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jueves, junio 9

Saber que sos...

Desnudo frente a la ventana, Jean Puy (1930) y Las bañistas, Gerardo Murillo 'Dr. Atl' (1902). Mural, exposición Los Modernos.

Una foto publicada por Lord Edramagor (@edramagor) el


A veces sos esquirla. Trayectoria de explosión.
La tormenta en mi pecho cuando suda la rabia.
El recuerdo perfecto.
A veces sos el exacto accidente que da lugar al universo.

Yo quiero ser ese viento que corre antes de que lluevas.
Levantarte sobre las ruinas hasta lo más alto de la tempestad.
¿No es el amor tan parecido a la devastación? Y por eso en la tormenta se antoja tanto el abrazo.
En la primera vibración del cielo, mientras caigo y te observo, soplo.
Vos te hacés lluvia. Vos lo inundás todo.

¿Quién llegó primero al momento en el que nos decidimos?
El amor es
a veces
esa esquina donde no sirven ya de nada los antifaces.
Y admirarte en esa violenta revuelta en tu cabello,
en esa forma en la que sólo vos sabés llover.
Qué poquito se vuelve el tiempo
cuando se trataba de volvernos perfectos e inmortales
como un par de mariposas saliendo de la boca de un sueño.
Almas y fantasmas, el juego de niños
lleno de besos violentos como el hambre
mientras nos quitábamos la piel hasta volvernos grandes.
Cómo no te iba a querer, cómo no iba a entrar a esa casa tomada
que era la idea de lo posible.
A veces sos el acertijo correcto.
A veces sos esa explosión en mi pecho que tiñe de rojo la tarde.

miércoles, diciembre 2

Yo no escuché el teléfono sonar



La cafetería usa la acera para extender el servicio hacia la calle. Tres mesas con cuatro sillas cada una y aunque eso no sea otra cosa que una violación a los reglamentos municipales, nadie se queja y es bueno para el negocio. La gente demanda lugares para sentarse y poder ver a una distancia segura el parque y su atestado ir y venir.
Decidí sentarme en una de esas mesas a esperar. Eché una mirada al reloj y después encendí la pantalla del móvil y una vez más, vi hacia el reloj. Una compulsión de muchas. Faltaban aún dieciocho minutos para las seis de la tarde.
—Americano —dije, antes de que el joven que dedicaba sus tardes a atender las mesas de la cafetería tuviera oportunidad de dejar la carta. ¿Qué había puesto en el mensaje? Hablar, ponerse al corriente, conquistar el mundo. A mí la sola idea de encontrarnos de nuevo me causaba una ansiedad que me obligaba a buscar insectos sobre mi rostro, una tensión sobre los omóplatos que me estrujaba en pequeñas convulsiones. No obstante, me había obligado a hacerlo. "Hazlo", me había dicho y tras responder el mensaje acepté el lugar y la hora.
Las tardes son muy tranquilas de un tiempo a esta parte. Viéndolo así, tomar un café frente a un parque es una cosa inocente y necesaria, como poner alcohol a una rodilla raspada.
El reloj, la pantalla, de nuevo el reloj. Apenas habían pasado treinta segundos. Seb es un idiota consumado, pero habíamos hablado muchas veces al respecto de ese otro tema en distintos lugares y ocasiones.
—A vos lo que te conviene es irte. Agarrá una maleta, echá lo que bien quepa y andate, nadie te está agarrando. ¿Alguien te está agarrando? No, ¡nadie! ¿Para qué te estás quedando?
–No tiene nada que ver con eso, Sebas —le decía, como queriéndole explicar la cuestión pero sabiendo que no aclaraba nada—, es una cuestión de principios.
—Puro bluff.
—También puede ser.
—¡Andate! Andate te estoy diciendo. ¿Tienes dinero? Igual da si no, pedí prestado y te vas. Yo me fui, ¿te acordás? Me fui ocho años y era un chamaco. No sabía ni adonde ir pero me fui. Un camión, una maleta y ¡pum! Ya estaba yo lejos. Primero Oaxaca, en los camiones esos de los maestros. Tres meses en Huatulco después, de mesero y de mísero, porque comía sopas en vasos de cartón y dormía en una bodega. Y luego seguí y seguí y seguí, hasta que volví acá.
—No parece muy agradable cuando lo cuentas tú.
—¡Ese no es el punto! El chiste de todo es irse, no importa adonde ni para qué. Irse es el medio y el fin. Lo pensás demasiado.

