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jueves, abril 14

El ansia




Vos eras el ansia de la fruta
cuando se acerca a los labios,
su grito al entregar la carne.

Solo quien hace un barco de papel con un recuerdo
añade a la rutina lo que bajo tu piel es respiro.
Y, ¿quién era yo?

Una hora cualquiera se convierte en escalofrío,
un esperar de mareo
sin posibilidad de devolver una palabra.

Era una rabia.
Odiar como germinando,
un dividirse hasta que el retoño te alcance.

Vos y tu voz que desecaba igual que nos hace la ciudad,
una sola pared por todo laberinto,
la cuesta abajo.

¿Qué había más allá?
La desesperante fortuna como una certeza descorazonadora.

Nos hace tanta falta la amnistía.
Es innecesaria, pero igual hay que chocar las copas
antes del primer sorbo.

Un incensario para purificar,
que también está de más.
Esta bestia en el estómago es cristalina.

La boca que te alcanzaba,
eso era.
Llevando el ansia de la lengua a la entraña.

jueves, diciembre 31

No demasiado, no mucho tiempo


No estés triste, no demasiado, no mucho tiempo.
Este brazo izquierdo acalambrado también tiene una vena
que va directo al corazón,
y ese viento que ha soplado en tus oídos por la tarde
también conoce el camino de la vena
y viene a mí como una hermosa daga,
una sonrisa helada que hace nido en mi pecho.
No te desesperes porque el paisaje da vueltas
como el fondo repetido e infinito de un dibujo animado,
no te enojes con ese absurdo escenario
y su vértigo,
si vos tienes dedos con los cuales
sacar de sus cuencas los ojos a la realidad.
Sabes morder y arrancar y desgarrar,
¿lo ves?
Tantas armas que resulta inútil perder esperanza.
Tampoco te va a hacer falta mi fantasma
para poner bajo tu afilado talón lo que del pecho queda.
Ni este ardor en el rostro
y tampoco esta hambre.
Mi ropa todavía puede absorber un sollozo
antes de que se acabe el año.
No estés triste, no demasiado,
lo justo es poco.
Aún falta brindar por las tormentas que vienen,
y por la devastación evitada mientras dejamos,
en perfecto equilibrio,
una rama en medio del dedo índice.
Falta todavía que veamos cómo arde el mundo.
Y entre eso y hoy, hay mucho.

martes, mayo 26

Llegada


A este cuarto llega,
es una visita habitual.
Galopa por el llano de la carne y se desboca
con sus tremores, con el hocico espumante
y los ojos buscando la sombra, el nombre, la presencia.
Hace añicos lo que toca con la sola mirada
(en el polvo acumulado las huellas,
deja la noche como una hoja rota,
hierba húmeda pisoteada por su carrera)
y el sudor en la piel se cristaliza
y cae,
escamas y escamas como copos afilados.
No la toco, no me toca.
Sin llamarle llega.
Tengo en la boca su nombre
guardado en el silencio, como un fantasma.
¿Y si durmiera?
Se haría sueño.
¿Y si huyera?
Se haría hogar.
La raíz en el pecho, leña para encender al tiempo,
esa hoguera.
Las ganas contenidas de nombrarla,
es;
y el destino en lenta sucesión
–un paso a la vez, para derruir el paisaje–
mientras veo cómo se me lleva
entre las crines
la calma.

miércoles, marzo 25

En el lado izquierdo

Reminiscencias de un hombre con mano en el pecho
Emiliano Vilani (2005)
Tinta sobre papel

Aquí empieza el ritual
aunque ya no tenga sentido
(secuestraron la ofrenda y las tiendas ya cerraron,
también borraron mi nombre de varias puertas):
Zurcir la carne ahí donde había hecho
el hueco para que entrara tu mano
y en cada puntada
una bendición como un beso.
Tal faquirismo puede resultar exagerado,
porque, ¡estamos en 2015!
y ha de suponerse que somos civilizados,
que entendemos el aura fracturada de nuestro tiempo
tan desechable,
pragmática.
Este sacarse las uñas y escocerse el aliento
parece tan pasado de moda,
y más aún si anteponemos el hecho de que ya no somos unos niños.
Pero, ¿qué importa?
Más catástrofes se tuvieron que invocar
para que tu mano se abriera paso en mi pecho,
¿y no era acaso esa sensación de la carne viva,
tan retro ella, tan del siglo pasado,
por la que a final de cuentas habíamos descarrilado la primera vez?
Una puntada a la vez,
el hilo que junta los bordes de la piel
late.

martes, marzo 24

Indefinidamente



Me dicen que debo concentrarme,
dejar a un lado todos los pendientes y fijar la mira
en el vacío que dejaron los pasos que no dimos,
instalarme entre los afilados dientes de la certeza
y llorarte con toda la rabia que nunca pude sentir,
echar mi cuerpo como quien tira cenizas
y ser por unas horas, un fin de semana siquiera,
lo más triste que haya sido jamás.
Lo cierto es que no podría gastarme
ni en vacaciones todo lo que pienso pensarte.
Seamos honestos,
a mí esto de olvidar a fuerza se me ha dado mal
y prefiero regodearme en tus canciones,
en tus horas y esperas
como si aún pudiéramos tejernos de las manos,
de forma más bien indefinida.

