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martes, diciembre 8

El día que los vecinos se hicieron papás de seis


Teo y yo los escuchamos discutir desde el principio. Venían de esa colonia tan famosa que se encuentra en lo alto de una colina, al poniente de la ciudad, pero algo había pasado con la economía aquel año y de pronto la joven pareja de clase acomodada se vio en la necesidad de tomar un pequeño departamento en un complejo habitacional. Sin duda, era a ella a quien más le había pesado el cambio.
Las peleas eran primero cuchicheos subidos de tono en las que el muchacho rogaba a su esposa que bajara la voz, que mantuviera la calma. Aquello tenía que ser temporal, le decía, muy pronto podría ver cómo todo se arreglaba. Y claro, con arreglarse lo que Teo y yo entendíamos era que volverían a gozar de una situación económica holgada y podrían volver a su vida en una bonita casa en lo alto de una colina para dominar con la mirada al resto de la ciudad.
Conforme pasaron los meses, Teo y yo confirmábamos que la cosa no cambiaba y que tampoco tenía muchas esperanzas de mejorar. Mientras yo iba todos los días a la oficina y Teo se pasaba, a veces, más de 10 horas en el pequeño negocio familiar, nuestros vecinos parecían concentrados en tratar de volver a una vida que ya no les pertenecía.
Un día la hermosa camioneta de modelo reciente que reflejaba el cielo en sus cromados y perfecta pintura, dejó de estar aparcada en el lugar de estacionamiento de los vecinos. A los pocos días lo sustituyó un compacto que quizá tuvo buenos tiempos y cuya pintura, ya opaca, estaba cicatrizada de rayones.
Aunque ellos trataban de hacer pasar su situación desapercibida, fue notable la salida de un enorme televisor de pantalla plana que requirió a cuatro personas para su transporte, con las respectivas contorsiones en cada descanso de las escaleras. Y luego muebles, y luego pequeños objetos envueltos en sábanas y quién sabe qué más.
—Hoy van a pelear de nuevo.
—¿Qué fue esta vez?
—Me parece que un microondas.
—Qué mal —sentencié cuando Teo me lo contó mientras volvía de la tienda de la planta baja un sábado por la mañana.
—Quizá deberíamos ayudarlos —aventuró mi marido. Él siempre ha sido así, mamá decía “te vas a casar con este chamaco que tiene corazón de pollo, ¿adónde te va a llevar eso?”. Y bueno, me llevó al bonito departamento en el que vivíamos desde hacía ya ocho años, el cual estaba convenientemente ubicado en el lado opuesto de la ciudad en el que vivía el resto de mi familia. Mamá tenía razón, Teo tiene un "corazón de pollo" o "atole en las venas" o cualquier otra de las linduras que se inventaban mis hermanos cuando lograban hacerle una broma y él se resignaba con una sonrisa cuya sinceridad nadie hubiera podido discutir. Por eso supe que cuando decía que quizá debíamos ayudar a los vecinos hablaba bien en serio aunque ni él mismo supiera aún cómo podíamos hacer nada por ellos.
Tal como él adivinó, esa noche vino otra de las peleas, esta vez muy ruidosa. Un piso arriba los gritos de la mujer subían de tono a cada momento mientras el hombre trataba –con el mismo resultado de siempre, ninguno– de calmarla. En cierto modo, aquel vecino me recordaba a Teo.
—Bueno, ya, entonces, ¿qué hacemos? —le pregunté a Teo mientras me incorporaba a medias de la cama. Con el codo clavado en el colchón y mi mirada en su rostro que veía hacia el techo que era atravesado por los gritos de la discusión. Y al parecer en ese momento mi esposo tuvo una especie de revelación.
—Hay que invitarlos a cenar.
La idea no me parecía más estúpida que cualquier otra, pero aquello tenía la pinta de ser una bomba de tiempo haciendo tic-tac, tic-tac cada vez más rápido y algo dentro de mí intentaba decirme que quizá no éramos las personas más indicadas para desarmarla.
