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jueves, febrero 3

Libros: Darkover, una saga adictiva

Darkover I: El sol sangriento.
Me encontré con Darkover en una de las últimas repisas de Sanborns y, tras leer las sinopsis no pude resistirme a adquirir los tres libros que se encontraban en existencia.
En esta ocasión me referiré al primero de los libros de la edición en castellano que encontré, "Darkover I: El sol sangriento".
Primero hay que mencionar qué es Darkover. Se trata de una saga de ciencia ficción y fantasía de la escritora Marion Zimmer Bradley. La historia básica de la saga -creo- se desarrolla en el planeta Darkover, habitado por una raza similar a los humanos pero entre la que destaca una "casta", los Comyn, que se caracterizan por el cabello rojo y que cuenta con poderes telepáticos, los cuales a su vez se dividen en distintos dones o "laran" dependiendo de la familia de la que provengan.
El conflicto de la saga se desata por la llegada de los terranos (terráqueos o terrícolas) a Darkover, los humanos que forman parte de un Imperio que busca imponer, vaya, una forma de vida a través de la difusión de la tecnología.
De esta forma, los darkovanos deberán resistir el choque cultural con los terranos en un intento de preservar su forma de vida, que no por carecer de tecnología, está exenta de ciencia.
De hecho, existe una ciencia, la ciencia de los cristales matriz (o piedras estelares), que es desarrollada por los Comyn gracias a sus dones "laran".
Suficiente, vayamos con El sol sangriento.

Historia

El sol sangriento, pese a ser el primer libro de la edición castellana que encontré, es a su vez una de las últimas historias escritas por Bradley sobre Darkover.
La historia narra la forma en que un terrano, Jeff Kerwin, descubre su ascendencia darkovana. El hombre buscará volver a su planet madre, Darkover, para averiguar sobre su pasado y, de ser posible, dar con sus padres.
Sin embargo, conforme empieza a hallar respuestas a sus dudas, sólo descubre nuevas preguntas que parecen no tener solución. Pronto se verá perseguido por el Imperio, rescatado por el Comyn y aceptado como uno de ellos, para finalmente descubrirse como un traidor que necesita, a toda costa, salvar lo que queda del Comyn y su legado.
El tortuoso pasado de los padres de Kerwin y la idea de repetirlo, así como las dudas que Auster, uno de los Comyn, lo llevarán a cada momento no sólo a desarrollar su "laran" sino también a descubrir que una complicada y bien planeada trampa para erradicar la ciencia de los cristales matriz de Darkover plantada por el Imperio terrano.

Comentarios

La diversidad del lenguaje darkovano llena los párrafos de El sol sangriento. A lo largo de la novela, el lector se encontrará con decenas de referencias a historias anteriores así como el uso constante de términos propios de la saga.
Quizá el exceso de referentes y de palabras que sólo tienen sentido dentro del contexto de la historia pueden desanimar a un lector poco paciente pero, si se persiste, se hallará no sólo el significado oculto de las palabras sino también el disfrute de la historia.
Pese a ser una novela de ciencia ficción con grandes dosis de épica fantástica, no hallamos en "Darkover I: El sol sangriento" algunos elementos que nos resultarán "clásicos" como las luchas de espadas o las batallas intergalácticas.
Por el contrario, la historia de El sol sangriento se desarrolla sutil pero ágilmente, dando forma a un argumento que es más complejo de lo que se podría apreciar al principio.
Quizá podrían notarse algunos cabos sueltos -yo, al menos, tendría queja de uno, aunque podría deberse a la distracción-, pero en términos generales la novela es "redonda", si es que aplica la palabra.
una vez finaliza la historia principal nos hallamos con una pequeña historia alternativa sobre las amazonas o Mujeres Libres, que lo único que provoca en el lector es ansiedad por conocer más de ese nuevo hilo, lo cual obligará a buscar la saga o época de Las renunciantes, conformada por tres textos (La cadena rota, La casa de Thendara y Ciudad de brujería) que espero alguna ocasión hallar en su edición castellana.
En la edición con la que cuento (Byblos, 2007), el siguiente tomo es "Darkover II: La espada encantada" que ya he terminado de leer y del cual comentaré en un artículo posterior.
Como comentario final, Darkover es sin duda una saga recomendada para los aficionados a la ciencia ficción y a la fantasía. Cuenta con una historia central compleja, llena de elementos que permiten conocer un mundo con su propio folclor, con una casta (los Comyn) que cuentan con un elaborado y estricto código de conducta que los vuelve no sólo intrigantes sino admirables, así como con un conflicto propio (la lucha cultural y tecnológico darkovanos-terranos) que intensifica los elementos de la historia.
La narración cuenta con variados elementos sexuales y, antes de que lo olvide, es singular el papel que los personajes femeninos juegan en la historia, no sólo como catalizadores o detonadores del conflicto, sino como verdaderos ejes de la narración, sin contar que es una mujer el personaje de más alto rango que pueda existir entre la cultura darkovana de la que Bradley habla en la saga.
Sin duda, Darkover es más que recomendable.

miércoles, abril 29

Tinta.