También ha pasado
que al mirarme al espejo, ensayando
cómo ocultar tras de los párpados las señas de tu ausencia,
he descubierto que
ahora yo soy más yo de lo que yo era antes
y es todo por ti.
No es poca cosa
aunque la guarde en el bolsillo
junto a la lista de todo aquello que he aprendido a desear.

También quisiera hablar de ti,
dar una vuelta por los lugares comunes de la poesía
aunque antes preferiría meterme a tu voz nuevamente,
que era en gran medida
lo que algunos han dado en llamar el motivo para un montón de cosas:
hacer café, aguantar el calor, levantarse temprano.


lunes, febrero 21

Looking for a monster



En algún lugar, con sus ojos amarillos muy abiertos, espera agazapado a mi llegada. Ha de encenderse una hoguera, abrirse el cielo de la noche y congelarse las horas o convertirse en nada mientras él se decide a hablar.
Y cuando lo haga, yo escucharé atento esa larga historia que empezó hace tanto y de la que he sido testigo. Primero debe hacerme recordar lo olvidado, rehacer el camino hasta donde llegamos juntos para evitar que yo me desoriente y me pierda en alguno de los oscuros vericuetos.
Así, de ese modo, hasta que yo esté listo y pueda seguirle escuchando sin que él deba detenerse, tejiendo esa historia junto a mis sueños para que incluso cuando su voz desaparezca yo pueda seguir escuchando.
La hoguera no se extinguirá ni la noche dará paso el día hasta que esta aventura haya terminado.
Él ha sido quien me ha convocado y no de otra manera. Yo no lo traje aquí, antes bien fue él quien me desterró del tiempo convencional para mostrarme ese paisaje del eterno nublado y el atardecer eterno.
Este día, seguramente, empezará el camino para recuperar de nuevo el sol para esa tierra abandonada y maldita; este día comienza de nuevo la historia.
En algún lugar de su mente y de la mía se están desenvainando las espadas, se están apretando las riendas, se ajustan los yelmos, se recuerdan los conjuros. Y yo he de llegar muy pronto ante su hoguera, para escucharle decir todo lo que ha de contar...

martes, febrero 1

¿Quienes somos?



¿Quién soy yo, si no la suma de una serie de acertijos previamente resueltos,
la silueta adivinada en el umbral traspuesto, la vuelta de tuerca que a nadie incomoda,
quién, si  no una lista de reproducción que ni por aleatoria deja de ser perfectamente conocida,
el hombre con los cimientos de barro y el mundo incompleto a sus pies,
la pregunta constante que no lleva a ningún lugar,
una más de las misteriosas obras con propósito desconocido?
¿Quién soy yo, si no un montón de sueños acomodados en viñetas multicolores,
la inconstancia personalizada y los proyectos perpetuados como inconclusos,
quién, si no mis libros inéditos y mis fracasos publicados,
quién, si no los errores que han de echarme en cara,
quién, si no los triunfos inalcanzados y los aniversarios venideros,
o las agrietadas calles por las que hago camino,
o los menús inventados para banquetes sin fecha,
o los esfuerzos robados a los estantes de oferta,
quién, si no también, los enemigos formados a la puerta de mi casa,
y los amigos que se hacen familia,
y el llanto silencioso que se aleja y se duerme,
y las casualidades que carecen de azar,
y los trabajos de autómata sin baterías?
¿Quién soy yo, si no el monstruo agazapado tras la somnolencia,
quién, si no el incongruente con manual de instrucciones,
quién soy yo, si no mis contradicciones cotidianas,
mis uñas crecidas y llenas de secretos,
mis despertares a días de esperas colgadas al nocturno,
mis películas favoritas aún por filmarse,
mis malas noticias asomando por el comedor?
¿Quiénes somos, si no simples espejos de lo que hemos decidido hacer uno del otro y nada más?

lunes, marzo 1

Silencio Blanco.



Una jarra rota que derrama silencio
-silencio como leche nueva pero agria-
(silencio dicen los dioses y los ríos brotan de las piedras)
[dice el hombre que calla cuando silencio se hacen sus dientes dispersos].
Una página en blanco con mensaje escondido
-blanco como el ruido insistente de los insectos omnívoros-
(blanca se volvió la ceniza tras consumir los leños que alimentaban la luz)
[dice la mujer que ha vuelto blancas las palabras para que atraviesen el viento]
Una resolución silenciosa y blanca
-silencioso y blanco el beso que despidió al ejército-
(silenciosos y blancos los enjambres de deseos que condenaron las razas puras)
[blanco como el silencio, silencioso como la página blanca, el destino se rompió en tus manos].

sábado, febrero 13

Sólo un pasajero (¿Acaso ya escribí esto antes?)



