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martes, junio 21

Flor que muere cada día




No ha llovido, lo adivino. No lo suficiente.
La calle se abre apenas porque amanece,
escupe las piedras, el flujo, conjura
los acantilados.
Las señales, ojos ciegos, siguen
vacíos
a los primeros que caminan al día.
La cicatriz olvidada que corre frente a la casa
palpita
con las horas más frescas.
Desde la almohada, lo adivino,
la resequedad amplifica cada golpe,
cada rabia que tose motorizada,
cada ninfa apurada que huye de la sequía
con los grandes ojos enmarcados de maquillaje,
la juventud fruncida en el gesto de la boca,
sacudiendo de los hombros el polvo de los sueños.
(Hay que pagar, hay que comer,
el niño necesita zapatos nuevos.
¿Qué coño hace su padre?
¿Qué coños hacen todos los padres?)
La respiración baila con la cortina
que se inflama con el fresco.
El mundo sería apenas mejor con un poco,
lo adivino,
de lluvia.
Nada florecería, es cierto,
pero la cicatriz se haría vena, casi vida,
casi un rostro herido y lavado y callado.
La calle frente a la ventana
en la que se hincha una cortina que respira por mí,
se abre para secarse hasta romperse,
hasta pudrirse a media tarde.
Las venas de la ciudad están hechas
de tal modo que mueran cada tarde
y brillen con tristeza, lo adivino, cuando amanece.

lunes, enero 19

El tiempo es un niño corriendo con un cuchillo.

Entre pasillos atestados de gente.
Soñando con el campo abierto.
A toda velocidad, riéndose a carcajadas
mientras intentamos
-vaya estupidez-
hacernos a un lado.
Nos hiere los brazos con los que apresamos.
Nos corta los dedos con los que invadimos.
Nos desfigura con su sonrisa sin pausa.
Corre, por ahí, cuchillo en mano,
ese niño traviezo y atrevido
que a veces, solo por diversión,
en un día que parece común y corriente,
corta las costuras de la ropa y nos deja desnudos
en el momento que ha inventado como el indicado.
El tiempo es un niño corriendo
con un cuchillo en la mano.