Estaba exhausto. Había trabajado en su creación durante semanas, meses... no, ya no recordaba desde cuando. Hubiera querido buscar un espejo para poder adivinar a través de las fisuras en su piel y el cansancio de su mirada, el tiempo transcurrido en la detallada labor que acababa de concluir.
En la oscura estancia en la que había pasado tanto tiempo, unas cuantas velas haciendo equilibrios en los candelabros, alumbraban dibujando sombras bailarinas en las paredes. Pero el Alquimista no reparaba en ellas, sólo veía el producto de su labor: un libro terminado.
Todas las pociones, mezclas, elementos, fórmulas; desde el más científico procedimiento hasta el más maldito de los conjuros estaban recopilados ahí. Le había tomado media vida aprenderlos, investigarlos, confirmarlos -aunque claro, no todos, algunos eran tan peligrosos que sólo un alquimista o hechicero desesperado los habría usado-, todos ahí, dispuestos ordenadamente dependiendo de las necesidades de quien buscara los conocimientos plasmados en las páginas.
Las hojas de pergamino no durarían muchas décadas, aún con el mejor de los cuidados. Quizá alguien descubriría en el futuro una manera de preservar aquellos conocimientos por los que tanta gente había dado la ida -y muchos más la darían-.
Cerró el cierre confeccionado para el voluminoso texto y posó las manos sobre la tapa, satisfecho, orgulloso. ¡Cuánta fama le esperaba! ¡Cuántos halabarían su dedicación!
Alguien tocaba a la puerta. El seño del Alquimista se frunció. Caminó hacia la puerta, por primera vez conciente de hacerlo. Durante el tiempo previo, se movía tan mecánicamente que los que le veían pensaban en él como un loco, alguien cuya alma se ha disuelto entre el conocimiento. Nadie comprendía su verdadera vocación, el propósito de su vida: perpetuar y difundir la sabiduría acumulada durante eras. Y ahora ahí estaba, encerrada entre las páginas de un gigantesco libro.
El hombre que apareció a la puerta sonreía, parecía contento, parecía saberlo todo. Sacó del cinto la navaja y la clavó con rapidez en el estómago del avejentado científico. Los músculos de su cuerpo estaban un tanto atrofiados, sus reflejos se habían dormido a causa de las noches en vela, y su mirada estaba desgastada por la permanente oscuridad. Por eso no adivinó las intensiones de aquel resplandor plateado que atravesó el aire para clavarse en medio de su abdomen. Por eso no entendió del todo el ardor, la furia del dolor, la debilidad súbita cuando el suelo empezó a teñirse de rojo con su sangre.
Conocía al sujeto, después de todo, había sido un proveedor, un mecenas, uno de tantos, o eso creía él. Claudio, ése era su nombre, sacó la navaja del cuerpo y el Alquimista cayó de rodillas, exhausto, mortalmente cansado.
Claudio no dejó de sonreír mientras lo hacía a un lado con un empujón y se encaminaba al enorme escritorio donde se encontraba la enciclopedia del Alquimista.
No, aquello no podía acabar así. Todos los saberes del mundo en manos de un truhán que lo había engañado y que, además, lo asesinaba. Eso era cruel, tanto como podía ser el destino para cualquiera y el Alquimista se negó a aceptarlo.
Se negó a morir así, aferró sus manos contra la herida para detener la hemorragia -era uno de los conocimientos contenidos-, sintió que las vísceras estaban por brotarle pero se tragó el asco, el miedo, el dolor, y apretó más fuerte mientras fruncía el seño. Desde el frío suelo vio a Claudio acariciar el libro casi con la misma veneración que él mismo lo había hecho minutos antes.
Las páginas del volumen pasaron ante sus ojos con la rapidez con que las correría el viento si pudiera. Su memoria buscaba una página que salvara aquel texto de las garras de Claudio. Algo habría que hacerse en aquella biblioteca polvosa, con gruesas paredes de piedra que acallaban los gritos y magnificaban los murmullos, con aquellas cortinas deslucidas y aquellas velas que alumbraban anémicas.
Sí, las velas. Pequeñas llamas sostenidas a una mecha bañada en cera. Ésas serían la salvación. El Alquimista separó la mano derecha de la herida y empezó a arrastrarse hacia Claudio, que no le ponía ninguna atención. Una mesa con un candelabro estaba a unos pasos. Eso sería suficiente. El Alquimista sonrió, recordando perfectamente en sus mentes las palabras.
Posó el dedo de la mano derecha sobre el piso y trazó signos usando su propia sangre. Qué facil era escribir con ella. Mucho más que con la tinta y con un propósito que se asemejaba al que había empujado el latido de su corazón durante tanto tiempo. En efecto, entre sus dedos, aún quedaban restos de tinta, negras manchas que poblaban sus manos como si hubieran estado ahí toda la vida. Sonrió al descubrirlas mientras la sangre seguía escurriendo entre los dedos para completar el conjuro.
- Claudio -llamó el Alquimista, con un esfuerzo que le obligó a toser. El traidor mecenas se sobresaltó y miró al viejo, pero inmediatamente la sonrisa volvió a su rostro. Estuvo ahí todavía cuando el Alquimista empezó a proferir la maldición en un idioma mucho tiempo olvidado, siguió ahí instantes después cuando las velas empezaron a caer de sus candelabros una a una, se mantenía en tanto las llamas se alimentaban del papel y las cortinas, y se quedó congelada en su rostro, una cara nublada por el terror, cuando las flamas lamieron las paredes y cerraron el paso hacia la puerta.
Claudio no lo entendía, sólo seguía escuchando, dentro de su cabeza, las extrañas palabras que habían marcado su muerte. Se abalanzó contra el Alquimista, le clavó la navaja en el corazón una y otra vez, como si despedazando el músculo pudiera detener el conjuro, pero era en vano. Y su rostro aterrorizado y sonriente sirvió de alimento a las llamas cuando lo alcanzaron.
Todo dentro de la biblioteca del Alquimista se redujo a cenizas. Algunas paredes se cuartearon y parte del techo cayó encima de los cuerpos carbonizados. Nadie, ni mozos ni soldados, se atrevieron a adentrarse en aquella zona del castillo nunca más y, por eso, jamás se descubrió el libro de conjuros y ciencias que yacía, indemne, bajo las cenizas.