Reducidas a la mínima expresión
los paliativos de las necesidades
(malditas drogas, dirían las brujas,
adorables alucinógenos, diría... yo),
barajeo los pases con permisos posfechados:
vacaciones sin plan establecido,
cenas unilaterales,
regalos olvidados al pie de la cama.
Lálala lálala la.
-¿A qué hora tomo las llaves de la mesa
y monto en el vehículo adecuado
para devolver (con el tiempo justo)
el instante secuestrado a su promontorio?-
Descubre en mí
que quiero ventanas,
saca tiras de piel bajo mis uñas
y encuentra en ellas los testamentos susurrantes
(todos estamos a un paso de convertirnos,
sin remedio,
en una persona diferente cada día).
De los zapatos colgados
-para que se sequen,
el sol arde con tanto amor,
que nos arranca una sonrisa-,
hacen sombra que juega sobre el pavimento
recién apelmazado.
Yo quiero que se haga de noche.
Yo quiero que estos mareos no tengan diagnóstico.
Yo quiero que las saciedades aparezcan.
Yo quiero muchas cosas.
Quiero tanto. Quiero tanto, amor.
Quiero tanto.
Un rompecabezas con trocitos de cielo.
Quiero, quiero tanto.
Onomatopeyas correctas para los suspiros quebrados.
Yo quiero, lo quiero, de veras, amor, lo quiero tanto.
Acervos de afirmaciones, ronzales y carroza.
Yo quiero un número de suerte.
-O seis, o una serie ganadora-.
Yo quiero...
(Lálala, lara, lara, la)
-I am the passenger,
and I ride, and I ride,
I ride trhough the city's blacksides...-
A)
El límite inferior del ojo
tiene una peculiar forma de cosquilleo,
casi un ardor que amenaza con sal y viento,
como el soplo ante la playa,
como el vapor saliendo de la olla,
como la fricción entre las dos hojas de la tijera,
antes de que emerja la lágrima.
-Get in to the car,
We'll be the passenger,
We'll ride trhough the city tonight-
(Lálala lala lara lalá)
B)
Pero maquinar el beso,
como un juego de las escondidas,
casi cápsula multitemporal a enterrarse en el jardín,
un rechazo a las convocatorias
y una provocación a las revoluciones.
Un beso estalla.
Yo quiero. Quiero, amor, yo quiero.
Si con un beso los átomos se redefinieran,
todo un universo paralelo se abriría ante nuestros pies
y nos aparecerían espadas ceñidas a la cintura
para conquistarlo.
-Oh, the passenger,
he rides and he rides,
he sees things from under glass,
he looks through his window's eye...-
C)
Casi como un día,
una fracción,
un asiento preparado:
caminos abriéndose como brazos,
y los brazos abrazando en tanto se remontan,
una a una,
las fronteras,
tanto calor, y arder.
Yo quiero, quiero, amor, arder.
Ser solo un pasajero.

lunes, agosto 24

Episodios de insanidad. Melodía a dos tiempos que parecen uno.

a)
Incluído en la lista, el corazón no supo a qué venían aquellos sentimientos. Después de todo, un transplante no era gran cosa si se podía seguir latiendo, así fuera, roto en mil pedazos.

b)
El chamán le dijo aquello con solemnidad y un poco de tristeza. Finalmente, el mono se resignó. Sus descendientes serían hombres.

c)
"Tonto, tonto" se refutaba a sí mismo, comprendiendo la razón por la que nadie usaba el elevador, mientras caía por el cubo vacío.

d)
Ilumna, dijo. Y con aquellas últimas palabras, creó el sol.

e)
Los elfos, después de todo aquel tiempo, comprendieron que su memoria inmortal era el vaso inagotable en el que cabrían los recuerdos de todas las calamidades futuras.

f)
Rompió en llanto al ver que el mundo se rompía. Pobre niño, de haberlo sabido antes, no habría permitido aquel juego de azar al que llamó la Evolución.

g)
Increíblemente certero, el arquero había atravezado, una vez más, la manzana que su nueva doncella había sostenido en medio del pecho.

h)
Murió, le dijo, resignado, el doctor. El fantasma entonces, se alejó de su cuerpo.

i)
- La locura, señor mío, no es otra cosa que un instante de extrema lucidez. ¿Lo comprende?
- Lo comprendo -, respondió sonriente el doctor, cerrándole una vez más la puerta al falso Napoleón.

miércoles, julio 22

Enter.

Después de tantos cuentos en torno al mismo tema, solía quedarse pensando en la posibilidad de que toda aquella fantasía fuera, después de todo, real. La teoría que sostenía para sí mismo era que nada que hubiera salid de la mente de un ser humano podía ser del todo real o del todo falso.
En esas cosas pensaba o, mejor dicho, divagaba, cuando la pantalla se apagó. Al percatarse del desperfecto, inclinó un poco la cabeza hacia su derecha tratando de entender lo que ocurría. Quizá, después de tantas horas de trabajo, el monitor hubiera terminado averiándose.
Pero algo había raro en aquel espacio negro frente a sus ojos. Era un pequeño punto luminoso que parpadeaba, un destello que parecía la señal de vida en el computador. Intentó mover el mouse, quizá se tratara del puntero, pero no ocurrió nada en pantalla.
Tipeó rápidamente varias letras en desorden y observó como éstas se reproducían luminosas y formadas por líneas verdes. De pronto, le vino a la mente el recuerdo de aquellas computadoras que conoció de niño: fondo negro, letras verdes; sin imágenes, punteros, formas. Nada, salvo letras.
Inclinó una ceja y golpeó con el índice la tecla Backspace para borrar aquel desorden de caractéres que no formaban ninguna palabra. Intentó recordar los viejos comandos de sistema operativo y cuando tuvo en la mente uno, lo tipeó y golpeó la tecla Enter.
No pasó nada. Ahora, la otra ceja también se había inclinado y ambas parecían estar a punto de juntarse. De su mente desapareció la divagación. Más bien, ahora, intentaba resolver el problema. Quizá había atrapado a algún virus durante sus incursiones a la red.
El parpadeo que estaba justo en el centro de la pantalla cesó y el cuadro luminoso se movió hacia la derecha dejando una estela de letras que, poco a poco, formaron la pregunta "¿Yes / No?"
Cruzó los brazos. Si se trataba de un virus, aceptar podría significar la pérdida de todos los datos de la computadora, si pulsaba una negativa, podría ser que se tratara de una trampa y terminara, también, perdiéndolo todo. Se planteó la posibilidad de apagar todo, desconectar la corriente y ver qué ocurría. Pero su mano empezó a moverse hacia el teclado con la respuesta en la yema de los dedos, repitiéndose en la cabeza una y otra vez.
"Yes".
Oprimió la tecla "Y" y cuando, después de un par de segundos, dejó caer el dedo sobre "Enter", comprendió que era cierto. No todo lo inventado es necesariamente ficción ni la realidad es inobjetable, como siempre había escuchado.