Planeamos durante varios días la cena y Teo se encargó de visitar a la pareja a inicios de semana para concertar la cita. La puerta la abrieron ambos y reconocieron a mi esposo de inmediato, aunque parecieron no entender de qué iba la cosa cuando finalmente hizo la invitación.
—¿A cenar, el viernes?
—Sí, mi esposa y yo preparamos unas costillas deliciosas.
—Pues… si ella quiere —dijo el hombre sin voltear a ver a su pareja. Teo vio cómo ella asentía.
—No se diga más, los esperamos a las siete —y se retiró antes de que tuvieran tiempo de arrepentirse, según me contó.
Durante los días previos a la cena las discusiones bajaron de volumen y hubo una noche en que ni siquiera los escuchamos. Llegado el momento, aparecieron ante la puerta con una botella de tinto que servimos en vasos, a falta de copas. Nuestra vecina no pudo ocultar un poco de desilusión ante el detalle.
Servimos la cena, el vino se acabó y Teo hizo algo que no me había dicho que haría. De uno de los cajones de la alacena sacó una botella transparente que puso frente a nuestros invitados. Era un mezcal, uno de los que quedaban de tres botellas que había comprado en una feria el año anterior. Lo sirvió sin preguntarnos nada y nos dio a cada uno el respectivo caballito lleno hasta el borde.
El líquido resplandecía en la boca del recipiente como aceite consagrado y aunque parecía delicado, su perfume llegaba a las fosas nasales de los invitados que lo miraban con más curiosidad que antojo.

—¿Y esto qué se supone que es? —preguntó nuestra vecina.
—Es mezcal —presumió Teo mientras sostenía a la altura del orgulloso pecho la bebida. Los vecinos se vieron sin siquiera ocultar el desconcierto—. Y aquí es donde decimos, ¡salud!
Teo apuró medio caballito, yo besé el mío para remojar mi lengua sin dejar de ver lo que ocurría con los vecinos. Mientras el esposo se encogía de hombros y se colocaba el primer trago en la garganta, la mujer olió el líquido, lo retiró con duda y luego se envalentonó para vaciarlo de un golpe.
Todos reímos con la reacción. Primero tosió, luego aclaró la garganta, tosió un poco más, respiró y por último suspiró como si se hubiera depositado en su alma la más profunda certeza sobre el amor verdadero. Después de eso, no le quedó más que dejar a unas carcajadas surgir de su pecho para acompañar a las nuestras.
—Va otra vez, porque no dijeron salud —retó Teo, tomando los caballitos de los invitados y rellenando el de ella mientras completaba el de él—. Ahora sí, ¡salud!
Esta vez, fue el vecino quien se acomodó el mezcal de un trago mientras la esposa me imitaba al ver cómo daba de pequeños chupitos a mi caballito. De pronto, la idea de Teo me pareció tan clara.
La botella terminó, la mayor parte de ella entre la espalda y el pecho de nuestros vecinos que subieron riendo las escaleras. Mientras nos acomodábamos para finalmente descansar en nuestra habitación, el ruido volvió, ahora más fuerte que nunca. Era como si se hubiera desatado un titán sobre nuestras cabezas.
—¿Escuchas eso? —le dije a Teo, ya un poco alarmada con el alboroto.
—Sí —dijo mi triunfal esposo, sonriendo mientras acomodaba la cabeza sobre la almohada. No tardó nada en dormir mientras que yo no logré conciliar el sueño sino hasta el “tercer round” con el que mis vecinos remataron la noche. Hubo gritos, aullidos, saltos y sobre todo, el golpeteo de las patas de la cama contra el suelo que era a su vez, el techo de nuestra habitación.