Después de la doble confirmación, vi que aún faltaban quince minutos y medio para las seis de la tarde. Lo más seguro es que Seb tuviera razón en aquello de irse y yo iba a irme. No sabía muy bien adonde. Tampoco tenía muy claro cuándo. Lo único que sabía era que quería hacerlo sin decirle a nadie. Aunque esa solitaria y clara decisión flaqueó al medio día con aquel mensaje. Hablar, ponerse al corriente, conquistar el mundo. Todo desde una mesa de cafetería. En la boca de la taza de café el vapor subía en volutas que se burlaban con su agilidad. Corro más rápido que tú, decía el vapor abandonando la profundidad amarga de la taza. Era cierto. Se burlaba y se iba.
Apuré el primer sorbo y la superficie de mi lengua reclamó con ardor. Un niño se sentó sobre su caja de bolear zapatos y puso mi pie derecho en posición para empezar la tarea.
—¿Y cuándo es que se va?
—Hoy, mañana, no después de pasado.
—Yo también quisiera poder irme —el niño trabajaba sin concentrarse, sus manos sabían lo que hacían y él las dejaba obrar como si se trataran de las de otra persona. No recuerdo haberle pedido que lustrara mis zapatos pero tampoco quise interrumpir su mecánica y prodigiosa eficiencia—. No todo mundo se puede ir cuando quiera.
—Mi amigo Seb dice que sí.
—Si usted estuviera enfermo o muriendo de hambre, no se iría.
—A lo mejor tendría más motivos para irme.
—A lo mejor —el niño puso una capa y luego otra de grasa, con exacta velocidad en los flancos del zapato. Esas manos tan ajenas a él mismo se volvieron borrosas en el aire mientras aplicaban el brillo a la desgastada piel del calzado. Par de cometas ennegrecidos, terminaron la tarea con la gracia que muestra la maestría construida a fuerza de la costumbre. El niño dio un par de golpes en la punta del zapato para llamar al otro pie. Obedecí.
—Es algo serio. Me refiero a eso de irse.
—No es tan serio como parece —el niño subía la vista. La boca era una costra que asemejaba una sonrisa en el rostro moreno. Toda la máscara era una error: mientras los ojos miraban con serena profundidad, la mueca de la boca interrogaba risueña. Era el divertido rostro más serio del mundo. Seb podría aprender mucho con solo ver esa cara que alimentaba al sol.
Otro niño, casi idéntico, un poco más delgado y alto, llegó y se asomó a ver el trabajo del primero. Le dijo algo, seguramente en tsotsil, aunque no me atrevería a intentar adivinar qué. Intercambiaron frases. El primero no dejaba de trabajar, el segundo observaba y apuntaba.
—Dice que me estoy tardando mucho y que tú también —explicó el que trabajaba en mis zapatos—. Y dice también que no van a venir a verte, que mejor agarre usted su camino —el niño volvió a subir la mirada al tiempo que daba dos golpes a la punta de mi zapato para indicarme que había terminado el trabajo. Me pedía que bajara el pie. Obedecí.
—¿Y él cómo sabe?
—¿Cómo no iba a saber?
—Tienes razón —aunque con palabras resignaba, la fuerza de mis compulsiones llevó mi mirada hacia el reloj y la pantalla. Ya solo faltaban siete minutos para las seis de la tarde— dile que gracias.
Kolabal.
—¿Qué?
—Así se dice, podes dárselas vos.
—Kolabal —repetí, dirigiéndome al otro niño. Se rió, dijo algo más y le pegó un puño en el brazo a mi compañero antes de irse caminando.
—Dice que eres tonto. O que pareces tonto.
—En eso puede que tenga razón.
—Veinte pesos.
Deposité el dinero en la pequeña mano.
—Puedes irte o no irte. Lo que hagás está bien si es lo que querés hacer.
—Gracias. Quiero decir, kolabal.
Se rió antes de irse mientras trataba de acomodar las monedas en su pantalón. Durante los siguientes minutos di de sorbos al café y fumé cigarro y medio, con la paciencia mecánica de siempre. En punto de las seis dejé lo correspondiente a la cuenta y me puse de pie para irme. En el camino el teléfono empezó a sonar. Yo ahora intentaba decidir si quedarme.

martes, abril 21

Algo no está del todo bien



Algo se ha colgado de mi hombro. Su siseo ya no es más extranjero pero he decidido acudir al espejo para verificarlo. La imagen se me aparece como quien da una vuelta equivocada y se encuentra en un amplio pasillo iluminado y vacío, la sensación es la del cliché mientras deambulas por el museo. Me he puesto a buscar, primero por fuera del marco del reflejo, astillas de realidad, un camino de migas de pan transportadas por hormigas –la señal esperada de que por encima de nuestras cabezas se prepara la lluvia sin horas–. Algo va mal, ¿qué es? La pared es un lienzo que huye. La pared es el tiempo dedicado y sus astas salvajes se escabullen mientras intento mantener el equilibrio. Algo va mal, ¿quién puso esta sonrisa por encima de mi hombro? Los labios, quiero decir, la idea de esos labios y su curva púrpura tienen el peso de una sombra en mi vista periférica y un tacto ahora familiar que empieza en el omóplato y se detiene antes de llegar a la clavícula. Debería concentrarme en la superficie del espejo. El reflejo helado me mira mientras busco en sus detalles. Algo pasa, ¿por qué no logro ver más allá de esos ojos? La sonrisa apenas asoma, sin importar cuanto contorsione el cuerpo no logro atraparla en el reflejo. Mi cuerpo hace figuras ridículas en la oscuridad ante el espejo y siento que la sonrisa, quiero decir, esa idea vista a medias, casi adivinada sobre mi hombro, parece abrirse y reír sin disimular la satisfacción. Me detengo –ya no veo a la pared ni al espejo ni al animal que escapa por el pasillo y deja sus huellas en el aire– y mis labios se tensan para imitar un gesto que no puedo dibujar. Algo no está del todo bien. La sonrisa por encima de mi hombro no deja de vigilar.