jueves, junio 25

El hombre vacío.

Se dio cuenta de ello tan pronto concluyó el trabajo que le había tomado varios días y sus noches. Dejó caer suavemente las manos sobre los muslos y adoptó una expresión dubitativa. Era como si contemplara la última creación. Y así sería, no habría otra.
No es que lo supiera en ese instante preciso. En realidad, fue tras unos cuantos minutos cuando, sonriendo, se preguntó qué vendría después. Siempre hacía ese rito. Empezar, avanzar como loco hasta terminar la obra y, después, observar lo creado para preguntarse ¿qué es lo siguiente? Alguna idea, una ave en vuelo lejano o una rapaz veloz atravezaba su mente y le dibujaba un rápido boceto de lo que vendría, en efecto, con un poco de trabajo en el futuro. Pero esa vez no vino ninguna idea. Ni la mitad de una. Ni la semilla de una. Era simplemente la nada.
Incluso la pregunta que se había hecho desapareció de su mente luego de darse cuenta de que ninguna idea anidaba en su memoria. La pregunta desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Luego vio los papeles acumulados sobre la mesa y, contrario a la costumbre, no los juntó para releerlos lentamente en algún lugar de la casa. Simplemente los vio como un objeto extraño y su semblante cambió de meditabundo a extrañado. Su cabeza intentaba preguntarse qué eran aquellos papeles pero el cerebro no lograba conectar las palabras para formular aquella cuestión.
Tuvo deseos de levantarse y lo hizo, más automática que conscientemente y caminó hasta la ventana. Afuera lloviznaba y se hubiera preguntado cuánto tiempo llevaba cayendo el agua, pero las palabras no aparecieron en su mente, ni se le dibujo un pensamiento que pudiera referir la melancolía que esa lluvia causaba en su pecho.
Una ligera punzada le atacó el estómago. Era hambre, pero no la reconocía. Sólo tocó con la yema de los dedos el abdomen por encima de la ropa sin entender realmente qué pasaba con su cuerpo. Fue entonces consciente de sus dedos, de sus manos, de sus brazos, de su pecho, de toda aquella masa de músculos y huesos en que se sostenía.
Era una persona, no lo entendía pero un pequeño resplandor de pensamiento se lo avisaba. Sin embargo, su nombre no surgía entre los pliegues del recuerdo. Se habría cuestionado sobre su identidad, pero aquello carecía de importancia porque ningún recuerdo acompañaría al nombre.
Caminó por la sala, atravesó la estancia, vio la puerta. Sus ojos se posaron sobre el picaporte. El cuerpo le temblaba ligeramente y la mano se extendió hacia la perilla como si el músculo supiera qué hacer, pero con los ojos solo podía seguir el movimiento automático de cada parte de su cuerpo en acciones que él no mandaba porque ni siquiera sabía que podía tener control sobre la materia en la que se encontraba contenido.
El frío del viento, la cosquilla de la lluvia alcanzaron su rostro. Sus pies, calzados por unas pantuflas delgadas, avanzaron entre la tierra lodoza. Tan solo después de unos metros, el calzado había quedado atascado y él se alejaba con los ojos abiertos, sin mirar hacia ningún lado porque desconocía que podía mover la cabeza para orientarse, era ajeno al hecho de que sus párpados podían accionarse para limpiar el agua que caía sobre ellos.
Y hubiera respirado, de haberse guardado en algún punto de su mente el recuerdo de hacerlo.

lunes, junio 22

Este Circo.

Me daba furia la manera en que él me trataba. Y me aburría la forma en que ellos decidían mirarme todos los días. Como si mover objetos con la mente fuera gran cosa. Abrían los ojos, emitían un murmullo, una sorpresa ahogada, mientras él alzaba los brazos como si toda la gloria fuera suya -quizá en cierto modo lo era- y a él debieran brindarle los aplausos.

No es que me importara mucho la fama o el reconocimiento. Simplemente, así como suena, aquel teatro me aburría mucho. Para ellos era lo más grande, lo más fabulosos, extraordinario. Para mí era la continua repetición del mismo acto de circo. Aparecer, con todo el misticismo prefabricado del escenario: música tenebrosa, luces tenues, máquinas de humo y un personaje vestido en una túnica cual pitonisa de un cuento anacrónico e inverosimil.

Luego la consecución de trucos: doblar una cuchara, levantar una pluma, reventar una sandía contra la duela.

Y los “aaah” y los “oooh” como si la gran cosa. Estúpidos. Si se concentraran tan sólo la mitad de lo que yo logro concentrarme con tanto ruido en mi cabeza, seguro podrían hacer volar al mundo en un montón de pedazos no más grandes que una uña.