Las peleas de los vecinos no cesaron,  sería falso decir algo así, pero al menos se volvieron diferentes y cada vez menos frecuentes. Ahora hablaban en voz alta, por la noche, y los insultos eran más esporádicos además de que parecían ya no proferirse mutuamente. Lo que se volvió más y más periódico fue el golpeteo de la cabecera de la cama de los vecinos contra la pared, aunque eso causó muchísimas menos quejas entre el resto de habitantes del condominio a diferencia de lo que ocurría con las peleas.
Un día, encontrándonos en las escaleras los cuatro, Teo y yo vimos con sorpresa que el vientre de la vecina lucía ligeramente abultado. Aquello cambió muchas cosas. Según me contó Teo, el vecino buscó un trabajo nuevo y con el paso de los meses empezaron a subir cosas a su departamento en lugar de bajar, como antes ocurría. Un pequeño televisor, una estufa con horno, un refrigerador. Y mientras la casa se llenaba, la vecina se ponía gorda, gorda, gordísima.
Una tarde de domingo se armó la conmoción en el edificio porque a la vecina se le ocurrió empezar a parir y no había fuerza humana que pudiera llevarla al hospital. Todas las mujeres nos reunimos y ayudamos como mejor pudimos. Se juntaron toallas y agua caliente, como en las películas, y un pequeño círculo alrededor de la pobre mujer que sufría, gemía y sudaba.
De pronto, llegó el momento: coronó y pudimos ver la pequeña cabeza. Luego los ojitos cerrados. Después el hocico, el cuello y las primeras patitas. Finalmente el cuerpo completo con una pequeña colita que se enrollaba sobre sí misma. La vecina hubiera querido descansar pero entonces vino el segundo, y posteriormente otro y otro. En total, seis: cuatro machos y dos hembras que gimoteaban sobre una toalla dispuesta en la cuna que el ahora orgulloso padre había logrado sacar a crédito de una tienda departamental.
—Seis perritos, ¿lo puedes creer? —me decía Teo, agitado, antes de volver a meter medio cuerpo en el cajón inferior de la alacena tratando de dar con algo.
—Bueno, sí, no es muy común, cuesta un poquito creerlo.
—¡Son hermosos! —gritó desde el fondo de la caja—, además, ellos se veían tan felices—y en eso, Teo tenía muchísima razón. Sentí una especie de orgullo por aquello—. ¡Ja! ¡La encontré!
—Apúrate, Teo, que tengo que volver con ella porque los va a amamantar.
—Un segundo, un segundo —decía mientras iba en cuatro patas, gateando hacia atrás para tratar de salir del cajón de la alacena—. Hay que celebrar que todo salió como lo tenía planeado.
Mientras se levantaba y empezaba a sacudirse con una mano, con la otra sostenía a la altura del pecho una enorme botella transparente llena de mezcal.

jueves, diciembre 3

Un gnomo muerto en el jardín


La renta de la casa había resultado una ganga y nunca tuvimos motivo para desconfiar del casero. Hicimos todas las preguntas de rigor y dejamos para el final la correspondiente al importe del alquiler. De entrada el lugar era bastante amplio: dos habitaciones con baños completos, un ambiente en el que compartían espacio la sala, el comedor y la cocina, el patio de servicio y dos áreas de jardín, una al frente de la casa con su correspondiente portón forjado y uno atrás, del doble de tamaño del primero con un mango y un limonero en flor, además de varias macetas en las que crecían helechos, malas madres, un pie de bugambilia que se antojaba listo para transplantar y algunas con epazote, hierbabuena, cilantro y chiles. “Los antiguos inquilinos también tenían tomates y lechugas ahí, en aquel cuadro” dijo el propietario, “pero hace mucho que nadie cuida del jardín así que se han perdido”.
No obstante, el jardín trasero se veía antes que todo bien cuidado, la hierba estaba algo crecida pero no era molesta y las hojas de los árboles estaban en un montón en una esquina.
El precio nos sorprendió y cuando discutimos el trato en privado, ya lejos del casero, nos parecía que nos estaba ocultando algo. Ramsés hizo una excursión entre los vecinos. Investigó si el agua escaseaba o si la calle se inundaba, si no había fluctuaciones en la energía, si acaso había robos frecuentes y un montón de preguntas más.
