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martes, abril 21

Algo no está del todo bien



Algo se ha colgado de mi hombro. Su siseo ya no es más extranjero pero he decidido acudir al espejo para verificarlo. La imagen se me aparece como quien da una vuelta equivocada y se encuentra en un amplio pasillo iluminado y vacío, la sensación es la del cliché mientras deambulas por el museo. Me he puesto a buscar, primero por fuera del marco del reflejo, astillas de realidad, un camino de migas de pan transportadas por hormigas –la señal esperada de que por encima de nuestras cabezas se prepara la lluvia sin horas–. Algo va mal, ¿qué es? La pared es un lienzo que huye. La pared es el tiempo dedicado y sus astas salvajes se escabullen mientras intento mantener el equilibrio. Algo va mal, ¿quién puso esta sonrisa por encima de mi hombro? Los labios, quiero decir, la idea de esos labios y su curva púrpura tienen el peso de una sombra en mi vista periférica y un tacto ahora familiar que empieza en el omóplato y se detiene antes de llegar a la clavícula. Debería concentrarme en la superficie del espejo. El reflejo helado me mira mientras busco en sus detalles. Algo pasa, ¿por qué no logro ver más allá de esos ojos? La sonrisa apenas asoma, sin importar cuanto contorsione el cuerpo no logro atraparla en el reflejo. Mi cuerpo hace figuras ridículas en la oscuridad ante el espejo y siento que la sonrisa, quiero decir, esa idea vista a medias, casi adivinada sobre mi hombro, parece abrirse y reír sin disimular la satisfacción. Me detengo –ya no veo a la pared ni al espejo ni al animal que escapa por el pasillo y deja sus huellas en el aire– y mis labios se tensan para imitar un gesto que no puedo dibujar. Algo no está del todo bien. La sonrisa por encima de mi hombro no deja de vigilar.


jueves, marzo 19

Punzocortante.

"Ahora lo sé. Estoy deprimido. Y no he salido como me lo propuse. Todavía no".
Pensamiento previo a la masacre.

En cuanto todo se definió ante mis ojos, como un cristal limpio, empecé con la tarea. Me quedé en casa juntando pedazos de metal viejo y oxidado. He seleccionado las mejores partes. Recuerdo cuando añoraba esa katana y el viejo me la negó. También recuerdo esas bellas navajas que no pude poseer.
Ahora todo es distinto. En las ruinas de este caserón del siglo pasado, donde he aguardado tanto tiempo esperando a que el cielo se abra, lo único que ha llegado es esa dulce epifanía. Ahora mismo te la he de contar:
Dispuestas como están las ruinas de la residencia en una colina, la mirada alcanza sin obstáculos el horizonte. El primer día creí que era una especie de alucinación mía, pero fue al siguiente cuando confirmé mis sospechas. Sin embargo, sólo en el tercero la revelación llegó. Era gente. Hombres y mujeres caminando con sus roídas ropas huyendo de la devastación nuclear. Vienen caminando en dirección mía con los rostros cubiertos de hollín y la mirada hacia la tierra, quizá los pensamientos se les hayan secado dentro del cerebro o sean una manada completa de vivos sin conciencia.
Son como un botín. Un festín. Hacía mucho que no veía a tantos juntos. Son como un ejército de muertos vivientes cuya carne está aún fresca. Cuando me percaté de ello medité un instante en correr, pero he aquí que tuve aquel momento de iluminación.
El metal está en la tierra y me he puesto a inspeccionarlo. Tomo lo mejor que encuentro. Hay un perfecto tubo de titanio con una punta perfecta, al parecer, el resto de un artefacto volador. También una bella hoja de metal terminada en punta, con sus noventa centímetros de longitud, sólo tuve que acondicionarla para poderla sujetar adecuadamente.
Todo justo a tiempo. El primer grupo se acercaba, caminando sin percatarse de la lluvia pertinaz que había empezado a caer ni del sol que se terminaba de ocultar. Tampoco se percataban de mi risa, de mis ojos ansiosos, de mi felicidad nacida en ese instante y que se desbordó al caer la hoja de mi espada hechiza en el cuello del primero.
En mis ojos escocían las lágrimas cuando el tubo que empuñaba en mi siniestra quebró la espalda de una niña cuya piel ya era gris. No escurrió sangre ni emitió grito. Ninguno gritaba. Sólo ese estertor que se interrumpía y desaparecía para siempre.
Uno a uno, seguí golpeando, desmembrando, quebrantando; estaba feliz, pletórico, aterrado al mismo tiempo por el paroxismo de sentimientos y asombrado, como si hubiera llegado a mi nirvana personal, cuando contemplé aquel camino del que la masa de sanguinolientas formas provenía, interminable, rumbo a mis manos.