Pero no lo hacen. Están buscando quién los sorprenda, quién los intimide, los domine, los compre, los venda. Estúpidos.

Y he aquí la paradoja: los he visto tantas y tantas veces, caras y cuerpos repetidos, siempre diferentes pero iguales, que me he aburrido de ver el mismo espectáculo todos los días mientras doblo cucharas, levanto plumas y reviento frutas de temporada.

Sí, lo acepto, me he aburrido.

No es tan falso aquello de que el aburrimiento da lugar al ocio, y por consiguiente, a todos los males.

Fuera por aburrimiento, por no tener nada mejor que hacer, decidí mejorar el acto. Y no salió tan mal.

Doblar, levantar, reventar. Exactamente lo mismo que se había repetido todos los días en el escenario del circo. Sólo decidí cambiar a los actores. Yo la espectadora, ellos los artistas.

Columnas dobladas.

Cuerpos levantados.

Cabezas estallando como frutas maduras, de temporada.

Y yo, risueña, ante el rostro, desfigurado por el terror, del dueño del circo.

miércoles, junio 3

Funámbulo.


-Es hora -escuchó decir en medio de la oscuridad que reinaba detrás de la cortina. 

-Está bien -respondió secamente, mientras aplaudía con las manos en huecos para evitar que la magnesia saltara en el aire y le llegara a los ojos. La frente le sudaba y perlaba la frente, el calor dentró de la carpa era sofocante en la función de medio día de los domingos que se desarrollaba exactamente igual que cualquier otra función, salvo que con la luz del sol atravesando los agujeros en la lona.

Escuchó al presentador decir su nombre, la música salir de enormes bocinas colocadas a los costados de la cortina, hizo a un lado la pesada tela aterciopelada que le recordaba algo que su mente no lograba descifrar y se lanzó al centro de la pista dando un par de maromas en el camino.

Al caer sobre los talones con los brazos extendidos, escuchaba –como siempre- la apagada, casi tímida, aclamación de los pocos presentes. Era común que aquellas funciones de matinee terminaran siendo un espectáculo para dos o tres extraviados que decidían, erróneamente, meterse al circo en lugar de buscarse sitio bajo un laurel para escapar del calor.

Mas no importaba, él igual se ponía el leotardo que le ajustaba el cuerpo, las bandas en las muñecas, la magnesia en las palmas de las manos.

Una cuerda cubierta de tela roja cayó del zenit circense a su lado y la tomó con firmeza, dio un par de tirones a ella para asegurarse de que estaba perfectamente sujeta y con un movimiento gracioso y firme a la vez, alzó las piernas dejándolas en perfecta horizontal mientras sus brazos escalaban hacia el alambre que, tenso, aguardaba a diez metros de altura.

Ahí empezaba el verdadero espectáculo. ¿Qué le recordaba la tela de la cortina? Era aterciopelada, negra, casi brillante. No importaba. Se había balanceado un par de veces en el alambre para alcanzar la vertical y ahora hacía esfuerzos, moviendo los brazos alternativamente hacia izquierda o derecha, para establecer el perfecto equilibrio.

Avanzó casi en un trote hacia la plataforma de seguridad donde un largo tubo metálico le esperaba. Volvía unos instantes después para recostarse sobre el alambre mientras el presentador lanzaba exclamaciones y pedía aplausos para el equilibrista.

El paso siguiente era traer una silla metálica y colocarla sobre el alambre, primero mantenerse inmóvil sentado en ella, después subir cuidadosamente a la misma mientras el público se mordía las uñas, los labios inferiores o simplemente esperaba, morbosa, un trastabilleo que lo trajera a la lona de la pista hecho añicos. Pero nada pasaría. Todo era calculado. Un truco perfeccionado a lo largo de tres generaciones de artistas del alambre.

Como la última suerte, avanzar a través del alambre con una capucha negra y, además, para regusto amargo del público, con los ojos vendados y sin la garrocha de equilibrio.

La venda apenas le apretaba y la capucha, aunque negra, hubiera dejado pasar la luz en un día soleado. Pero dentro de la carpa, bajo aquella tela oscura, nada se veía.

“Es hora” pensó el equilibrista mientras ponía el pie derecho en el alambre. Avanzó en medio del silencio al que había convocado el presentador hasta que supo que se encontraba a la mitad del avance. A salvo, en la pista, el anunciante lanza una advertencia que pone tensos a la docena de integrantes del público, el funámbulo simula un tropiezo pero rápidamente pone de nuevo el pie sobre el tenso alambre. Un suspiro de alivio entre los pocos espectadores. Una sonrisa bajo la capucha.

Los pies se mueven alternativamente, con pequeños trabajos, con fingidos esfuerzos hasta que sólo faltan unos cuantos pasos para llegar a la plataforma de seguridad.

“Es hora, sí, es hora”. El pie da un paso en falso pero el anunciante no lo observaba, se secaba el sudor de la frente provocado por el calor del medio día bajo la carpa azul del circo. El público también se sorprendió al ver cómo la vertical se descomponía, se suponía que el peligro había acabado.