—Está limpia —aseguró con cierto aire de triunfo. De haber corrido por su cuenta, habría hecho el trato él mismo.
—Pues incluso así no deberíamos firmar un contrato muy largo. Ve tú a saber las sorpresas que nos podamos encontrar después.
Ramsés habló por teléfono al casero y aceptó un trato por seis meses sin compromiso de renovación, lo que no era mucho tiempo y tampoco resultaba poco. Iniciamos la mudanza al día siguiente.
Sin amigos realmente cercanos a quienes informar del nuevo domicilio, inauguramos la casa con un paquete de seis cervezas y una pizza a domicilio. Era la enésima vez que nos mudábamos desde que nos volvimos compañeros de vivienda en la universidad y por mucho, se trataba de la mejor casa que habíamos logrado rentar, además de que el precio era inmejorable. Los problemas, por supuesto, no tardaron en surgir lo que, dicho a ciencia cierta, ya veía venir desde que escuché por primera vez el monto del alquiler.
—Hay una cosa en el jardín, hay una cosa, una cosa, en el jardín –repetía Ramsés mientras me sacudía por los hombros. Entró a mitad de la noche en mi habitación sin que lo notara y lo que me despertó fue el brusco movimiento con el que intentaba sacarme de la cama, no así la voz que le salía a duras penas con su habitual nasalidad.
—Ahora qué coños te pasa, carnal. ¿Te metiste algo?
—Nada, te lo juro —no le creí—. Ven a ver, hay algo en el jardín.
—Debe ser un gato —me di la vuelta sobre la cama y apreté las sábanas a mi cuerpo. Hacía un poco de frío.
—Tienes una linterna, ¿verdad? —Ramsés me dejó en cama y se puso a revolver las cajas que aún no terminaba de desempacar.
—Prende la luz del jardín y se va a ir.
—Es cierto —la idea le pareció buena y salió a toda prisa para ahuyentar lo que fuera que lo había puesto nervioso. Intenté recordar lo que estaba soñando con la esperanza de volver a alcanzar la imagen mientras la oscuridad bajo mis párpados se extendía al resto de mi cuerpo. Una maldición lejana que se repitió una y otra vez me hizo incorporarme a medias.
Pude escuchar la voz de Ramsés, luego una puerta que se abría. Después pareció que toda la clase de la antigua facultad había decidido armar un slam en el jardín trasero, un vidrio estalló como un relámpago y a cada azote le acompañaba una maldición entrecortada. No pude más, tenía que ver lo que fuera que estaba provocando aquel desmán a mitad de la noche.
La imagen en el patio me hizo pensar en una pequeña explosión cuyo resultado podría haberse apreciado en la contraportada de un periódico local: Ramsés tenía el palo de una escoba roto por la mitad elevado con ambas manos en el aire, una ventana que daba al jardín lucía como una boca accidentada de dientes transparentes, varias macetas esparcían tierra y plantas por la hierba y todavía caían flores del limonero como para cubrir el camino al altar en una boda.
En el rostro de Ramsés se mezclaban sangre y sudor mientras que del palo roto se escurría una mancha negra que se coagulaba mientras avanzaba por la madera. A los pies de mi mejor amigo, la pequeña figura lucía un rostro avejentadísimo de barba abundante apelmazada por fluidos que antes manifestaban su vida y en la pequeña mano derecha con la que concluía una breve extremidad se encontraba fuertemente agarrado un rastrillo para hojas de tamaño adecuado para su dueño.
—Mierda, Ramsés, mataste a un enano.
—¡Qué va a ser un enano!
—Pero mira el tamaño que tiene, ¡claro que es un enano!
