, dimos unos pasos antes de sentir el dulce azote del agua salada que rápidamente nos cubrió hasta el pecho.
En ese momento no quise nada más. Seguía con ese cosquilleo propio de la curiosidad insatisfecha y la intensión de andar hasta la orilla, pero una nueva ola, en realidad, como el eco de la primera, nos acarició la espalda y volteé hacia atrás, hacia lamar, para ver la llegada de una nueva ola.
- ¡Mira esa, es de las grandes! -me atreví a decir como si supiera. Y nos reímos, ella de mí, yo de mí, ambos de mí.
La ola rompió mucho antes de alcanzarnos y pude ver el tropel de pegasos blancos agitando sus líquidas alas sobre la superficie, avanzando veloces hacia mi pecho.
- Cuando llegue, salta.
- ¿Para que no me lleve?
- Ajá -me contestó, con la sencillez de la que hace lujo ante las cosas que me impresionan. Y saltamos en el momento en que esa estampida de bellos animales de agua nos alcanzaron mientras yo sentía el arrastre del agua hacia la orilla.
Ahí aprendí una cosa más. Las olas que se acumulan en la orilla vuelven y te empujan hacia las que empiezan a nacer, juntándose en el momento indicado: dos corrientes, en direcciones opuestas, reventando gustosas, cumpliendo su propósito.
Lo descubrí cuando sentí que mi cuerpo era llevado hacia la mar, el mar; de pronto mi mano perdió la seguridad de su asidero y sentí como si mi cuerpo se moviera aunque mis pies no abandonaban el sostén de la arena que pisaban. El mundo daba vueltas en torno mío y yo estaba a merced de una ola que había terminado su vida y volvía hacia la fuente mientras una más se acercaba a mis espaldas para reventar en brazos de su hermana.
- Es bello -dije mientras el primer trago del mar, la mar, se metía en mi boca llenándome de su salinidad-. Es bella -hablé, bajo la superficie del agua que mecía mi cuerpo en múltiples espirales hacia los brazos de una nueva ola.
Era de las grandes. Lo leí en la mirada de ella que contemplaba junto al salvavidas de la Marina mi cuerpo convulsionarse en medio del agua. Lo imaginé cuando la playa se hizo pequeña y el cielo parecía al alcance de mis manos. Pero ni un músculo de mi cuerpo se movió buscando las nubes, ni mis pies reclamaron anclarse en la arena, sólo sentía al agua adentrarse en mi cuerpo como si hubiéramos nacido juntos.
Y ella clamando mientras era arrastrada hacia la orilla, sin yo entender porqué, sin ella entender que yo estaba feliz, siendo arrastrado por las olas, por su ir y venir sin más propósito que la belleza propia, el fin último, el mío, inundándome de él, de ella: el mar, la mar.

viernes, abril 3

Dae Pecuniae

No estoy. Porque me he ido antes que tú, andando esas calles aburridas en las que las farolas revientan ante la provocación del calor insoportable. No estoy, no: ves el reflejo del aire en el que estuve. Así he sido siempre: espacios vacíos que te recuerdan a mí. Como una ecuación irresoluble, pretérito de tus besos en noches para las cuales, las luces de mi auto, rompían la cortina de la oscuridad en dos perfectas partes: y los portones que no hemos tocado, y las llaves perdidas, y los setos en los que no podemos esconderos; hay universos miles y más de una forma de contar la historia: vamos a sonreír, a donde nos toque, vete de compras y trae alcohol en una bolsa de papel, convídamelo en la primera oportunidad, cuando vuelva al lugar donde me has visto siempre: lugares vacíos que deben de llenarse, lugares pletóricos de los que vaciaremos los recuerdos. No estoy: me has llevado contigo.

Pain of Salvation - Dae Pecuniae - Be/2004
[Dea Pecuniae:] "If you're looking for fulfillment A Kingdom and a Crown A Paradise of Free Rides I am here... ...to let you down I'll get you the sexy cars And a taste of divinity A glimpse of the Stars Immortality But then Vanity Will leave you dried and scarred ([Mr. Money:] That's right, oh, give it to me!)

Pain of Salvation es una banda sueca de metal progresivo centrada en el multitalentoso Daniel Gildenlöw. En 1984, Daniel Gildenlöw con apenas 11 años, inició una banda llamada Reality que luego en 1991 sería renombrada Pain of Salvation. Luego de algunos cambios en los integrantes, la banda logra producir su primer disco llamado Entropía en 1997. Este éxito inicial fue seguido por más producciones discográficas, cada una más aclamada por la crítica. En 2004 Pain of Salvation produce su álbum más ambicioso, BE.
Esta vez con el apoyo de una pequeña
orquesta sinfónica llamada Orchestra of Eternity. Este álbum fue el primero en dividir la opinión de los fanáticos, debido a que es musicalmente experimental y de naturaleza filosófica. Su sonido es caracterizado por poderosas guitarras, grandes rangos vocales, cambios abruptos entre pasajes fuertes y calmados y experimentos con polirítmicas. Otro característica de la banda es el hecho de que cada álbum es un álbum concepto con letras bastante emocionales y complejas.

jueves, abril 2

Estabas.

Triste, ausente, comiéndote el techo con la mirada, sin lágrimas cayendo por la orilla de tus ojos, sin nada, con las uñas aferradas a la sábana, con mi cuerpo cercano, preocupados por que el universe se contrae después de tantos millones de años replicando su explosión, concentrándonos en la incapacidad intrínseca del mundo para equilibrarse, en la inefable necesidad del destino, su insensatez, por estrellarse de cabeza contra las paredes, estallando y regando sus pensamientos sobre nuestra cara. Así estabas. Y yo, testigo de mil risas y tragedidas unísonas, no pude llorar por ti.