Desde la oscuridad de la capucha, con la media sonrisa acalorada, mientras caía, el equilibrista recordó exactamente a qué le recordaba el tacto de aquella cortina negra, frente a la pista del circo. Sí, era esa sensación que durante tantas noches, mucho tiempo atrás, estuvo seguro de nunca volver a tener.

viernes, mayo 29

Límite de velocidad.

¿Por qué lloraba? No era importante el hecho de llorar, sino sencillamente el por qué. Parecía un absurdo. Una estupidez que algo así le nublara los ojos con una hemorragia de lágrimas que arrastraban, a su paso, los pigmentos del delineador de ojos convirtiendo su rostro blanco en una máscara surcada por dos ríos negros.

Sus sollozos se convulsionaban en el pecho y alcanzaban la garganta con una serie de sonidos que parecían el anuncio de una arcada. Pensar en la relación entre el sonido y sus movimientos le hizo tener una acomedita de asco. Casi sintió la bilis alcanzando su garganta, un hilillo agrio rosando su paladar.
Sentirse así de indefensa le hizo entrar en un total arrebato de furia contra sí misma, contra el mundo, contra ellos. La zapatilla apretó más insistentemente el pedal como si con ello pudiera acallar la ira. El ruido del motor aumentaba, ni siquiera pensaba en hacer el cambio de marcha, sólo quería presionar con el pie aquel pedazo de caucho que alimentaba a la máquina con oleadas de gasolina haciéndolo rugir, cada vez más, como un animal a punto de que sus huesos salgan de las coyunturas.
Se pasó el dorso del brazo por los ojos intentando aclarar la mirada, desterrar la nubosidad en la que se convertía el llanto, pero era inútil. Los colores se perdían en la riada negruzca de su maquillaje, una pestaña postiza se balanceaba ya a la orilla del párpado derecho; de la nariz brotaban mocos y exhalaciones aceleradas y en la boca todo se juntaba, llevando un sabor salado a la comisura de los labios entre abiertos, en una boca dentro de la que castañeaban los dientes.
El amplio bulevar describía una ligera curva que ella no tomo sino hasta el último momento. Pareciera que aquella maniobra había servido para atrapar la primera gota de una lluvia que azotaría toda la noche. Del cielo brotó un segundo llanto que pronto cubrió el parabrisas empolvado, descorriendo el maquillaje de la vieja máquina.
Un disco metálico marcaba "80km/h". Ella lo habría visto en una noche normal. Incluso habría segudo la indicación en una noche normal. Pero en ésta no. Ni vio el disco. Ni tenía intensión de retirar el pie del pedal. Ni veía nada más que las gotas precipitándose-saliendo hacia el parabrisas-desde sus ojos.
No veía. Sólo lloraba. Gemía dentro de la cabina del auto. Se revolucionaba su pecho como un motor acelerado. Vómito, lágrima y grito al mismo tiempo se volcaron sobre el volante. Blasfemia y lamento al mismo tiempo se derramaron junto con la materia gris. La última convulsión de su cuerpo lo maldijo todo, mientras su cabeza salía disparada por el parabrisas, rota en pedazos, tras haber impactado el auto a alta velocidad contra un camión estacionado.

martes, mayo 12

¿Aburrido?

- Sí -contesté.
- Mmmm -sus labios se juntaron para emitir el sonido-. ¿Por qué?
- No sé. Si supiera, haría algo para remediarlo.
- Hacer algo ¿no ayudaría a remediarlo? -me interrogó.
- Se pueden hacer cosas y estar aburrido mientras se las hace. ¿No?
- Sí, supongo, no me ha pasado. ¿Desde cuando estás aburrido? -y al preguntar aquello, posó los codos sobre la mesa y apoyó el mentó sobre las palmas de sus manos para mirarme, quizá con mayor comodidad.
- Unos días, quizá unas semanas, no lo sé bien. ¿Importa?
- Importa si crees que importa. ¿Importa?
- Quizá. Fuera eso lo que me tiene aburrido. Estar aburrido de estar aburrido de estar...
- Sí, ya entendí, ¡ya entendí! Basta, que me mareas.
- Lo siento -me discupé.
- No es nada. Solo yo. Entonces, ¿aburrido?
- Sí.
- ¿Cuánto?
- ¡Claro! ¿Cuánto? ¿Mucho, regular, poco, poquito, poquitito, poquitititito?
- ¡Basta, que me mareas! Ya entendí.
- Jajajaja jajá -rió.
- Da igual estar aburrido mucho o poco. ¿Qué no?
- No -contestó tajante.
- ¿No?
- Pero claro que no. Si estas aburrido solo un poco, pues cualquier cosa te desaburre. De lo contrario...
- Sí, supongo.
- ¿Ya sabes lo que harás para desaburrirte?
- No, aún no.
- Mmmmmm -emitió el sonido juntando los labios- me aburres.
Y se fue.

domingo, mayo 10

Inflamación.