A Ramsés todavía no le regresaba la respiración regular. Estaba excitado y temblaba. Se dio media vuelta tan rápido que el vómito que salió expulsado desde el fondo de su vientre voló casi hasta mis pies y hubiera bañado al pobre despojo de no haberse contorsionado con tal velocidad. Medio repuesto, apoyando las manos en las rodillas y con la improvisada arma mortal olvidada a un lado, Ramsés miró hacia su obra, tétrica por inesperada, impactante por su tamaño.
Rodeé el camino de bilis e imité a mi amigo. Puse las manos en las rodillas, me incliné y vi con detenimiento al muerto. Sus ojos eran azules, aunque uno estaba completamente cerrado, el otro se había salido de su órbita y miraba hacia el limonero aunque la nariz apuntaba, redonda y colorada hacia el cielo, sangrando ya sin pulso. Los mofletes se ocultaban bajo la algodonada barba y en el cabello alborotado y blanco aún se adivinaban vetas de lo que debió ser un rojo intenso. Un pequeño saco de pana con parches en los codos le cubría el torso, mientras que los tirantes habían perdido su ajuste seguramente en la refriega. Los pantalones le apretaban en la abultada cintura y se holgaban a lo largo de las cortas piernas que terminaban en pequeños pies calzados por fuertes botas de cuero ennegrecido. Para mí, a todas luces, era un gnomo.
—No mames, Ramsés, lo mataste. Estas cosas te dan deseos y tú lo mataste.
—Los troles dan deseos, ¿no?
—También los gnomos, creo. Aunque eso ya no importa, está bien muerto. Hasta le sacaste un ojo.
Una arcada hizo que Ramsés dejara de ver al gnomo muerto y sacara todavía una buena cantidad de jugos gástricos que apenas se notaron sobre el verde de la hierba del jardín.
Me hice del arma de Ramsés El Defensor y estirándola hacia el gnomo aparté un lado de la chaqueta para ver si encontraba algo.
—¿Y qué te hizo el pobre como para que le abrieras la cabeza a palazos? —le pregunté a mi amigo.
—Pues… estaba ahí, barriendo las hojas, en la oscuridad… en nuestra casa. ¿Qué me hizo? ¡Me dio un susto de mierda! Eso me hizo y –se interrumpió para echar otra buena vomitada en lo que ya era un charco de bilis, mocos y restos de pizza y cerveza.
—Nos estaba arreglando el jardín, pinche Ramsés. Mira cómo lo dejaste al pobre.

Me compadecí con sinceridad del gnomo. Estaba ahí, tan frío y muerto. Me imaginé que habría sido una delicia ver a uno de ellos sonreír mientras hacía una tarea como cuidar un jardín. Ramsés El Devastador había logrado recuperar la vertical perfecta aunque no dejaba de sostenerse el estómago y ahora temblaba con más violencia.
—¿Qué voy a hacer, carnal? Maté a un gnomo. ¿Qué voy a hacer?
—Podríamos hablarle a la policía, decir que fue en defensa propia. Mira, tiene un rastrillo para hojas en la mano, hasta podrías decir que intentó atacarte.
—No-ma-mes —me escupió Ramsés El Inmisericorde y me temí que pudiera vomitar de nuevo. Apenas eructó, así que ya no le quedaba nada en el estómago.
—Pues no lo vamos a dejar a que se pudra sobre el jardín, ¿verdad?
—Claro que no, pero tampoco podemos llamar a emergencias y decir “señorita, un gnomo se me ha metido a la casa y lo he cagado a palos”, van a hacer preguntas, pasaré la noche ante un juez seguramente y toda esa vaina. No, no, no, eso sí que no. Además hay que trabajar mañana.
—Podríamos enterrarlo —me atreví a buscar bolsas en la ropa del gnomo, quizá cargaba con oro, uno nunca sabe.
—¿Aquí, en el jardín?
—A menos que quieras envolverlo en la alfombra de la sala y salir a buscar un mejor lugar como quien va a tirar la basura a mitad de la noche. Eso seguramente que es menos sospechoso que llamar a Emergencias.
—¿Tenemos una pala?