jueves, noviembre 1

Día de los muertos (Un cuento para la fecha)

Alguien saca un arma. Alguien más camina por una calle solitaria. En un punto distante, el televisor se apaga. Los autos parten las calles. El caos entona su bella melodía. El planeta gira, los astros actúan bajo el influjo de super gravedades. Nada estalla, sin embargo, de forma tan potente que la mirada ante el espejo. ¿Quién soy? ¿Cómo he llegado aquí? Formular las preguntas requiere un esfuerzo increíble y doloroso. Al escuchar cómo se recitan en mi cabeza, las noto tan comunes, tan faltas de importancia. El quien puede llegar a ser tan subjetivo y el cómo tan irrelevante. El hecho claro es que aquí estoy, y ya.
En la más absoluta de las ignorancias cualquier pensamiento es demasiado grande. El vacío exacto de conocimientos puede ser quizá el punto más cercano a la omnisciencia, y no lo contrario. Una mente expuesta a la pureza de la falta de pensamientos puede vislumbrar cualquier cosa.
Hago un nuevo intento, como para pasar el rato: ¿Quién soy? ¿Cómo he llegado aquí? Nada hay salvo el espejo que me devuelve la mirada de ojos cafés. Son ojos extraviados. Ajenos. Como dos cápsulas de gelatina que amenazan con moverse para perder el enfoque de lo que se dibuja al frente, en el reflejo. Están ahí completando un proceso fisiológico que, comprendo, carece de sentido.
Esta vez, las preguntas han emergido con mayor fluidez, quizá porque no me concentraba en ellas tanto como en el espejo. ¿Veo yo al espejo o éste me ve a mí? Este último cuestionamiento parece tener un poco más de importancia al diluirse en un océano de procesos mentales: los engranes imaginarios dentro del cráneo realizan complicadísimas e innumerables operaciones matemáticas, establecen conexiones y condensan nubes de significados. La respuesta es inintelegible.
El espejo me absorve, no puedo dejar de verlo (o él de verme). Apenas se notan los sonidos: el arma, la caminata, el televisor, los autos. Si me abstraigo un poco más, casi siento el palpitar sereno de los sistemas solares girando y expandiéndose o el respirar automático de un recién nacido posado sobre su cuna en lo más lejano del continente.
Es mi mente la que se extiende más allá de este reflejo.
No hay luces, pero el espejo parece iluminado en sí mismo. El pulido cristal atrae y rechaza, una suerte de magneto formando pequeñas vetas, ondas, mareos.
Si dejo de verlo, si me distraigo por un momento, puede ser que no encuentre de nuevo el reflejo. Esta vez, el algodón nuboso de mi mente trata de discernir cuál es la posibilidad de que eso pase.
El arma, los pasos, el mando a distancia cambiando la frecuencia. Mi ser infinito puede captar la remoción del humus en todo el planeta, el aliento fatuo erigiéndose para tomar una forma que sólo mis ojos (los perfectos cálculos que se desarrollan en mi cabeza lo deducen) podrían ver.
Concluyo, mientras descubro que los pensamientos más complejos se escurren con facilidad absurda hacia obvias soluciones en mi mente, que los ojos que veo en el espejo lo pueden ver todo y que por eso mismo se ven a sí mismos. El espejo que ve al espejo que ve al espejo. Mis ojos en medio.
Pero todo eso me devuelve a las primeras preguntas, las más insignificantes: ¿Quién soy? ¿Cómo he llegado aquí?
Una luna dorada –no necesito mis ojos para percibir la gravedad relativa del satélite, las implicaciones de temperatura y humedad en el punto exacto en que me encuentro, las deformaciones ópticas generadas por el ambiente– cuelga tan cerca del horizonte, guiñando su brillo a la ciudad, a sus calles quebradizas, a los autos que parten la noche, a los pasos que desconocen el objetivo final de sus prisas, a los niños que caminan a las puertas como ánimas.
Los ojos, mis ojos, están clavados en el espejo. ¿Qué miran? Cada nueva pregunta elonga mi mente más allá. Todo es conocimiento en este perfecto vacío.
Y sí, ante la comprensión total ya nada es necesario. Ahí siguen el arma, los pasos, el cuarzo multiculor de la pantalla. Y yo, percibiendo el lento ascenso de millones de almas abriéndose paso entre el cesped y la tierra, abriendo la boca para aspirar el rocío de una noche nueva, desconociendo el cansancio de su marcha desde el inframundo.
Mis ojos se van acercando al espejo. ¿O es el espejo el que se acerca? ¿Es su luz la que brilla en las pupilas? ¿Es mi respiración la que se agiganta hasta abarcar la noche?
Desde el espejo, completamente asimilado por el portal cristalino, mis ojos completos (ya no dos pares que se ven sino uno solo que todo observa) contemplan el viejo cuerpo que se quedó atrás.