No me percaté de cuando empezó a picar. Es una de esas molestias a las que el cerebro responde involuntariamente -¿involuntariamente? en todo caso, debería de ser, inconscientemente, pero, ¿cómo se responde a algo desde la inconsciencia? ¿la conciencia existe? ¿existe la inconsciencia?-. Me pasé el dedo por la zona de piel que empezaba a enrojecerse, muy cerca de mi ojo derecho. Poco a poco, la molestia creció y la noté, palpé con cuidado el área, descubrí la erupción, me acerqué al espejo para inspeccionarla y descubrí el enrojecimiento sumado a la hinchazón. Era extraño que hubiera surgido así, porque sí, en ese preciso lugar. Quizá una alergia. Un piquete. Intenté ver más de cerca. ¿Habrá sido un zancudo? Podría ser, porque ha llovido hace unas horas y es sabido que los mosquitos suelen deambular y buscar sangre después de la lluvia, en realidad son los mosquitos hembras las que se alimentan de sangre para posteriormente desovar en un charco. Pudiera ser que un zancudo hembra buscando alimento se posara junto a mi ojo derecho -¿por qué justamente ahí?- y aplicara el piquete sin que yo me diera cuenta. Cuando se hubo retirado, la comezón empezó a surgir e instintivamente mi dedo se acercó a la zona lastimada para rascar, primero distraídamente, después con mayor insistencia, provocando la inflamación que ahora me molesta tanto.
Veo en el espejo mi ojo deformado a causa de un insignificante insecto. Si me hubiera dado de cuenta -pero estaba demasiado distraído para notarlo- habría podido matarle, evitar que se alimentara de mí, huyera, se reprodujera en una charca; después del proceso natural habría muerto invariablemente, quizá después de picar a uno o dos individuos más. Pero detener esa cadena estuvo en mis manos.
Ahora, nuevos zancudos nacerán en el agua, emergerán de ella y saldrán a alimentarse y aparearse; las hembras preñadas buscarán con su olfato la sangre, encontrarán una zona de piel delgada y picarán ahí, sorbiendo el líquido, hasta hartarse, buscarán a su vez nuevas acumulaciones de agua donde depositar los huevos, se apartarán olvidándolos para siempre -¿un zancudo tiene memoria?- y así, sucesivamente. En mis manos estuvo, ahora lo sé, detenerlo.
Pero no. No me di cuenta del piquete. Ahora soy cómplice de millones de vidas por venir... orgulloso confidente de las que a causa de ellos habrán de apagarse.
Ante el espejo, sonrío.

miércoles, mayo 6

Calima.

A través del cristal, se ve el vapor subiendo por el pavimento. Ese aire que fermenta el aburrimiento, el asco, la fatiga. En mis brazos, la realidad se perla y desliza, hasta caer al suelo, hecha pedazos. No quisiera salir, en serio que no, bajo los ojos están teñidas las prisas que se acumulan cuando el retraso de los trabajadores me hace su presa. Debería sonreír, lanzar un sarcasmo velado, pero en mi ánimo pesan más los sueños inconclusos y los pendientes eternos. También debería de cortar mi cabello para que las arañas no se entretengan tejiendo trenzas que no dejaré concluir. ¿Cuántos grados centígrados hacia la desintegración? Y mejor aún, ¿hacia arriba o hacia abajo? El cero absoluto es ese lejano resplandor helado en el que yo habría de sonreír antes de quedar paralizado. Pero el sol mastica el asfalto, como un chicle que se pega a mis suelas. ¿Hablaba acaso de algo, hace tan solo unos instantes? ¡Ah, sí! Un descuido lo tiene cualquiera, como cuando corté mis uñas antes de salir de casa, para dar de comer a las hormigas un tanto cuanto de mí. Que se diviertan con ellas. Las hormigas nerviosas son las que comen uñas dejadas antes de la cita con el calor del día. Y, amén todo, está nublado. Sea ese el vapor, pues. Que yo, me lanzaré con los brazos abiertos al cálido día, sin dejar de mascullar los intentos por deshacer las convenciones.

miércoles, abril 29

Tinta.