Y claro que no teníamos una pala, así que tuvimos que empezar por ablandar la tierra con las dos mitades del palo de escoba y terminamos por hacer un agujero detrás del limonero con nuestras propias manos. A mí ya se me empezaban a formar ampollas en las palmas y en cuanto a Ramsés El Aniquilador, que cavaba tan rápido como los temblores le dejaban, la sangre del gnomo y la propia se le habían mezclado ya entre los dedos.
No pude convencerlo de ser él quien pusiera el cadáver en la tumba, así que me vi obligado a hacerlo yo mismo.
—Quizá deberíamos decir unas palabras —sugerí, muriéndome de frío. Estaba en pantalones cortos y una playera de algodón cuando eran casi las cuatro de la mañana y el sereno caía constante sobre nuestras cabezas.
—No, nada de eso. Ya, echémosle la tierra.
Y lo hicimos. Un montículo mudo daba la seña del lugar donde estábamos ocultando nuestro crimen. Lo mejor era dormir así que yo me encaminé a mi habitación. En mi baño me quité la tierra de las manos y la cara, me acosté y antes de lograr quedarme dormido, alcancé a escuchar el sonido constante de la regadera en el cuarto vecino, donde Ramsés El Despiadado trataba de quitarse la tierra, la sangre y el asco con agua caliente y jabón.
Comíamos en silencio panes tostados untados con frijoles, de pie en la cocina, yo apoyado contra el fregadero y Ramsés junto a la alacena a la mañana siguiente cuando el ding-dong del timbre clásico con que contaba la casa sonó, primero una vez y luego de una pausa, en repeticiones sin descanso. Cuando me asomé por la ventana empecé a temerme que Ramsés El Exterminador iba a vomitar los frijoles sobre toda la casa.
Una pequeña mujer con un vestido rojo, sonrosadas mejillas infladas que casi ocultaban un par de ojos azules y pelo cano cubierto casi por completo por una gorra de flores, se secaba el llanto que le rodaba por el redondo rostro con un pañuelo mientras era custodiada por dos altos policías morenos, uno de los cuales parecía pegado con cemento al timbre y ambos con una mano en la pistola reglamentaria que esperaba en sendas fundas a la cintura.
El policía de peor expresión dejó de hacer presión sobre el timbre cuando vio mi rostro asomarse por la puerta, lejana a un par de metros del portón de hierro forjado.
—¿El dueño de la casa?
—No el dueño, soy inquilino. ¿Le puedo servir en algo? -ya me temía lo que venía pero actué con toda la inocencia que me era posible.
—Nos han reportado un crimen en esta vivienda y necesitamos entrar –el policía con la expresión menos severa puso su nariz entre los barrotes mientras me hablaba.
—Claro, si me muestra una orden…
—Aquí está la orden, ¡malparido! –el que había tocado el timbre ahora usaba su mano libre para hacer ondear la hoja de papel sobre su cabeza.
Volteé hacia el interior de la casa, Ramsés me miraba con aterrada expectación. Está de más decir que la vieja gnomo (¿o era gnoma?) pasó frente a mí custodiada, como si conociera la casa a la perfección y mostró sin titubear la imperfección en el jardín donde la tierra se abombachaba producto de un vientre generoso que yacía inerte antes de poder empezar a abonar los árboles.
—Ahí, señor oficial, ahí está mi pobre marido muerto. ¡Él, que era tan bueno!
Ni duda me cabía que seguramente era bueno el viejo gnomo. Los oficiales nos esposaron a los dos, aunque Ramsés El Vomitador hizo lo suyo salpicando los zapatos de los oficiales que si ya le tenían aversión de antes, ahora no se midieron en empujones hasta que no lo tuvieron en la cabina de la patrulla.
Un viejo conocido de la universidad, que había resultado muy buen abogado una vez titularse, logró sacarme a mí después de cuatro meses de una condena que debió  ser más larga y que se conmutó por buena conducta. Pero a Ramsés El Convicto no le fue tan bien.
—Pinche Ramsés, ¿cómo se le ocurre matar a un gnomo? Ya ves, mi buen, con eso aprenderás a no tomar una oferta que parece demasiado buena para ser verdad. Esas cosas vienen con truco —me aleccionó mi abogado mientras se guardaba unos papeles en un maletín.
—Nos condenaron muy rápido, ¿no crees?
—Así son las cosas cuando se trata de gnomos, mi buen.
El abogado me regaló un cigarro antes de despedirse. Caminé por una banqueta mientras consumía el cigarro y seguí así por un rato. En algún momento estaba de nuevo en plena ciudad, frente a hermosas residencias con aún más bellos y cuidados  jardines. Empecé a preguntarme cuánto me costaría la renta de una casa así.

miércoles, diciembre 2

Yo no escuché el teléfono sonar



La cafetería usa la acera para extender el servicio hacia la calle. Tres mesas con cuatro sillas cada una y aunque eso no sea otra cosa que una violación a los reglamentos municipales, nadie se queja y es bueno para el negocio. La gente demanda lugares para sentarse y poder ver a una distancia segura el parque y su atestado ir y venir.
Decidí sentarme en una de esas mesas a esperar. Eché una mirada al reloj y después encendí la pantalla del móvil y una vez más, vi hacia el reloj. Una compulsión de muchas. Faltaban aún dieciocho minutos para las seis de la tarde.
—Americano —dije, antes de que el joven que dedicaba sus tardes a atender las mesas de la cafetería tuviera oportunidad de dejar la carta. ¿Qué había puesto en el mensaje? Hablar, ponerse al corriente, conquistar el mundo. A mí la sola idea de encontrarnos de nuevo me causaba una ansiedad que me obligaba a buscar insectos sobre mi rostro, una tensión sobre los omóplatos que me estrujaba en pequeñas convulsiones. No obstante, me había obligado a hacerlo. "Hazlo", me había dicho y tras responder el mensaje acepté el lugar y la hora.
Las tardes son muy tranquilas de un tiempo a esta parte. Viéndolo así, tomar un café frente a un parque es una cosa inocente y necesaria, como poner alcohol a una rodilla raspada.
El reloj, la pantalla, de nuevo el reloj. Apenas habían pasado treinta segundos. Seb es un idiota consumado, pero habíamos hablado muchas veces al respecto de ese otro tema en distintos lugares y ocasiones.
—A vos lo que te conviene es irte. Agarrá una maleta, echá lo que bien quepa y andate, nadie te está agarrando. ¿Alguien te está agarrando? No, ¡nadie! ¿Para qué te estás quedando?
–No tiene nada que ver con eso, Sebas —le decía, como queriéndole explicar la cuestión pero sabiendo que no aclaraba nada—, es una cuestión de principios.
—Puro bluff.
—También puede ser.
—¡Andate! Andate te estoy diciendo. ¿Tienes dinero? Igual da si no, pedí prestado y te vas. Yo me fui, ¿te acordás? Me fui ocho años y era un chamaco. No sabía ni adonde ir pero me fui. Un camión, una maleta y ¡pum! Ya estaba yo lejos. Primero Oaxaca, en los camiones esos de los maestros. Tres meses en Huatulco después, de mesero y de mísero, porque comía sopas en vasos de cartón y dormía en una bodega. Y luego seguí y seguí y seguí, hasta que volví acá.
—No parece muy agradable cuando lo cuentas tú.
—¡Ese no es el punto! El chiste de todo es irse, no importa adonde ni para qué. Irse es el medio y el fin. Lo pensás demasiado.