Estaba exhausto. Había trabajado en su creación durante semanas, meses... no, ya no recordaba desde cuando. Hubiera querido buscar un espejo para poder adivinar a través de las fisuras en su piel y el cansancio de su mirada, el tiempo transcurrido en la detallada labor que acababa de concluir.
En la oscura estancia en la que había pasado tanto tiempo, unas cuantas velas haciendo equilibrios en los candelabros, alumbraban dibujando sombras bailarinas en las paredes. Pero el Alquimista no reparaba en ellas, sólo veía el producto de su labor: un libro terminado.
Todas las pociones, mezclas, elementos, fórmulas; desde el más científico procedimiento hasta el más maldito de los conjuros estaban recopilados ahí. Le había tomado media vida aprenderlos, investigarlos, confirmarlos -aunque claro, no todos, algunos eran tan peligrosos que sólo un alquimista o hechicero desesperado los habría usado-, todos ahí, dispuestos ordenadamente dependiendo de las necesidades de quien buscara los conocimientos plasmados en las páginas.
Las hojas de pergamino no durarían muchas décadas, aún con el mejor de los cuidados. Quizá alguien descubriría en el futuro una manera de preservar aquellos conocimientos por los que tanta gente había dado la ida -y muchos más la darían-.
Cerró el cierre confeccionado para el voluminoso texto y posó las manos sobre la tapa, satisfecho, orgulloso. ¡Cuánta fama le esperaba! ¡Cuántos halabarían su dedicación!
Alguien tocaba a la puerta. El seño del Alquimista se frunció. Caminó hacia la puerta, por primera vez conciente de hacerlo. Durante el tiempo previo, se movía tan mecánicamente que los que le veían pensaban en él como un loco, alguien cuya alma se ha disuelto entre el conocimiento. Nadie comprendía su verdadera vocación, el propósito de su vida: perpetuar y difundir la sabiduría acumulada durante eras. Y ahora ahí estaba, encerrada entre las páginas de un gigantesco libro.
El hombre que apareció a la puerta sonreía, parecía contento, parecía saberlo todo. Sacó del cinto la navaja y la clavó con rapidez en el estómago del avejentado científico. Los músculos de su cuerpo estaban un tanto atrofiados, sus reflejos se habían dormido a causa de las noches en vela, y su mirada estaba desgastada por la permanente oscuridad. Por eso no adivinó las intensiones de aquel resplandor plateado que atravesó el aire para clavarse en medio de su abdomen. Por eso no entendió del todo el ardor, la furia del dolor, la debilidad súbita cuando el suelo empezó a teñirse de rojo con su sangre.
Conocía al sujeto, después de todo, había sido un proveedor, un mecenas, uno de tantos, o eso creía él. Claudio, ése era su nombre, sacó la navaja del cuerpo y el Alquimista cayó de rodillas, exhausto, mortalmente cansado.
Claudio no dejó de sonreír mientras lo hacía a un lado con un empujón y se encaminaba al enorme escritorio donde se encontraba la enciclopedia del Alquimista.
No, aquello no podía acabar así. Todos los saberes del mundo en manos de un truhán que lo había engañado y que, además, lo asesinaba. Eso era cruel, tanto como podía ser el destino para cualquiera y el Alquimista se negó a aceptarlo.
Se negó a morir así, aferró sus manos contra la herida para detener la hemorragia -era uno de los conocimientos contenidos-, sintió que las vísceras estaban por brotarle pero se tragó el asco, el miedo, el dolor, y apretó más fuerte mientras fruncía el seño. Desde el frío suelo vio a Claudio acariciar el libro casi con la misma veneración que él mismo lo había hecho minutos antes.
Las páginas del volumen pasaron ante sus ojos con la rapidez con que las correría el viento si pudiera. Su memoria buscaba una página que salvara aquel texto de las garras de Claudio. Algo habría que hacerse en aquella biblioteca polvosa, con gruesas paredes de piedra que acallaban los gritos y magnificaban los murmullos, con aquellas cortinas deslucidas y aquellas velas que alumbraban anémicas.
Sí, las velas. Pequeñas llamas sostenidas a una mecha bañada en cera. Ésas serían la salvación. El Alquimista separó la mano derecha de la herida y empezó a arrastrarse hacia Claudio, que no le ponía ninguna atención. Una mesa con un candelabro estaba a unos pasos. Eso sería suficiente. El Alquimista sonrió, recordando perfectamente en sus mentes las palabras.
Posó el dedo de la mano derecha sobre el piso y trazó signos usando su propia sangre. Qué facil era escribir con ella. Mucho más que con la tinta y con un propósito que se asemejaba al que había empujado el latido de su corazón durante tanto tiempo. En efecto, entre sus dedos, aún quedaban restos de tinta, negras manchas que poblaban sus manos como si hubieran estado ahí toda la vida. Sonrió al descubrirlas mientras la sangre seguía escurriendo entre los dedos para completar el conjuro.
- Claudio -llamó el Alquimista, con un esfuerzo que le obligó a toser. El traidor mecenas se sobresaltó y miró al viejo, pero inmediatamente la sonrisa volvió a su rostro. Estuvo ahí todavía cuando el Alquimista empezó a proferir la maldición en un idioma mucho tiempo olvidado, siguió ahí instantes después cuando las velas empezaron a caer de sus candelabros una a una, se mantenía en tanto las llamas se alimentaban del papel y las cortinas, y se quedó congelada en su rostro, una cara nublada por el terror, cuando las flamas lamieron las paredes y cerraron el paso hacia la puerta.
Claudio no lo entendía, sólo seguía escuchando, dentro de su cabeza, las extrañas palabras que habían marcado su muerte. Se abalanzó contra el Alquimista, le clavó la navaja en el corazón una y otra vez, como si despedazando el músculo pudiera detener el conjuro, pero era en vano. Y su rostro aterrorizado y sonriente sirvió de alimento a las llamas cuando lo alcanzaron.
Todo dentro de la biblioteca del Alquimista se redujo a cenizas. Algunas paredes se cuartearon y parte del techo cayó encima de los cuerpos carbonizados. Nadie, ni mozos ni soldados, se atrevieron a adentrarse en aquella zona del castillo nunca más y, por eso, jamás se descubrió el libro de conjuros y ciencias que yacía, indemne, bajo las cenizas.

domingo, abril 26

Caos.

Todos quisiéramos reír en serio de aquello que se esconde detrás de la puerta transparente de la mentira. Porque, quienes tienen las pestañas largas que abanican al sueño, pueden ver que no hay otra manera de llamar a la verdad que cerrando la boca cuando habría qué invocarla.
Y en las calles, los autos caminan de puntillas sobre sus zapatillas de goma, para no despertar sospechas entre quienes -sí, nosotros- saben que ni con las ventanillas arriba se puede detener el certero andar del aire.
Yo espero, mientras cuelgo los pies por la ventana y exhalo bocanadas grises-azulez-amarillas, sonriente y ajeno, a que el mundo irrumpa en las calles con las manos en alto y el grito borboteando desde la garganta, ojos desorbitados, pies presurosos, para comer abejas y hormigas, buscando la cura para su pánico innecesario.
No saben -ellos no, como nosotros sí- que nada se puede hacer para contener el mar desbocado del caos.