Después de la doble confirmación, vi que aún faltaban quince minutos y medio para las seis de la tarde. Lo más seguro es que Seb tuviera razón en aquello de irse y yo iba a irme. No sabía muy bien adonde. Tampoco tenía muy claro cuándo. Lo único que sabía era que quería hacerlo sin decirle a nadie. Aunque esa solitaria y clara decisión flaqueó al medio día con aquel mensaje. Hablar, ponerse al corriente, conquistar el mundo. Todo desde una mesa de cafetería. En la boca de la taza de café el vapor subía en volutas que se burlaban con su agilidad. Corro más rápido que tú, decía el vapor abandonando la profundidad amarga de la taza. Era cierto. Se burlaba y se iba.
Apuré el primer sorbo y la superficie de mi lengua reclamó con ardor. Un niño se sentó sobre su caja de bolear zapatos y puso mi pie derecho en posición para empezar la tarea.
—¿Y cuándo es que se va?
—Hoy, mañana, no después de pasado.
—Yo también quisiera poder irme —el niño trabajaba sin concentrarse, sus manos sabían lo que hacían y él las dejaba obrar como si se trataran de las de otra persona. No recuerdo haberle pedido que lustrara mis zapatos pero tampoco quise interrumpir su mecánica y prodigiosa eficiencia—. No todo mundo se puede ir cuando quiera.
—Mi amigo Seb dice que sí.
—Si usted estuviera enfermo o muriendo de hambre, no se iría.
—A lo mejor tendría más motivos para irme.
—A lo mejor —el niño puso una capa y luego otra de grasa, con exacta velocidad en los flancos del zapato. Esas manos tan ajenas a él mismo se volvieron borrosas en el aire mientras aplicaban el brillo a la desgastada piel del calzado. Par de cometas ennegrecidos, terminaron la tarea con la gracia que muestra la maestría construida a fuerza de la costumbre. El niño dio un par de golpes en la punta del zapato para llamar al otro pie. Obedecí.
—Es algo serio. Me refiero a eso de irse.
—No es tan serio como parece —el niño subía la vista. La boca era una costra que asemejaba una sonrisa en el rostro moreno. Toda la máscara era una error: mientras los ojos miraban con serena profundidad, la mueca de la boca interrogaba risueña. Era el divertido rostro más serio del mundo. Seb podría aprender mucho con solo ver esa cara que alimentaba al sol.
Otro niño, casi idéntico, un poco más delgado y alto, llegó y se asomó a ver el trabajo del primero. Le dijo algo, seguramente en tsotsil, aunque no me atrevería a intentar adivinar qué. Intercambiaron frases. El primero no dejaba de trabajar, el segundo observaba y apuntaba.
—Dice que me estoy tardando mucho y que tú también —explicó el que trabajaba en mis zapatos—. Y dice también que no van a venir a verte, que mejor agarre usted su camino —el niño volvió a subir la mirada al tiempo que daba dos golpes a la punta de mi zapato para indicarme que había terminado el trabajo. Me pedía que bajara el pie. Obedecí.
—¿Y él cómo sabe?
—¿Cómo no iba a saber?
—Tienes razón —aunque con palabras resignaba, la fuerza de mis compulsiones llevó mi mirada hacia el reloj y la pantalla. Ya solo faltaban siete minutos para las seis de la tarde— dile que gracias.
—Kolabal.
—¿Qué?
—Así se dice, podes dárselas vos.
—Kolabal —repetí, dirigiéndome al otro niño. Se rió, dijo algo más y le pegó un puño en el brazo a mi compañero antes de irse caminando.
—Dice que eres tonto. O que pareces tonto.
—En eso puede que tenga razón.
—Veinte pesos.
Deposité el dinero en la pequeña mano.
—Puedes irte o no irte. Lo que hagás está bien si es lo que querés hacer.
—Gracias. Quiero decir, kolabal.
Se rió antes de irse mientras trataba de acomodar las monedas en su pantalón. Durante los siguientes minutos di de sorbos al café y fumé cigarro y medio, con la paciencia mecánica de siempre. En punto de las seis dejé lo correspondiente a la cuenta y me puse de pie para irme. En el camino el teléfono empezó a sonar. Yo ahora intentaba decidir si quedarme.